Historia de tres ciudades

Hace 70 años acabó la diplomacia y empezó la guerra. La diplomacia ya no volvió jamás a ser lo que era. Tal vez sea deseable que la guerra tampoco

Portadas de diarios sobre los 70 años del inicio de la SGMGdañsk, Sopot y Gdynia, la encantadora ciudad triple sobre el Báltico, hanseática y libre, en el delta del Wystula. En tiempo de estados homologados no se entiende lo que era una ciudad libre, el “corredor de Danzig”, incluso Prusia o “la cuestión polaca”, conceptos claros en cambio para algunos abuelos. Aquí nació por ejemplo el poder de los Hohenzollern que iba luego a unificar Alemania desde fuera y bajo el signo protestante. Hoy Alemania queda a 300 kilómetros. Pero pese a haber sido arrasada y repoblada, nada parece haber podido con el espíritu singular, sofisticado e indómito de la actual Gdañsk.

Danzig es hija de la coexistencia y roce secular de bálticos, polacos, kasubios, polabos, prusianos, judíos, germanos y suecos, suavizado todo por el comercio hanseático de grano, que representa aún su majestuoso molino. También remite a las causas de la triple partición de los polacos (Polonia sería lo que quedara) exprimidos entre alemanes y rusos, y sus necesidades de recursos. De ahí el mal gusto de que Merkel y Putin hayan hablado precisamente aquí de sus planes de gaseoducto.

Gdañsk reune los tres momentos y nombres históricos que probablemente todo niño polaco sepa, si sabe alguno: Grunewald, Westerplatte y Solidaridad. El primero, en 1410, fue una de las mayores batallas europeas de la baja Edad Media y puso coto a la desconsiderada Órden Teutónica (luego nacionalizada como batalla “polaco-germana”); el segundo, es la heróica fortaleza de Danzig, atacada hace 70 años por el crucero alemán Schleswig-Holstein para desatar la guerra; el último, es la heróica batalla de obreros y curas contra el comunismo.

Mientras la ciudad dormía
Dos de estas batallas las perdieron alemanes, la tercera Moscú y su imperio; victorias contadas entre tantas pérdidas para el país que –proporcionalmente- más víctimas tuvo en la II Guerra Mundial. Chirrían ayer las palabras del presidente Kaczynski de que Katýn fuese como el holocausto, referencia a la masacre de 20.000 polacos -la oficialidad y la intelectualidad- a manos de piquetes soviéticos, cuando debían aprestarse contra el invasor nazi. Pero es contradictoria la obsesión por acabar con las élites para una ideología que cree que el verdadero poder reside en las masas.

La singularísima Gdañsk, reconstruida
El monopoli de los pueblos era entonces un juego de moda entre los totalitarismos ilustrados. Hoy se sabe por fin que, en los protocolos secretos de Molotov y Ribbentrop, figuraba la total desaparición de Polonia de los mapas y la historia: germanizada, rusificada, desplazada, aniquilada y olvidada. Descabezarla era apenas lógico. Lo mismo estaba previsto –y fue ejecutado a escala industrial- con los judíos; y, en la URSS, con algunos otros, efectivamente, olvidados.

ABC, España
9.9.2009


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