Juan Pablo II, en el recuerdo de un cardenal argentino

Jorge Mejía conoció de joven a Wojtyla y estuvo con el papa polaco poco antes de su muerte.

“Cuando estudiábamos juntos, nunca pensé que sería un santo. Era muy buen estudiante, pero uno no piensa que la gente que está con uno después va a ser un santo. En cambio, ya de papa, sí, porque yo lo veía cuando rezaba y su entrega interior impresionaba... Además, yo sabía que muchas veces que lo buscaban por alguna cosa en su departamento siempre se lo encontraba postrado en el suelo de la capilla rezando, algo que era su costumbre.”

El cardenal argentino Jorge Mejía, de 89 años, bibliotecario y archivista emérito de la Santa Sede, fue un testigo privilegiado de la larga y extraordinaria vida de Karol Wojtyla (1920-2005), que será proclamado beato este domingo.

Mejía y Wojtyla fueron, durante dos años y medio, compañeros de estudio de teología en el Angelicum, como es llamada la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de esta capital. “Ahí nos conocimos, en noviembre de 1946. Yo venía de la Argentina; él, de Cracovia, y uno no tenía mucho que ver con él? Además, él sólo hablaba polaco y alemán, por la ocupación nazi de Polonia? Pero él siempre recordó ese encuentro”, evocó Mejía en una charla con La Nación.

A lo largo de los años, este prestigioso biblista argentino dialogó varias veces con el sacerdote polaco que el 16 de octubre de 1978 sería elegido pontífice. Se reencontraron en el Concilio Vaticano II (1961-1965), cuando Wojtyla ya era obispo y Mejía, perito. Y después, muchas veces durante el pontificado de casi 27 años de Juan Pablo II, en el cual el cardenal argentino tuvo cargos importantes en diversos dicasterios vaticanos, entre ellos, la comisión para las relaciones con el judaísmo, la Comisión de Justicia y Paz, y la Congregación para los Obispos.

“Siempre que nos veíamos, él se acordaba de nuestra época de estudiantes en el Angelicum y siempre recordaba que yo era mejor estudiante que él? Además, a mí me decía Jorge”, contó el cardenal. “Recuerdo que una vez, en un almuerzo, él me dijo: «Nosotros nos conocemos desde hace mucho: usted siempre levantaba la mano, interrumpía y pedía aclaraciones. ¿Por qué hacía eso?». Yo le contesté que porque era muy joven y porque había muchas cosas que no me convencían. Y él, entonces, me dijo que yo corría con la ventaja de haber estudiado en un seminario como la gente, en la Argentina, mientras que él, debido al comunismo, había hecho un seminario como había podido, en forma clandestina? Y yo le dije: «Está bien, Santo Padre, pero después usted me sacó gran ventaja estudiando filosofía en la Universidad de Lublín»“, evocó Mejía.

Durante ese tiempo, Wojtyla tenía una vida discreta, menos comunicativa. “La impresión que tuve después es que evidentemente estaba siendo vigilado por el régimen comunista y, por lo tanto, no gozaba de gran libertad. En el Concilio, en cambio, tuve la impresión contraria”, opinó el cardenal. Entonces, a Mejía le causó gran impresión que ese obispo polaco, que crearía luego las exitosas Jornadas Mundiales de la Juventud, hubiera sido uno de los primeros en ocuparse de los jóvenes. “El sentía un deber especial para la generación joven”, dijo el cardenal argentino, que fue uno de los organizadores de la primera visita de un papa a una sinagoga, en abril de 1986 en Roma, así como del encuentro interreligioso de Asís que se hizo en octubre de ese mismo año. Cuando Juan Pablo II fue atacado por sectores tradicionalistas contrarios a la reunión de Asís, le pidió ayuda a Mejía para preparar el discurso en que explicaría este tema a los miembros de la Curia, en vísperas de la Navidad de 1986.

El recuerdo más emotivo que conserva Mejía de Juan Pablo II -un santo “por la manera en la que vivió su último período de invalidez e incomunicación, sin ninguna sensación de disminución personal”-, fue cuando se despidió de él, pocas horas antes de morir, el 2 de abril de 2005. “Eran las 11, 11 y media de la mañana. Un guardia suizo me dijo: «Creo que a usted lo espera». Llegué a su habitación, me arrodillé al lado del Papa y don Estanislao le dijo: «Es el cardenal Mejía». Entonces, yo enseguida le dije: «Jorge», porque me decía Jorge; le estreché la mano derecha y le dije: «Santo Padre, usted sabe: uno daría la vida por usted», una frase que ya le había dicho en febrero de 2001, cuando le presenté a diez familiares, cuando me creó cardenal. Esa vez, él se había reído. Y él movió la cabeza y me dio la impresión clara de que se había dado cuenta de quién estaba; el gesto de los ojos era ése”, recordó.

“Cuando volví después que se había muerto, estaba Renato Buzzonetti, su médico, preparándolo para ponerlo en la capilla. Este vino, me abrazó, y yo le pregunté a qué hora había perdido conocimiento y él me dijo a las 7 y media de la tarde. Por consiguiente, a las 11 y media, cuando yo había ido, me había reconocido”, agregó. “De todos modos, ahora está en otra dimensión, que es la definitiva, que es la que cuenta”, concluyó.

Elisabetta Piqué 
Corresponsal en Italia
La Nación, Buenos Aires
29.04.2011


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