Novena visita de Juan Pablo II a Polonia

Este fue el noveno viaje de Karol Wojtyla a Polonia, el sexto de la era postcomunista. Para muchos periodistas este fue el viaje de un anciano a su querida patria. Sin embargo, el Papa sorprendió a todos con una agenda tan nutrida que superaría las actividades de un joven. Este extraordinario anciano hizo que durante su estadía toda otra cuestión se tornara insignificante para los polacos. Creyentes y no tanto lo recibieron transformados en una multitud nunca vista en los viajes europeos del Papa. Más de dos millones de personas se reunió en Cracovia, donde el Pontífice celebró la misa de beatificación de cuatro compatriotas: el arzobispo Zygmunt Szczęsny Feliński; el sacerdote Jan Wojciech Balicki, el padre Jan Beyzym; y la hermana Sancja Janina Szymkowiak. Juan Pablo II aguantó el calor de las tres horas de la ceremonia, fue capaz de leer casi entera la homilía e incluso de improvisar algunas frases. A la multitud, que le gritaba “¡Quédate”', el Papa respondió con humor: “Vaya, qué bien, queréis que deserte del Vaticano”, y añadió para su ciudad: “¡Cracovia, querría decirte hasta la vista, pero eso está en las manos de Dios!”.

Un dejo de tristeza se percibió cuando le recordó a la gente, desde una de las ventanas de su residencia: “¡Yo tengo 23 años más... y en cuanto a eso, nadie puede hacer nada!”.

Karol Wojtyla, el polaco más famoso e internacional del último siglo, es venerado más allá de toda medida. Un líder carismático al que se han dedicado en el país 150 estatuas, según el semanario Nie, uno de los más críticos con el aparato de poder polaco.

Cracovia, la ciudad más hermosa y mejor conservada del país, está tapizada estos días con el rostro de Wojtyla, fotografías de todas las épocas y tamaños. Las ventanas de las casas y palacios del centro y los bloques de viviendas baratas de la periferia están decoradas con ramilletes de flores blancas y amarillas. Se coreó su presencia desde el primer momento con aplausos y gritos: “Te queremos, Papa”, “¡Qué vivas 100 años!”, “¡Eres maravilloso!”, “¡Estás en tu casa!”. El Papa mantuvo la compostura la mayor parte de la ceremonia, pero al final sus ojos brillaban con especial emoción.

El parque de Blonia, en el centro de Cracovia, ha visto otras reuniones multitudinarias en torno a Wojtyla, pero la de este viaje superó las precedentes. El portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro Valls, se ha referido, con cuidado, a este viaje del Pontífice a Polonia como “el último hasta el momento”, pero lo cierto es que muchos compatriotas lo interpretaron como una despedida en toda regla ante el deterioro acelerado de su salud. Por eso decidieron no faltar a la cita. En primera fila se sentaron el presidente de Polonia, Aleksander Kwasnievski; el de Lituania, Valdas Adamkus, y el de Eslovaquia, Rudolf Schuster. Un poco más lejos se encontraba el que fuera líder del sindicato Solidaridad y ex presidente, Lech Walesa.

Para los polacos de a pie, la “toma” de Blonia se inició de madrugada.
Filas infinitas de jóvenes con mochilas, grupos de religiosos y hasta familias enteras con bolsas de comida tomaban posiciones. Era gente llegada de todo el país (los de Wadowice, el pueblo natal de Karol Wojtyla, agrupados no lejos de la tribuna), campesinos que siguieron la misa fervorosamente arrodillados y con las manos juntas, monjas con hábitos medievales que agitaban banderas del Vaticano, hombres y mujeres de todas las edades que han visto en esta novena visita de Wojtyla a su patria la última ocasión de estar cerca de él y de escucharlo.

Por la tarde se repitieron las concentraciones en torno a la catedral, que Juan Pablo II visitó brevemente, en privado, aunque seguido por un grupo de periodistas, que lo acompañó hasta el cementerio de Rakowice, donde rezó ante la tumba de sus familiares. La madre, el padre y el hermano del Papa están enterrados en Cracovia

El 18 de agosto visitó el santuario de la Divina Misericordia. La historia del santuario está vinculada a Santa Faustyna Kowalska(1905-1958), la primera mujer nacida en Polonia y convertida en Santa. Ella perteneció a la Orden de Nuestra Señora de la Caridad. Durante su vida conventual tuvo visiones que la llevaron a difundir la fe en la Divina Misericordia.

La Iglesia, mientras ella vivía y aún después de su muerte asumió una actitud escéptica hacia sus experiencias divinas. En 1959 el Santo Oficio se expidió diciendo que las experiencias de Faustyna no tenían carácter milagroso y se prohibió la divulgación de su diario. La razón principal dada por el Santo Oficio fue una incompleta y errónea interpretación de su diario de notas.

En 1978, luego de la aclaración de los errores y siguiendo la producción de correcta edición de sus notas, Juan Pablo II quitó la prohibición. Faustyna fue beatificada en 1993 y canonizada en 2000.

El Santuario de la Divina Misericordia en Lagiewniki se remonta al final del siglo XIX, es decir, es anterior a las visiones de Faustyna. En su momento incluyó una capilla, un convento de la Orden de Nuestra Señora de la Caridad y una institución para niñas. El proyecto de ampliar el santuario fue una idea del Papa, quien visitaba Lagiewniki primero como sacerdote y luego como obispo y cardenal de Cracovia

El noveno viaje de Juan Pablo II a su patria terminó, en medio de una conmoción popular en el aeropuerto de Cracovia, Balice. Wojtyla desmintió las voces que aseguraban que renunciaría al papado durante este viaje y pidió a la Virgen que le dé las “fuerzas físicas y de espíritu” necesarias para cumplir su Pontificado hasta el final, durante una misa en el santuario de Kalwaria Zebrzydowska, a 45 kilómetros de Cracovia.

Al despedirse de la multitud y de las autoridades civiles y religiosas polacas, el Papa dejó claro en Balice que no descarta regresar. “Al despedirme, quiero saludaros a todos”, dijo,”"no todos han podido verme. Quizás la próxima vez”. El Pontífice se declaró además convencido de que Polonia “encontrará su sitio justo” en la Unión Europea sin perder su identidad.

El entusiasmo de la despedida interminable y los deseos del piloto de las líneas aéreas polacas Lot de darle un paseo turístico por su patria provocó un retraso de una hora en el regreso de Juan Pablo II a Roma. El avión sobrevoló a menos de 4.000 pies las ciudades de Cracovia, Wadowice, donde nació Karol Wojtyla hace 82 años, y se desvió de la ruta para asomarse a las impresionantes cadenas montañosas de Zakopane a una altura que no siempre pareció prudente.

En esta ocasión dejó para el último de sus discursos la esperada mención a la próxima integración europea de Polonia, prevista para el año 2004. Un objetivo que ha causado enormes daños a la sociedad polaca, obligada a ajustar su economía a las leyes del mercado en un tiempo relativamente corto. Las reformas impuestas han dejado una estela de desocupados y han provocado no pocas injusticias. “Me he referido con inquietud a las dificultades”, dijo el Papa, “y a lo que cuestan estos cambios, que recaen dolorosamente sobre los más pobres y los más débiles, sobre los desocupados, los que no tienen casa, y sobre los que están obligados a vivir en condiciones cada vez más difíciles con la incertidumbre del futuro”.

“Espero que conservando estos valores”, añadió, “la sociedad polaca encuentre su sitio justo en las estructuras de la Unión Europea, en la que no sólo no perderá su identidad, sino que podrá enriquecer con su tradición a este continente y al mundo entero”.

Las palabras del Papa representan un importante apoyo al Gobierno polaco en este duro proceso de transición, y tendrán un efecto sobre la población, pese a que la influencia de Wojtyla sobre los polacos ha disminuido considerablemente. Se dice, como ayer reconoció el propio cardenal primado de Polonia, Jozef Glemp, en su discurso de despedida al Papa, que “Polonia le aplaude, pero no lo escucha”. Glemp salió en defensa, sin embargo, de los polacos, quizás sólo aparentemente distraídos, que han logrado llevar adelante una transición política “sin revoluciones”. El cardenal repasó los logros de los últimos 13 años y desmintió uno a uno los tópicos que se utilizan para definir a los polacos. Habló de la Constitución, del Concordato firmado con el Vaticano, del descenso en la tasa de consumo de alcohol, que ha alargado la vida media de los hombres, de la firmeza en la defensa de la vida y de la seriedad a la hora de cumplir las promesas.

Karol Wojtyla lo escuchaba atento, después de haber cumplido con los actos de la jornada. Como estaba previsto, el Papa la inició visitando el santuario de Kalwaria Zebrzydowska, donde celebró la misa de conmemoración del 400º aniversario del templo. Unas 20.000 personas siguieron la ceremonia desde el exterior. El Papa se trasladó al aeropuerto, donde lo esperaba una multitud. El mismo pueblo de Cracovia que se ha concentrado todas las noches al pie del balcón del palacio arzobispal para darle las buenas noches con vivas y aplausos. La noche del domingo, Wojtyla cantó y bromeó con ellos demostrando una excelente forma y un humor a prueba de toda fatiga.

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