¿Por qué hay euroescépticos?

El euroescepticismo en Polonia es más antiguo que el debate actual en torno a la integración polaca en la UE. El autor hace un análisis retrospectivo de las razones y argumentos que desde la Edad Moderna aconsejaban la euroabstinencia en el contexto internacional de entonces. Los líderes políticos actuales, tanto los euroescépticos como los eurooptimistas, son conscientes del peso del pasado, pero al mismo tiempo deben entender que la integración polaca en la UE, aun siendo también un problema de economía aplicada, es en el fondo una cuestión de teoría política.

El calificativo de “euroescéptico” se inventó para identificar a los británicos procedentes de las filas del Partido Conservador y contrarios a la UE. También en Polonia el término es utilizado para describir las posturas hostiles a los planes de integración del país en la UE. Todos los europeos pueden elegir libremente el tipo de relaciones que quieren con la UE, pero son muy pocos los que, como los polacos, hayan practicado ya antes la estructura supraestatal. Conviene que se sepa que la resistencia de aquella minoría polaca que hoy definiríamos como euroescéptica encubre no sólo las posturas propias de los nacionalistas, sino que refleja el viejo escepticismo para con la política identificada con el nombre “Habsburgo” y para con el uso de la religión católica para promover ambiciosos proyectos imperiales. A diferencia del euroescepticismo por ejemplo alemán, el polaco surge ya antes que naciera el nacionalismo. El Estado polaco no fue el fruto de las ideas de la Ilustración, ni de la Revolución francesa, tal como sucedió en Alemania o Italia. Es posible que fuera la incapacidad de los polacos de sacar aprovecho de las nuevas ideas lo que les costó a finales del siglo XVIII la pérdida de su soberanía.

Los euroescépticos polacos no lo son porque teman verse desbordados por las consecuencias de multiculturalismo que promete la Europa federal. La unión dinástica polaco-lituana fundada en 1385 identificó para siempre el carácter polaco con la práctica de la vida multilingüística, multirracial y multireligiosa. Con este carácter Polonia resucitó en 1918 y pervivió hasta 1939. En breve, insistimos en que el euroescepticismo polaco no es el signo de su nacionalismo ni de miedo ante la Europa multicultural. Lo cierto es que desde la perspectiva de la historia el euroescepticismo polaco es una cuestión de alta política internacional.

Los embrollos de Polonia con Europa como una organización supraestatal empiezan cuando se tiene que enfrentar con a Orden Teutónica, la principal fuerza europeísta en el Este. Los polacos vencieron a la Orden Teutona en Grunwald en 1410 e intentaron cimentar su éxito militar en el concilio de Constanza de 1413-1418. La delegación polaca no lo consiguió. El emperador que amparaba a los cruzados en el Este acusó a los monarcas polacos de defender a los paganos. Polonia respondió con una nueva guerra contra la Orden. Al mismo tiempo la diplomacia polaca intentó convencer a la opinión europea de la muy sospechosa religiosidad de los monjes-caballeros. Los teólogos de Cracovia que encabezaban la delegación polaca en Constanza desenmascaraban los móviles políticos ocultos bajo la capa de fervor cristiano. Los diplomáticos polacos incitaban sin gran éxito a la Orden a disolverse, por considerarla nada más que un foco de herejía. Al mismo tiempo la delegación polaca formulaba los principios del derecho de las naciones no-cristianas a construir sus Estados propios. Mientras que los monarcas ingleses consiguieron algunas ventajas en el enfrentamiento con la Europa de los Habsburgo, la diplomacia polaca llevaba ya un siglo de lucha , no carente de éxitos, contra la astuta diplomacia de los emperadores. Aquel euroescepticismo polaco desde luego tiene su explicación en los intereses dinásticos de los monarcas polacos de la dinastía lituana de Jagellon. Al rey Wladislaw Jagellon, que nació como príncipe lituano y pagano, no le atraía la política europea, pero Polonia no desafió por ello a Europa. La corona polaco-lituana no se arriesgó a respaldar a los rebeldes bohemios. Los diplomáticos polacos no querían arriesgarse a ser identificados con el representante bohemio en el Concilio de Constanza, Jan Huss (1369-1415), que fue acusado de herejía y condenado a la hoguera por dicho Concilio. El euroescéptico checo no era un aliado cómodo para el monarca polaco, pero su primo, el gran duque de Lituania, Witold, ya se veía más libre para lanzarse a operaciones tan atrevidas como diseñar la aianza lituano-polaco-checa que promovían los Husitos. El euroescepticismo de los Jagellon fue por otro lado un importante elemento de su política interna. En la corte de Cracovia la oposición al rey se aglutinaba alrededor del obispo Zbigniew Olesnicki, gran partidario de las políticas paneuropeas. De todos modos, la monarquía polaca estaba predispuesta a maniobrar entre los eurooptimistas de Cracovia y los radicales euroescépticos llamados taboritos. Cuando pues los husitos ofrecieron a Witold el trono de Praga en 1423, ni él ni mucho menos el rey de Polonia Wladislaw, se sintieron con fuerza de provocar una confrontación con la Europa católica. Pero más tarde, ya en el siglo dieciséis, la política polaca pudo optar claramente por una política contraria a Europa. El acontecimiento más importante de aquel euroescepticismo fue sin duda alguna el amparo que dio el rey de Polonia Segismundo a los protestantes de Prusia. En pleno conflicto entre católicos y protestantes en 1525 el rey polaco asumió el papel de protector del elector prusiano Alberto. Polonia se vio favorecida en su política por el hecho de que la Orden Teutónica se pasara al bando protestante. Fue un momento álgido del euroescepticismo en Polonia. El día 8 de abril de 1525 se firmó en Cracovia la paz entre el rey polaco Segismundo y el soberano prusiano Alberto. Entre las condiciones del tratado figuraba la de que Alberto y sus sucesores reconocieran la soberanía de Polonia sobre Prusia, a cambio recibía la protección polaca para su cisma protestante. El amparo que la Corona polaca negara un siglo atrás a otro cisma, el husita de sus vecinos en el sur, era dado ahora a los protestantes del norte. Cracovia veía con satisfacción que el que fuera antiguo Gran Maestre de la Orden teutónica, hasta hacía poco monje católico y al servicio de Roma y de los Habsburgo, después de abjurar de sus votos y romper definitivamente con sus protectores europeos, pasaba a ser simplemente el duque de Prusia. Era un caso singular, en el que un soberano de un reino que había pasado siempre por abanderado de la fe católica, sancionaba la conversión al luteranismo de su vecino y ofrecía al nuevo socio de la causa euroescéptica su protección incondicional.

Eduard Tarnawski, prof. de Ciencia Política y Administración

Conferencia celebrada el 23/05/2002, organizada por el Foro Barcelona 2004, UNESCO Barcelona.

Más informaciones en: www.barcelona2004.org


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