Integración: Una Europa irreversible

El entramado económico que constituye la UE ya no podrá ser desenmarañado por ningún gobierno local, a pesar de las amenazas de la burocracia y las tentaciones políticas

La reunificación de Europa, casi integral, con 25 miembros, es la concreción de un viejo sueño y el punto de partida de una pesadilla burocrática. El sueño de la paz interior se volvió tan evidente desde hace dos generaciones que olvidamos los orígenes de la Unión Europea. En un comienzo se trataba sólo de reconciliar a Francia y a Alemania para finalizar, si se podía, con mil años de conflictos.
Pero la originalidad de la solución y la razón de su éxito provienen del método y de su instigador, Jean Monnet. Este, que tenía por oficio el de comerciante, estimaba que los fracasos a repetición en los intentos de unión anteriores se debían a los diplomáticos y que no había que confiar la Unión a quienes aparentemente tenían que hacerla, como los diplomáticos, los militares y los políticos. La UE no podía triunfar, estimaba, si no se la fundaba en lo que llamaba solidaridades concretas: el comercio y el dinero. A través de la actividad comercial, las naciones se familiarizaban y se entrelazaban de tal manera que no habría más motivos concretos para ir a la guerra.

Aplicando este método, inspirado en preceptos de economistas liberales del siglo XVIII, Monnet comenzó con el carbón y el acero como bases de la reconstrucción. Siguieron todos los otros bienes y servicios, luego la libre circulación de las personas, el reconocimiento de los títulos y finalmente la moneda. Para acompañar este movimiento y conservar su dinámica, las instituciones europeas más determinantes son las menos politizadas. Dado que los miembros de la Comisión de Bruselas o de la Corte de Justicia europea, luego de haber sido nombrados por sus gobiernos, se comportan de manera independiente, combaten las tentaciones nacionalistas e imponen el mercado único en sus últimos bastiones. De ello resulta una Europa irreversible, al ser un mercado único entretejido por millones de hilos que ya ningún gobierno sabrá desenmarañar. Finalmente la Banca central de Francfort, dotada de una notable independencia en pocos años, prohíbe a los gobiernos nacionales seguir su inclinación natural, la de utilizar el déficit público y la inflación para compensar sus malas gestiones internas y satisfacer a su clientela electoral. Frente al mecanismo de integración que ha producido una Europa más libre y próspera, la política pura se refugia en combates de retaguardia, en proclamas altisonantes y en causas perdidas. El Consejo de jefes de gobierno, que en principio dirige la UE, ilustra la intuición de Monnet: confíen Europa a los políticos y la matarán. El Consejo no llegó a eso, pero Europa le debe sus más notables fracasos: la política agrícola y la política exterior.

La protección agrícola otorgada por la Unión Europea es notable por producir malhumor en todas o casi todas las partes involucradas. Los explotadores agrícolas constituyen en Europa la categoría de empresarios cuyo número declina más rápidamente, cuyas ganancias son las más débiles y cuyo nivel de vida es el más bajo; los consumidores europeos pagan sus alimentos dos veces más caro, gravados por impuestos situados muy por encima del mercado mundial. Las víctimas finales son los potenciales exportadores de Africa y América latina, contra los que Europa está parapetada con cupos, reglamentos sanitarios y la psicosis anti OGM. Sólo disfrutan de esta política europea los burócratas que la administran. ¿Los políticos? Desgraciadamente para ellos, los campesinos son muy pocos, por lo menos en Europa Occidental, como para influir en las elecciones. Pero siguen siendo bastante organizados como para sembrar el desorden si se modificara la política agrícola.

La política exterior tiene una ventaja relativa sobre la agricultura: no existe. ¿Con los países pobres? Ninguna gestión. ¿Con Rusia y China? Incapacidad para apoyar o no la democracia en el Tibet y en Chechenia. ¿En Yugoslavia? Sin la intervención norteamericana, no habría ya ni un solo albanés en Kosovo. ¿En Irak? Estrategias contradictorias y ausencia de reflexión sobre el terrorismo y el futuro de Medio Oriente.

El proyecto de una Constitución federal se inspira notablemente en la Constitución de los Estados Unidos y le da la espalda, de manera también notoria, a la experiencia europea. Mientras que Europa es valiosa por sus ágiles equipos, la Comisión, la Banca y la Corte son instituciones burocráticas y políticas que la Constitución volvería aún más pesadas. Más allá de crear empleos e instalar podios para la clase política y burocrática, ¿en qué mejoraron la unidad, la prosperidad y la dicha de los europeos, la Presidencia y la Asamblea europeas? No lo vemos.

La dicha de Europa reside en algo muy simple: ir de París a Varsovia o Madrid sin fronteras, sin papeles y sin angustia. ¿Confesaré que el inglés es nuestra lengua común? Mi generación concreta estos sueños que ya obsesionaban a Immanuel Kant o a Victor Hugo. No olvidemos que debemos esta dicha simple a Jean Monnet, que ejercía la deliciosa profesión de comerciante de coñac. Sin dudas, de ella obtuvo su sabiduría. ¿Esta podría ser destruida por el delirio burocrático que se ha apoderado de la vieja Europa? Por suerte, la joven Europa que se nos une sabrá recordarnos hasta qué punto toda "Nomenklatura" es aborrecible.

Por Guy Sorman
La Nación, Buenos Aires
25.04.2004


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