Polonia: Espías con sotana

México, D.F.(apro).- Treinta y nueve sacerdotes --entre ellos, cuatro obispos-- colaboraron con los servicios secretos de Polonia (SB, por sus siglas en polaco) durante el régimen comunista en este país, revela el padre Tadeusz Isakowicz-Zaleski en su libro titulado Los sacerdotes frente a la policía comunista.

Tadeusz Isakowicz-ZaleskiEntre los cuatro purpurados señalados se encuentra el actual obispo de la ciudad de Rzeszów, Kazimierz Górny, quien fue informante de los servicios secretos durante cuatro años, periodo en el que construía una iglesia en la ciudad de Oświęcim, hasta que los SB decidieron terminar la colaboración con él porque les era poco útil. También se encuentra el obispo Wiktor Skworc, quien a finales de los años 70 comenzó a informar a los SB sobre lo que ocurría en la curia de ciudad Katowice. Sin embargo, no hay pruebas de que hubiera firmado una declaración de cooperación. Tanto Górny como Skworc niegan haber sido informantes secretos; pero el asunto va más allá de las fronteras polacas. De acuerdo con el libro de Isakowicz, a mediados de los años 70 los servicios secretos también reclutaron al que fue arzobispo Juliusz Paetz, de la ciudad de Paznań, que en aquella época trabajó en el Vaticano con los papas Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.

Además, el libro señala a un sacerdote polaco –que los SB llamaban con el seudónimo de Kenryk— quien, al parecer, trabajó en el Vaticano. De acuerdo con la Agencia Católica de Información dicho sacerdote sería el arzobispo Henryk Nowacki, actual nuncio apostólico en Eslovaquia.

El libro de Isakowicz --publicado el pasado 28 de febrero-- hizo tales revelaciones casi dos meses después del escándalo eclesiástico en el que se vio envuelto Stanisław Wielgus, quién había sido designado arzobispo de Varsovia. Wielgus primero negó haber tenido contactos con los SB, pero después reconoció haber sido uno de sus informantes. Aseguró que lo hizo para poder realizar sus trabajos de investigación en el extranjero.

Respaldado hasta el último momento por el Vaticano y el Papa Benedicto XVI, Wielgus se vio obligado a renunciar a su cargo justo antes de la ceremonia de nombramiento.

“El papel de Casandra”
En una entrevista telefónica con la reportera, el sacerdote Isakowicz afirma que su libro tiene por objeto mostrar diferentes posturas del clero polaco –en especial el de Cracovia-- frente a las acciones de los SB, aparato de seguridad que se dedicó a captar colaboradores como parte de su principal objetivo: liquidar todo tipo de oposición al régimen comunista.

“Yo muestro ocho categorías (de sacerdotes que fueron informantes) porque estoy en desacuerdo con que a todos se les meta en el mismo saco. Había los que no sabían, los que lo hacían por estúpidos, los que eran chantajeados o eran víctimas, pero también los que lo hacían con premeditación, etcétera”, sostiene Isakowicz durante la entrevista.

El sacerdote, empero, asegura tener “una imagen muy positiva de la Iglesia ” porque los 39 informantes constituyen sólo un 10 por ciento del total de los curas que fueron presionados por los servicios secretos para que colaboraran con el régimen comunista.

Isakowicz dice que él mismo fue objeto de tales presiones. Cuenta que fue escogido para estudiar en Roma, pero se vio obligado a renunciar debido a que se le negó el pasaporte por haber rechazado las ofertas de la policía comunista. Sin embargo, su nombre aparecía en los archivos del Instituto Nacional de la Memoria (IPN) --que custodia una enorme cantidad de documentos de aquella época-- como sospechoso de colaboracionismo.

Con la autorización del cardenal Stanisaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia y exsecretario privado del Papa Juan Pablo II, Isakowicz realizó una investigación que eliminó los recelos que había sobre su persona, pero en la que descubrió que entre los que lo espiaban también había sacerdotes.

El doloroso hallazgo incitó a Zaleski a comenzar una investigación más amplia en el IPN, que duró más de un año.

El cardenal Dziwisz sugirió al padre Isakowicz la necesidad de conceder la palabra a los mismos involucrados, pero sólo algunos tomaron en serio el asunto y dieron una explicación. Otros escogieron esconder la verdad. “Lo peor es que se intenta ocultar algunos casos. Yo tengo que escribir sobre personas reconocidas, a veces obispos, que después de 18 años resultan tener lados obscuros. Es un gran problema (...) Yo intento mostrar una proporción balanceada”, asegura.

La situación, empero, es grave. La razón: la Iglesia católica en Polonia siempre ha sido considerada como la principal opositora al régimen comunista y la defensora del movimiento sindical Solidaridad en los años 80. Ahora, 18 años después de la caída del comunismo en este país, los ciudadanos se enteran que muchos de ellos se confesaban con algunos informantes de la policía política comunista. Es por eso que Isakowicz hizo pública su investigación. Pero por muy buenas intenciones que tuviera, se echó a casi toda la Iglesia encima. Ha sido tratado de enemigo y hasta inquisidor.

“Describo varios casos semejantes al de Wielgus y me doy cuenta de que puede ser un choque para la Iglesia ”, exclama.

“Desempeño el ingrato papel de Casandra, es decir, de una persona que advertía a las autoridades eclesiásticas que podía ocurrir algo así, pero no me quisieron escuchar, creían que el problema no existía”, agrega.

El sacerdote utilizó solamente los archivos del IPN, cuyos expedientes fueron elaborados por los servicios secretos. Éstos, sin embargo, no son completos debido a que una gran parte fue destruida.

“Yo he sido muy crítico, porque ningún historiador cree en todo 100 por ciento”, asegura.

¿Hasta qué grado se puede confiar en el contenido de las notas que escribían los empleados de los servicios secretos? Y es que, ya existe el primer caso contradictorio: el arzobispo Juliusz Paetz figura en el libro como confidente de los SB, mientras que la comisión eclesiástica no ha encontrado en sus archivos ninguna declaración de colaboración.

El padre Isakowicz admite que en reiteradas ocasiones fue incitado a dejar su investigación. El pasado 12 de octubre, el cardenal polaco Józef Glemp lo calificó de “superagente comunista”, quien persigue a los curas para tener material para su libro, por lo que luego se disculpó.

El libro provocó escándalo aun antes de publicarse, debido a entrevistas previas que concedió Isakowicz sobre su contenido. Ante ello, el cardenal Dziwisz prohibió al autor hacer más declaraciones a la prensa. Consideró que provocaba una influencia dañina en la comunidad eclesiástica.

Sin embargo, el padre Isakowicz opina que su investigación y su libro no constituyen un acoso contra la Iglesia ni contra la sociedad polaca, 96 por ciento de la cual se declara católica, según datos del Centro de Estudios de Opinión Pública (CBOP).

Se trata, dice, de “una lucha por la verdad dentro de la Iglesia. La cuestión es si la Iglesia es fidedigna o no. Las personas que quieren revelar la verdad no son enemigos. Ellos quieren todo lo mejor, pero no pueden aceptar la mentira”.

“Pecado de negligencia”
Pese a la indignación que causó su obra, la caja de Pandora fue abierta dos años antes con la publicación en internet de la llamada lista de Wildstein, la cual contenía los nombres de 240 mil personas que supuestamente habrían colaborado con el régimen comunista.

Después, los gemelos Lech y Jaroflaw Kaczyński, presidente y primer ministro, respectivamente, impulsaron una campaña para inspeccionar el pasado comunista. Ello propició que varios periódicos comenzaran a publicar noticias sobre informantes eclesiásticos, a veces sin pruebas.

Para Isakowicz, esta situación ha sido provocada también por la Iglesia , pues “descuidó sus obligaciones y las dejó a los periodistas”.

Considera que el hecho de no rendir cuentas sobre el pasado comunista --como se hizo en Alemania, donde por iniciativa social fue formado el Instituto de Gauck para investigar en los archivos y, de esta manera, limpiar de sospechas a todas las personas que ocupaban cargos públicos-- fue el mayor error cometido por las autoridades de Polonia en los años 90. Fue “el pecado de negligencia”, dice.

Otro error: a los sacerdotes “les daba miedo investigar” ese pasado, al que considera “como una enfermedad que no ha sido tratada”.

Además, había “algunos colaboradores secretos que hicieron carreras en la Iglesia y ahora no quieren que se desvelen los documentos”.

Reflexiona: “A mí me sorprende que la Iglesia , que tiene mil años en Polonia y que ha pasado por tantas experiencias, no comprenda que algunos mecanismos no se pueden detener. Y aquí está su error. En mi opinión, después de la muerte de Juan Pablo II ha hecho falta un dirigente en la Iglesia que de una manera clara diga dónde está el camino. Fue ese Papa, quien se hacía cargo de los problemas de la Iglesia polaca. Ahora falta la destreza para solucionar algunos asuntos.”

-¿Y el papa Benedicto XVI no puede ayudar? -se le pregunta.
Benedicto XVI no puede ocuparse de Polonia sin cesar. Fue engañado porque cuando designó a Wielgus en el puesto (arzobispo de Varsovia) no le informaron sobre la colaboración de éste (con los SB).

El padre Zaleski admite que la Iglesia polaca atraviesa una crisis, la cual, dice, todavía puede resolver: “Si rinde cuentas sobre su pasado, no perderá autoridad. Pero si oculta casos como el de arzobispo Wielgus, va a ser un catástrofe.”

Y después del escándalo con el obispo Wielgus, ¿ve una mayor voluntad del episcopado para solucionar el problema?
Creo que el episcopado está muy dividido, es decir, una gran parte de los obispos actúa de una manera positiva, quieren solucionar el problema, pero otra parte boicotea esas acciones. Desgraciadamente esas querellas se ven a simple vista, pues en el caso de Wielgus algunos obispos atacaban a los periodistas. Los calificaban de escuadrones de la muerte, enemigos de la Iglesia. Entonces esos conflictos se trasladaron a los medios. Hasta ese momento, los obispos nunca habían utilizado este tipo de lenguaje.

Con el fin de contener el fenómeno, en el pasado mes de agosto los obispos firmaron un memorial en el que subrayaron que la Iglesia quiere conocer y revelar la verdad sobre su pasado, y que los informantes deberían confesar su culpa, renunciar a su cargo y entregarse a las autoridades eclesiásticas. Pero el problema consistió en que uno de los signatarios del memorial fue precisamente el arzobispo Wielgus, “quien mostró que se puede mentir”.

Por lo pronto, el Consejo Permanente del Episcopado de Polonia decidió crear comisiones en cada de las 45 diócesis para examinar los archivos del IPN. El propósito: descubrir a los sacerdotes que supuestamente colaboraban con los SB, pero de tal manera que se respete su dignidad.

-¿Entonces todavía es posible desarmar esa bomba? -se le pregunta al padre Isakowicz.
Tendrían que tomarse medidas radicales y yo temo que muchos obispos no sean capaces de hacerlo.

¿Y cómo castigar a los que colaboraron con la policía secreta?
No estoy de acuerdo que se les castigue. No quiero que se les eche de la Iglesia , pero deberían renunciar de su cargo. Es básico. Independientemente si son curas u obispos, deberían de jubilarse (…) Pueden hacer obras caritativas, trabajar en el hospital o la prisión.

De hecho, Isakowicz considera que revelar las culpas no debilitará la autoridad de los sacerdotes. E insiste en que la dañará el hecho de esconder la verdad y “tirar todo por debajo de la alfombra”.

Para apoyar su argumento, pone un ejemplo: “Todo lo que escribieron los apóstoles en el Evangelio era verdad. Hablaron sobre la traición de Judas o la negación de San Pedro. Creo que los fieles no tendrían nada que reprochar a los sacerdotes si éstos pidieran perdón, si dijeran que cometieron un error. Incluso yo diría que se les trataría bien porque el cura también es ser humano, también falla.”

02.04.2007


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