A los 25 años de Solidaridad, los polacos recuerdan su revolución

Gdansk, Polonia - En el astillero de Gdansk, donde un humilde electricista llamado Lech Walesa inició una revolución hace 25 años, un puesto que simula un almacén ofrece un poco de manteca de cerdo, un puñado de carne picada y vinagre. Una vieja cabina telefónica luce el cartel de "No funciona", y se escucha la grabación de una voz de mujer que advierte a los usuarios que la línea está interceptada.

La exhibición, en un astillero que se ha convertido en un santuario de las víctimas del comunismo, se propone recordar a los polacos si es que hace falta lo miserable que era su existencia.
Esa era se está esfumando en el pasado. Hoy día los polacos pueden tener teléfonos celulares. Pueden decir lo que les plazca, viajar al exterior y elegir a quien prefieran, sea a Walesa o a sus viejos adversarios comunistas, ahora de vuelta en el poder pero convertidos en modelos de la democracia. Polonia envía soldados a Irak para ayudar a los estadounidenses. Integra la OTAN. Su ingreso a la próspera Unión Europea ha anclado en occidente a esta nación de 39 millones de habitantes.

Es el cambio que ha experimentado Polonia desde el nacimiento del movimiento Solidaridad hace 25 años, cuando Walesa encabezó una huelga en el astillero que duró 18 días, plantó la semilla de la muerte del régimen comunista nueve años después y anticipó el colapso de la Unión Soviética.

"Esos fueron grandes días que cambiaron el mundo", afirma Walesa. Ahora a los 61 años luce el rostro rubicundo y su poblado mostacho recortado y gris. El ganador del Premio Nóbel de la paz que llegó a ser el primer presidente de Polonia dejó el cargo hace diez años pero vuelve a ser el centro de la atención internacional a medida que se acerca el aniversario de Solidaridad.
Sigue siendo el mismo de siempre, franco para hablar, informal para vestir y ocasionalmente con vestigios de la iracundia que contribuyó a que perdiera a los votantes.
"En este lugar, en 1980, de manera definitiva derrotamos al comunismo en Polonia, Europa y en el mundo", afirmó en una entrevista con la Associated Press en su espaciosa oficina a pocas cuadras del astillero.
"Yo organicé a todos, todos los oficios, y atraje las cámaras de todo el mundo. Le dije al mundo: '¡No los queremos (a los comunistas). No nos representan. No queremos el comunismo!'"

La huelga que dirigió culminó en un acuerdo histórico con el gobierno del que surgió el primer movimiento laboral independiente en Europa oriental.
Claro que las cosas no terminaron allí ni por mucho. Al año siguiente Walesa fue a la cárcel cuando las autoridades comunistas impusieron la ley marcial. Pero el impulso era incontenible. En 1989, los comunistas fueron humillados en la primera elección semilibre en Polonia. Luego fue derribado el Muro de Berlín y en toda Europa oriental los regímenes comunistas se fueron desplomando como un castillo de naipes.

El acuerdo de 1980 fue firmado el 31 de agosto, y este año del 29 al 31 de agosto varias figuras internacionales asistirán a las ceremonias del 25o. aniversario en Gdansk y Varsovia. Entre otros estará Vaclav Havel, el dramaturgo disidente que dirigió la revuelta de la ex Checoslovaquia contra el yugo comunista y que, al igual que Walesa, llegó a ser presidente.
Los polacos celebrarán la ocasión en un país que siente haber llegado a puerto después de un viaje largo y tormentoso.

En su condición de país de abrumadora mayoría católica entre naciones eslavas ortodoxas y con su alfabeto latino en vez del cirílico, los polacos sienten haber pertenecido siempre a occidente y se resisten a que los llamen europeos orientales.
Alientan viejos agravios: contra los alemanes que ocuparon brutalmente Polonia en la Segunda Guerra Mundial, contra los soviéticos cuyos secuaces les impusieron su yugo durante 45 años, y contra los aliados en la época de la guerra que posibilitaron el copamiento del Kremlin.

La brecha con Rusia se ha ensanchado últimamente, después que Polonia medió una solución a la crisis electoral del año pasado en Ucrania, donde tomó claramente la posición del bando prooccidental y anti-moscovita de Victor Yushchenko.
Yushchenko, hoy presidente de Ucrania, estará entre los invitados al aniversario de Solidaridad. Pero ningún funcionario ruso fue invitado.
Se supone que la disputa en torno de Ucrania es el motivo subyacente de algunos recientes desplantes rusos hacia Polonia, como por ejemplo que el presidente ruso Vladimir Putin, durante las ceremonias en mayo para conmemorar el fin de la Segunda Guerra Mundial, no haya mencionado los sacrificios de Polonia en la lucha contra los nazis.
De todos modos Polonia sigue muy dependiente del petróleo y gas rusos. Moscú, bromean los polacos, podría dejar toda Polonia a oscuras si quisiera.

Pero aunque Polonia no puede escapar totalmente a la sombra rusa, se ha esforzado por deshacerse de su legado. El astillero Lenin de Gdansk se llama hoy astillero Gdansk, mucho tiempo después de haber abandonado el nombre del fundador soviético. También han desaparecido los monumentos a los héroes soviéticos. Las calles ya no llevan los nombres de Lenin y Karl Marx, sino de Juan Pablo II, el Papa cuyo primer peregrinaje en 1979 a su Polonia natal fue una de las chispas que encendió Solidaridad.
Pero el legado persiste en los baches en las calles, en los tranvías chirriantes y en los sombríos bloques de departamentos de la era soviética.
No es que el capitalismo haya beneficiado a todos, por cierto no al 18% de desempleados. La economía crece rápidamente, pero la riqueza que se ve en los centros de compras, los automóviles de lujo, los bares de sushi y las vinerías elegantes no han trascendido mucho más allá de las ciudades. Haciéndose eco de un lamento que repercute en todo el ex bloque comunista, los polacos dicen que estaban acostumbrados a tener dinero pero ningún lujo en que gastarlo, y que ahora abundan los lujos pero no pueden adquirirlos.

El astillero Gdansk también ha tenido sus padecimientos. El gobierno de Walesa lo subsidió hasta que perdió la presidencia y luego fue declarado en quiebra. El gobierno tiene el 61% de su propiedad y los trabajadores el 31%, y su fuerza laboral se redujo de 16.000 a 3.000.
Solía construir barcos principalmente para la Unión Soviética. Hoy tiene entre sus clientes a estadounidenses, alemanes y a un israelí.
La tasa de desempleo en la ciudad de 460.000 habitantes es del 12%, bien por debajo del elevado promedio nacional, gracias a las refinerías petroleras, bancos internacionales y turismo internacional.

Solidaridad es hoy un sindicato como cualquier otro, que incita a los trabajadores a exigir mayor paga y protesta por los despidos producidos por el capitalismo, incluyendo en el astillero. Walesa dice que se siente alejado del sindicato tal como es ahora y que planea renunciar formalmente como miembro después que terminen las celebraciones.

"Son muy diferentes", se lamentó a la AP. "No encajo en esta Solidaridad".
El legado del estrecho alineamiento de Solidaridad con la Iglesia católica ha significado estrictas leyes contra el aborto excepto en casos extremos, un cambio respecto de la era comunista en que los abortos eran legales y frecuentes.
Un indicio de la madurez política de Polonia es la suerte que corrió el mismo Walesa, que perdió la presidencia por los votantes que lo culparon de las dificultades económicas y lo consideraron autoritario.
Pero aunque lo han marginado políticamente, los polacos siguen tributándole honores y no han olvidado lo que representa. Siguen visitando el astillero Gdansk para depositar flores y encender velas. El gran portón de acero a la entrada está ornado con flores y un crucifijo.

Para Beata Moczarska, una microbióloga que vino de visita desde Varsovia, Gdansk es importante para Polonia al igual que para el resto del ex bloque comunista "porque todo comenzó aquí. En ese entonces sentimos que podíamos ser una nación libre. Y estamos muy orgullosos".

Vanessa Gera
Associated Press
19.08.2005


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