Capítulo 9: Polonia dividida

Al iniciarse el siglo XIX Polonia estaba ocupada por tres monarquías absolutas; cuyos sistemas políticos estaban en total contradicción con las tradiciones polacas de la democracia, la autonomía local y las libertades cívicas de la nobleza. Estas tradiciones eran guardadas no sólo por la nobleza, el clero y la parte ilustrada de la burguesía, sino también la intelectualidad, el estamento social específicamente polaco, que era un grupo de trabajadores de origen noble que hicieron suyos los ideales de la nobleza. La lucha de los polacos por la libertad era al mismo tiempo una lucha contra la opresión y el absolutismo. Por ello la causa polaca llegó a ser parte integrante de la poderosa ola de movimientos por la libertad y la democracia en Europa. Muchos polacos participaron en levantamientos y revoluciones en Europa en el siglo XIX y muchos extranjeros lucharon en las insurrecciones nacionales en tierras polacas. El lema "Por nuestra libertad y la vuestra" fue el símbolo de la contribución de los polacos a la democratización de los sistemas políticos europeos.

En las postrimerías del siglo XVIII y a comienzos del XIX una aliada de los polacos era la Francia de Napoleón: en 1797 se formaron en Italia las legiones polacas que lucharon al lado de los franceses en la guerra contra Austria. En los años 1806-1807 Napoleón logró una serie de victorias sobre Austria, Prusia y Rusia. En virtud de la paz de Tilsit (1807), en parte de las tierras polacas pertenecientes antes a Prusia fue creado el Ducado de Varsovia. Napoleón le dio la constitución. En el Ducado se constituyó un gobierno polaco, se introdujo el código de Napoleón y se concedió libertad personal a los campesinos. Pero el Ducado de Varsovia existió apenas unos años. Desapareció del mapa tras la fracasada expedición de Napoleón contra Rusia en 1812 y la derrota sufrida por los franceses en la batalla de Leipzig (1813) en la que pereció como héroe el príncipe Józef Poniatowski, comandante en jefe del ejército del Ducado de Varsovia.
En virtud de las decisiones del Congreso de Viena de 1815, parte del Ducado, incluida la ciudad de Poznan, pasó al poder de Prusia; en el resto de sus tierras fue creado el Reino de Polonia, dependiente totalmente de Rusia. El zar Alejandro I era al mismo tiempo rey de Polonia. El Reino tenía su constitución, su gobierno, su dieta y su ejército. Sin embargo, el sistema constitucional del Reino era incompatible con el rČgimen despótico de Rusia. La permanente violación de la constitución y el fracaso de la oposición legal hicieron que la juventud polaca se interesara por las organizaciones que conspiraban contra las autoridades rusas preparando una insurrección. Ello coincidió con el recrudecimiento de las persecuciones del espíritu polaco en las tierras orientales del antiguo Estado polaco, la ruina de la hasta entonces floreciente Universidad de Vilna y la rebelión de los decembristas en Rusia (1825). La causa directa de la insurrección fue la noticia de que Rusia, que preparaba una intervención armada en Francia y Bélgica para aplastar las revoluciones libertadoras que habían estallado allí, iba a utilizar para ello tropas del Reino de Polonia.

La insurrección estalló en Varsovia el 29 de noviembre de 1830. Fue creado un gobierno autónomo, la dieta destronó al zar. Comenzó la guerra polaco-rusa. El ejército del Reino, excelentemente preparado y armado, luchó hasta septiembre de 1831. Tuvo que sucumbir a la abrumadora fuerza humana y económica de Rusia. El fracaso de la insurrección tuvo nefastas consecuencias: la supresión de la constitución, la liquidación del ejército del Reino, el cierre de la universidad y la construcción de una ciudadela en Varsovia. Se recrudecieron las persecuciones de los polacos en Lituania, Bielorrusia y Ucrania; muchos de ellos fueron castigados con destierro y confiscación de bienes. Fue cerrada la universidad de Vilna. También las autoridades prusianas (la provincia de Poznan) y las austriacas (Galicia) aplicaron represalias contra los polacos.
Tras el fracaso, alrededor de 10.000 polacos, entre ellos líderes y soldados de la insurrección, emigraron a Francia.
En París se instalaron los poetas Adam Mickiewicz y Juliusz Slowacki, el compositor Federico Chopin y el historiador Joachim Lelewel. Se creó la Sociedad Democrática Polaca cuyos miembros se reunían para discutir sobre las causas de la derrota y las posibilidades de continuar la lucha armada.
El duque Adam Czartoryski desarrolló una campaña diplomática para mantener la actualidad de la causa polaca.
Como una de las causas del fracaso de la insurrección se señaló en estas discusiones la situación del campesinado que era el principal problema social en tierras polacas hasta el año 1863. Los campesinos no eran propietarios de la tierra que trabajaban, sino que por el derecho de disfrutarla tenían que pagar un tributo al señor (un noble). La abolición de este sistema de dependencia feudal se consideraba indispensable para la modernización de la estructura económica y para la incorporación de las masas campesinas al movimiento independentista. Prusia fue la primera en decidirse abolir el régimen feudal, lo cual dio comienzo al próspero desarrollo económico de las tierras polacos bajo ocupación prusiana.
El gobierno austríaco se decidió a hacerlo durante la Primavera de los Pueblos. Sólo en el Reino de Polonia no se produjeron cambios en la situación del campesinado.

Cuando subió al trono el zar Alejandro II se avivaron las esperanzas de cese de las represalias en el Reino. Sin embargo, las concesiones hechas por el zar eran pocas.
Se hizo famosa entonces la frase del emperador ruso: "Point de réveries, Messieurs". Desilusionado, los polacos volvieron a manifestar su descontento organizando asambleas religiosas y marchas patrióticas. Los conspiradores preparaban una nueva insurrección que estalló en enero de 1803 y duró un año y medio. Las luchas que tenían el carácter de una guerra de guerrillas se desarrollaban en el territorio del Reino de Polonia, así como en Lituania, Bielorrusia y Volinia. Los insurrectos crearon un gobierno nacional clandestino cuyos decretos y disposiciones eran respetados por todos.
La creación de un Estado clandestino en Europa en el siglo XIX era un fenómeno absolutamente excepcional. El gobierno recaudaba los impuestos, organizaba el suministro de armas y editaba periódicos. Una de las primeras decisiones del gobierno de la insurrección fue la abolición del régimen de servidumbre en el campo. Sin embargo, contrariamente a lo que esperaban los líderes de la sublevación, no se produjo una incorporación masiva de los campesinos a las filas. El ejército insurrecto estaba formado en su mayoría por nobles, sacerdotes, funcionarios de la administración rural, burgueses e intelectuales. Se estima que en el curso de un año y medio por las filas de la guerrilla pasaron unos 200.000 soldados; de una vez combatían alrededor de 30.000 guerrilleros. El ejército ruso, enviado para aplastar la insurrección, disponía en el momento culminante de las luchas de 340.000 soldados.
El último dictador de la insurrección, Romuald Traugutt, fue detenido y ahorcado junto con sus cuatro colaboradores el 5 de agosto de 1864 en medio de rezos de la desesperada población de Varsovia. También fueron ahorcados otros líderes y muchos guerrilleros. Tras el fracaso de la insurrección vinieron persecuciones y represalias; el gobierno ruso introdujo el estado de guerra que duró hasta el estallido de la primera guerra mundial. El zar suprimió los restos de la autonomía administrativa del Reino. En la administración pública, la administración de la justicia y la enseñanza se introdujo la lengua rusa. Se limitaron los derechos de la Iglesia.
La población polaca, que había perdido la esperanza de recuperar la independencia, se hallaba sumida en sufrimientos y la crisis moral.

El 2 de marzo de 1864 un "ucase" del zar, parecido al decreto del Gobierno Nacional de la insurrección, abolió el régimen de servidumbre en el campo. El principal propósito de esta decisión fue ganarse la confianza del campesinado.
Sin embargo, a la larga, las consecuencias de ello fueron totalmente distintas. Liberados de la servidumbre feudal, los campesinos se fueron convirtiendo gradualmente en miembros conscientes de la comunidad nacional. El inmenso mercado ruso, la afluencia de capital extranjero interesado por ese mercado y mucha mano de obra fueron los factores que impulsaron el desarrollo de la industria. A comienzos del siglo XX Varsovia tenía casi un millón de habitantes, y la ciudad de Lodz, el centro de la industria textil, más de 500.000. En la parte ocupada por Prusia la economía prosperaba. La más atrasada ecomicamente era la parte perteneciente a Austria. En todas las tierras polacas se notaba un considerable crecimiento demográfico. En 1910 en el Reino de Polonia, Galicia y el Gran Ducado de Poznan vivían alrededor de 22.500.000 personas. El 75 por ciento eran polacos.
Dada la inexistencia del Estado y la imposibilidad de recuperar la independencia mediante la lucha armada, lo único que les quedaba a los polacos para mantener el sentimiento nacional y la continuidad histórica era la cultura. En el siglo XIX se formaron en tierras polacas dos modelos culturales que hasta el día de hoy determinan las posturas de los polacos: el modelo romántico y el modelo positivista.

La literatura romántica creó y divulgó el modelo de heroico combatiente por la libertad que solo, con la fuerza de su espíritu y sus sentimientos se opone a la violencia. "Alcanza donde no alcanza el ojo, quiebra lo que la mente no quiebra", exhortaba el poeta romántico Adam Mickiewicz. Otro poeta, Juliusz Slowacki, decía de los héroes que son "como piedras arrojadas por Dios a la barricada". En la música, el genial Federico Chopin utilizó motivos folklóricos y nacionales polacos. Después del fracaso de la insurrección de noviembre, el centro de la creación romántica polaca fue París adonde habían emigrado muchos patriotas. Algunos llegaron aún más lejos, por ejemplo, Ignacio Domeyko, ex alumno de la Universidad de Vilna, llegó a Chile donde se dedicó al trabajo científico y a la organización de la ciencia. Grande fue la contribución de desterrados polacos a los estudios etnográficos; geográficos y biológicos de Siberia.

El positivismo creó el modelo de hombre laborioso, emprendedor, dedicado al negocio. Las ideas positivistas eran las ideas del trabajo, de la educación y del desarrollo de la economía. Hablando de los asuntos nacionales los creadores positivistas recurrían al disfraz histórico.
Así procedieron el escritor Henryk Sienkiewicz (Premio Nobel en 1905 por la novela "Quo vadis") en sus libros, Jan Matejko en el ciclo de sus cuadros históricos y Stanislaw Moniuszko en sus Óperas.
En las postrimerías del siglo XIX y a comienzos del XX volvieron a renacer los sentimientos románticos, florecieron la poesía, el teatro (Stanislaw Wyspianski) y la pintura. El siglo XIX fue el período de continua emigración de polacos a Occidente. En Francia María Sklodowska Curie encontró condiciones propicias para sus estudios en el campo de la física (dos veces obtuvo el Premio Nobel: en 1906, junto con su marido Pierre Curie, y en 1910); en Estados Unidos floreció el talento de Helena Modrzejewska y de Ignacy Paderewski.
En las últimas décadas del siglo XIX en la parte ocupada por Rusia se intensificó la presión rusificadora, mientras que en las tierras bajo ocupación de Prusia las autoridades oficiales desarrollaban una política de germanización y de lucha contra la Iglesia católica (Kulturkampf). Una consecuencia de ello fue el fortalecimiento de la conciencia nacional y de los sentimientos religiosos. Sin embargo, se había renunciado a la lucha armada. La cultura se desarrollaba con particular intensidad en las tierras ocupadas por Austria, y especialmente, después de que Galicia obtuviera autonomía. Funcionaban allí dos universidades (Cracovia y Lvov), una academia de ciencias y numerosas asociaciones. En la parte ocupada por Prusia los polacos, en defensa de sus derechos, podían recurrir a las instituciones de un Estado de derecho (los tribunales, por ejemplo) y crear sociedades científicas y organizaciones económico-financieras.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX aparecieron partidos políticos modernos de carácter clasista (campesinos, obreros) y nacional. El desarrollo de la industria y de las ciudades puso a la orden del día la cuestión obrera. Un intento de resolverla fue la revolución de 1905 que estalló en Rusia y se extendió al Reino de Polonia.


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