Jozef Glemp: "No creo que el Santo Padre abandone el servicio"

El cardenal polaco explica cómo vive la etapa final de su vida Juan Pablo II

Varsovia - “Para el el Santo Padre, servir a la Iglesia no es sólo gobernar, dar órdenes o firmar decretos. Servir a la Iglesia también es sacrificarse, es sufrimiento, es darse, seguir el camino que siguió Cristo al tomar la cruz.”
El cardenal Jozef Glemp, primado de Polonia y arzobispo de Varsovia, explica de esa manera cómo Juan Pablo II, un hombre frágil y enfermo, vive la etapa final de su vida.
“El Santo Padre tiene a su superior, que es Jesucristo. Por lo tanto, debe seguir adelante si tiene las fuerzas espirituales e intelectuales. El está convencido de que debe servir a Cristo hasta que él pueda. Esta es su filosofía y no creo que pueda renunciar, amando como ama su servicio y entregando su sufrimiento”, dijo en una larga entrevista con La Nación , en su cálido despacho, mientras que, afuera, el termómetro marcaba cinco grados bajo cero.

Glemp, que conoce muy bien a Juan Pablo II, habló de su personalidad, de su largo pontificado y de sus enseñanzas. En 1981, este prelado de 76 años fue designado por Juan Pablo II para suceder al prestigioso cardenal Stefan Wyszynski, de quien fue uno de los más estrechos colaboradores durante quince años. El Santo Padre le confió, así, la ardua tarea de liderar a la Iglesia polaca en los difíciles años del gobierno comunista.

Wyszynski, que participó en el cónclave en el que resultó elegido el 16 de octubre de 1978 el primer papa no italiano en 455 años, es recordado por haberle dicho al entonces joven Karol Wojtyla: "Si el Señor te ha llamado, debes hacer que la Iglesia entre en el tercer milenio", una frase considerada profética.

Glemp, que ya estuvo en la Argentina en 1984, llegará el mes próximo por segunda vez a nuestro país invitado por la familia Fernández Núñez. Esta familia ha creado, hace catorce años, en esta capital, una fundación destinada al desarrollo de la cultura y de la ciencia que construyó la única capilla dedicada a la Virgen de Luján en Europa. Está en la Iglesia de Ursinow. El cardenal Glemp, de hecho, viajará no sólo para visitar el país y a su comunidad polaca, sino también para devolver la visita realizada hace poco por prelados de Luján.

Usted, que tuvo un papel muy importante en la transición que hubo en Polonia, ¿cuánto cree que pesó Juan Pablo II, el primer papa eslavo, en la caída del comunismo?
El Papa, con su coraje y con su sabiduría, participaba en el Concilio Ecuménico y era autor de documentos, por lo que su voz pesaba ya antes de la Segunda Guerra Mundial. El alentaba a la gente, que ya se sentía muy frustrada con el comunismo, con un partido único, con una libertad muy limitada. Pero no estaba totalmente abrogada la libertad religiosa, como en otros países. Aquí teníamos una universidad católica y todos los seminarios eran independientes del gobierno, y del partido.

¿No eran clandestinos?
No, eran abiertos. Durante todo el período del comunismo tuvimos en Polonia algo de libertad, en comparación con otros países. Por supuesto, nos vigilaban, nos controlaban, pero, aunque limitada, la libertad religiosa existía, y el Santo Padre vivió en esta realidad. Es decir: el Santo Padre no fue el único factor que cambió el sistema, aunque apoyó mucho, y seguramente el régimen no hubiera colapsado tan rápido sin él. El Santo Padre fue un inspirador o un coautor de este cambio, pero influyó también en el modo de llegar a este cambio, porque el sindicato Solidaridad, de Lech Walesa, se apoyaba en los principios cristianos, y por lo tanto no hubo una revolución sangrienta. Si todo sucedió en forma más calma fue gracias a las enseñanzas del Papa y a su forma de ver el mundo. En el sentido de que hay que tener paciencia, de que el Espíritu Santo es el que va a cambiar el rostro del mundo, en el sentido de ver las cosas sin querer cambiarlas con rabia revolucionaria, sino en forma más calma.

¿Por ejemplo?
Cuando se proclamaron las leyes marciales, la gente estaba furiosa y quería que yo también hiciera discursos furiosos. Pero en mi sermón, aquí cerca, en la iglesia de Santa María de la Gracia , decía que teníamos que estar tranquilos, porque muchas mentes nos iban a servir para la Iglesia , para la nación, más que una mente asesinada. Pero la gente lloraba, porque no le gustaba este discurso tranquilo. Querían un discurso más fuerte...

¿Más combativo?
Sí, más combativo, claro. Pero más tarde, en cambio, me dieron la razón. Muchos que querían más libertad fueron arrestados, y nosotros iniciamos una gran acción para ayudar a los que habían terminado en los denominados "campos de internación". Esto sucedió en 1981, y había una propuesta para que el Papa viniera en 1982. Pero el Santo Padre no vino en 1982 y postergamos el viaje a 1983. Ya las leyes marciales se habían mitigado. Por más que siguiera el régimen comunista, había un poquito más de libertad.

¿Cuál fue para usted el momento más difícil en esa transición?
El hecho de que yo viniera después del cardenal Stefan Wyszynski, que era una gran autoridad. Entonces, después de algunos meses de coloquios con el gobierno, con el régimen, llegaron las leyes marciales, el 13 de diciembre de 1981. Ese fue el momento más difícil, porque todos los medios fueron cerrados, congelados, y tampoco existían radios o teléfonos. Después, lentamente, recomenzaron, pero fue un golpe muy duro. Yo estaba en contacto con el Santo Padre, y nos consultábamos. El Papa comenzó a rezar por Polonia en las audiencias de los miércoles. El no combatía oficialmente, no atacaba al gobierno polaco, pero rezaba por Polonia, por los fieles, para que siguieran fieles al Evangelio. Esta súplica continuó todos los miércoles, y daba a la gente una ayuda y una esperanza inmensas. Así, no sólo podíamos contar con nuestras fuerzas intelectuales, diplomáticas y físicas, sino también con Dios, que debía intervenir en nuestra situación.

¿Cuándo conoció a Karol Wojtyla?
Durante el Concilio Vaticano II, porque yo estudiaba en Roma. Después volví a Varsovia como secretario del cardenal Wyszynski. Entonces había reuniones de obispos en las que el Santo Padre llegó a conocerme muy bien.

¿Qué es lo que más recuerda del cónclave de 1978, que eligió al primer papa no italiano en 455 años?
Sé, por sus homilías, que el cardenal Wyszynski estaba bastante convencido de que iba a ser otra vez elegido un italiano.

¿Y cuando fue elegido un polaco?
Fue una gran alegría, aunque también sentimos temor porque no sabíamos cómo iba a reaccionar el gobierno comunista. Wyszynski era consciente de que el bloque comunista iba a utilizar toda su furia para limitar más aún la libertad de la Iglesia.

Usted conoce muy bien a Wojtyla. ¿Qué es lo que más lo impresiona de su personalidad?
Es un hombre cuya personalidad está estrechamente relacionada con la vida espiritual, la oración y la sabiduría. Es verdaderamente un hombre muy sabio, que tiene mucha doctrina, tanto teológica como filosófica. Además, es un místico, que no puede vivir sin la oración.

¿Tiene algún recuerdo o anécdota especial sobre él?
Sí. El cardenal Wyszynski me mandaba a Cracovia para transmitir alguna noticia o carta al cardenal Wojtyla. Entonces, yo pasaba la noche en la casa de él, con sus secretarios. Una vez lo acompañé a visitar una parroquia. Después él se iba a Varsovia, para tomar de ahí un avión a Roma, e hicimos el viaje juntos de Cracovia a Varsovia. Era un cardenal muy sencillo, en cuanto al comportamiento personal, muy amigable. Los sacerdotes lo querían mucho. Tenía un gran sentido del humor, un humor, de todos modos, discreto.

El Papa está enfermo. Durante su primera internación el cardenal Sodano reflotó las polémicas sobre una eventual renuncia, al decir que se trataba de un tema que atañe a su conciencia. Usted, que es un experto en derecho canónico, ¿qué cree?
El Santo Padre tiene a su superior, que es Jesucristo. Por lo tanto, debe seguir adelante si tiene las fuerzas espirituales e intelectuales. El está convencido de que debe servir a Cristo hasta que él pueda. Esta es su filosofía, y no creo que pueda renunciar, amando de esta forma su servicio, y también entregando su sufrimiento. Porque servir a la Iglesia no es sólo gobernar, dar órdenes, firmar decretos. Servir a la Iglesia también es sacrificarse, es sufrimiento, es darse, es seguir el camino que siguió Cristo al tomar la cruz. Esto se puede entender no a través de las categorías políticas, humanas o institucionales del mundo, sino a través de una categoría espiritual que ve a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Es decir: también el sufrimiento da un gran refuerzo a esta riqueza espiritual de la Iglesia. Yo creo que el Santo Padre hace muy bien [en no renunciar].

¿Cuál es la característica más importante del largo pontificado de Juan Pablo II, que en octubre cumplirá 27 años?
La enorme apertura al mundo, los viajes. Nunca un pontífice viajó tanto. La segunda característica es su cercanía a los más pobres, porque él visita no sólo a los jefes de Estado, sino también las favelas, prisiones y escuelas. En fin, él significa apertura para todos.

¿Defectos del pontificado, si es que hay?
(Se ríe.) Sí, creo que nunca estuvo muy subordinado a sus guardias... Vivió saliéndose del programa, improvisando o cambiando de planes. Por lo general obedece, pero tiene tendencia a ser libre, por lo que muchas veces transgrede...

En especial con los médicos, ¿no?
Sí, también con los médicos.

En este mundo cada vez más indiferente a Dios, ¿cuáles son para usted los desafíos de la Iglesia Católica ?
La Iglesia debe apoyarse en las encíclicas y en el Evangelio. Pese a los cambios del mundo, la enseñanza de la Iglesia no debe cambiar. La Iglesia , por supuesto, debe mirar las circunstancias para transmitir mejor la doctrina, pero la doctrina sigue siendo la misma. Los principios no se cambian. Concretamente, antes que nada, nos referimos a los principios de la vida. Contra el aborto y la eutanasia y en favor de todo lo que tiene que ver con la dignidad de la vida, desde la educación hasta el trabajo. La familia es el nido natural de la vida. En la familia también está implícita la educación, en la que deben participar tanto el marido como la mujer. Muchas veces aquí, en Polonia, pero no sólo aquí, las familias piensan que los chicos van al colegio y que allí se encuentra toda la enseñanza, también la moral. Pero, según nuestro punto de vista, se trata de una carga demasiado pesada para la escuela. Creemos que hay que desgravar a las escuelas de esa responsabilidad.

Usted viajará por segunda vez a la Argentina a fin de mes. Para usted, ¿la ampliación de la Unión Europea hacia el Este significa que América latina pasará a ser olvidada por el Viejo Continente?
¡No! América latina es un subcontinente fuerte, joven, dinámico, y yo creo que habrá un gran desarrollo de los países sudamericanos. Yo voy a la Argentina porque empezamos una relación, a través de una capilla, con la Virgen de Luján. Como el obispo de Luján y otros sacerdotes hicieron un peregrinaje a Polonia, ellos quieren que les devuelva la visita, y voy con mucho gusto, también para ver cómo están las cosas en la Argentina después de veinte años.

Una pregunta que sé que a los cardenales no les gusta, porque no les gusta hablar sobre el sucesor de Juan Pablo II. ¿Cree que es posible un papa latinoamericano?
Nunca analicé esto, porque es el Espíritu Santo el que elige cuándo tendrá lugar el cónclave. Pero puedo decir que en América latina hay obispos y cardenales aptos para asumir este deber.

También se habla de candidatos del continente asiático, como el arzobispo de Bombay, Ivan Dias... Para usted, ¿podría haber un papa no europeo?
Puede ser... No sé... Depende del nivel de la vida espiritual e intelectual que puedan poner en la sede del pontificado supremo.

Hay también quien dice que después de este pontificado tan largo el papa debería volver a ser un italiano...
Quizá fuera algo conveniente, sí. Yo diría que soy muy favorable a esto, porque sé que entre los cardenales italianos hay verdaderamente muchos hombres hábiles, que saben lo que hacen.

Por Elisabetta Piqué
Enviada especial

La autora realizó esta entrevista en Varsovia hace unos días, antes de retornar a Roma por el agravamiento de la salud de Juan Pablo II.

La Nación , Buenos Aires
23.03.2005


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