El Papa recordó la gesta de Polonia por la libertad

Cracovia.- En la misma plaza en la que Juan Pablo II llamó a resistir el régimen comunista a través de la fe, en su primer e histórico viaje a Polonia de junio de 1979, Benedicto XVI exhortó ayer a los polacos a "no caer en la tentación del relativismo" y a seguir la verdad de Cristo.

"Quieren falsificar la palabra de Cristo y sacar del Evangelio las verdades, demasiado incómodas para el hombre moderno", advirtió el Papa, al celebrar su primera misa en suelo polaco ante unas 300.000 personas que se congregaron en la famosa plaza Mariscal Pilusdki, de Varsovia. "Se trata de crear la impresión de que todo es relativo: también la verdad de la fe dependería de la situación histórica y de la valoración humana. Pero la Iglesia no puede hacer callar el espíritu de la verdad", agregó, al hablar en el mismo lugar donde un combativo Juan Pablo II sembró la semilla que diez años más tarde derivaría en la caída del Muro de Berlín.

Para los vaticanistas veteranos que asistieron a esa misa, hace 27 años, la plaza de Benedicto XVI, en comparación, se veía casi vacía, sin ese clima eléctrico que lograba el papa polaco con su gente. La lluvia torrencial y el frío, además, no contribuyeron a que el público expresara demasiado entusiasmo.

En su segunda jornada en la tierra de Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger comenzó su homilía -que sólo al principio y al final leyó en polaco- homenajeando una vez más la figura de su antecesor. El Santo Padre destacó especialmente su rol crucial en la caída del comunismo. "¿Cómo no agradecer hoy a Dios por cuanto se ha realizado en vuestra patria y en el mundo entero durante el pontificado de Juan Pablo II? Frente a nuestros ojos tuvieron lugar cambios de enteros sistemas políticos, económicos y sociales. La gente en diversos países pudo reconquistar la libertad", dijo, y provocó los aplausos de la multitud, que se reparaba de la lluvia torrencial con paraguas y ponchos.

"Ahora les pido que cultiven la rica herencia de fe que les transmitieron las generaciones anteriores [...]; manténganse firmes en su fe; transmítanla a sus hijos", pidió Benedicto XVI.

El Papa pareció referirse así a la realidad actual de Polonia, país donde, como en la mayoría de los que estaban detrás de la Cortina de Hierro, la libertad significó un mayor consumismo y secularismo en la sociedad. La Iglesia Católica de este país, de hecho, se encuentra inmersa en una ofensiva para superar la pérdida progresiva de fieles.

Ovación
Ayer por la tarde, sin embargo, cuando Benedicto XVI viajó a Czestochowa, juzgado el corazón de la identidad polaca, no se notaba esa pérdida de fe. En este santuario mariano, considerado el mayor de Europa central, que es visitado cada año por cuatro millones de personas, el Papa tuvo su primer gran baño de multitudes, al ser ovacionado por unos 700.000 peregrinos. Después de orar ante la bellísima imagen de la Virgen Negra de Czestochowa, Benedicto XVI habló a cientos de miles de religiosos, seminaristas y representantes de distintos movimientos.

"El mundo y la Iglesia necesitan de sacerdotes, de santos sacerdotes", dijo el Papa. Al final, evocó la encíclica de su pontificado, Deus Caritas Est, ´Dios es amor , un concepto que definió "la verdad más importante sobre Dios, la más relevante".

El Pontífice se subió después a un helicóptero para viajar hasta Cracovia, donde por la noche tuvo una recepción triunfal. Sin contar la histórica cita del domingo en el campo de concentración de Auschwitz -el momento clave de este viaje marcado por la idea de la reconciliación-, la visita a esta bellísima ciudad representa el centro de este peregrinaje apostólico. Fue aquí donde Juan Pablo II vivió 40 años de su vida, como estudiante, obrero, sacerdote, obispo y cardenal, hasta que fue elegido papa.

Tras dar una vuelta en papamóvil por la plaza medieval del centro de la ciudad, donde miles de personas le dieron una calurosa bienvenida, Benedicto XVI se alojó en el palacio del arzobispado. Luego se asomó a la ventana del primer piso para saludar a los jóvenes que se reunieron en la calle para cantarle y aclamarlo, una tradición nacida durante las estadías de Juan Pablo II.

Entonces, en medio de los aplausos, el Santo Padre recordó al papa polaco y pidió que rezaran por su beatificación. "Sé que el segundo día de cada mes, a la hora en que mi amado predecesor murió, ustedes vienen a conmemorarlo y a rezar por su elevación al honor de los altares", dijo Benedicto XVI. "Hoy, pese a la muerte y joven en Dios, está entre nosotros."

Por Elisabetta Piqué
Enviada especial
La Nación , Buenos Aires
27.05.2006


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