Camino al andar

A casi 20 años del retorno de las elecciones libres y a sólo cuatro de su ingreso en la Unión Europea, la dura historia de Polonia está dejando paso a un país plural y pujante, donde las memorias sobre la guerra y el estalinismo aún persisten, entre hábitos y costumbres que le contagian a diario los países más desarrollados del

Varsovia.- El Centrum Bankowo-Finansowe (Centro Bancario-Financiero) funciona en el edificio que ocupó antaño la sede central del Partido Comunista. "Ironías del destino -comenta una guía de turismo-. Fíjese también que el Palacio Belvedere, que fue asiento del gobierno nacional cuando Lech Walesa ocupó la presidencia (1990-95), está ubicado justito frente a la embajada rusa."

La conversación transcurre en la distinguida calle varsoviana Nowy Swiat, donde una pareja de turistas ingleses toma su cappuccino en el exquisito Café Blikle, el más elegante y uno los más antiguos de la ciudad. En otra mesa, unos ejecutivos españoles que acaban de llegar del aeropuerto Frederic Chopin están más que asombrados por la variedad de construcciones que acaban de ver en el camino que los trajo al centro. "Venimos a concretar una inversión inmobiliaria -comentan a LNR-. Y en sólo pocas cuadras nos hemos empapado de la ecléctica arquitectura de la ciudad, donde vimos desde una obra noventista de sir Norman Foster hasta edificios del realismo socialista que impuso el estalinismo luego de la Segunda Guerra Mundial."

Con ese eclecticismo a cuestas, y en el corazón de Europa central, Varsovia resplandece. A casi 20 años de la recuperación de la democracia polaca, sus habitantes coinciden en que aquí, y en la mayoría de las ciudades del país, los cambios han sido meteóricos. No sin dificultades, con una tasa de desempleo que ronda el 11% y una Polonia interior aún rezagada, muchos se enorgullecen de que, apenas dos décadas después del retorno de las elecciones libres, la economía se presente sólida y atraiga inversores de todas partes.

Para muchos, este país que sólo hace cuatro años ingresó en la Unión Europea (luego de un referéndum en el que casi el 70% de los ciudadanos apoyó la iniciativa) es uno de los más prometedores de esta parte del mundo. Sin embargo, la Polonia cada vez más cosmopolita y pujante aún dialoga con su pasado reciente. "Las mejoras existen, y la macroeconomía ofrece índices esperanzadores, pero los cambios todavía no llegan a la mayoría la gente", simplifica un empleado de una tienda de souvenirs en la calle Krakowskie Przedmiescie, en la ruta hacia el casco antiguo, donde todavía venden mamushkas rusas.

Muy cerca, en la avenida Marszalkowska, está ubicado el más emblemático de los legados arquitectónicos soviéticos: el Palacio de la Cultura y la Ciencia. "Un regalito de la Unión Soviética. Mirá vos qué palacete para la cultura nos dejaron estos tipos. Habría que tirarlo abajo", ironiza una chica de no más de 20 años, que busca su tema preferido de Madonna en un iPod fucsia. Se aburre, mientras tanto, en la fila de pasajeros que esperan su turno para comprar un boleto en la estación central de trenes, contigua al edificio. La estación es una construcción venida a menos que el gobierno promete aggiornar para cuando el país se convierta en sede de la Eurocopa 2012. "También van a hacer un estadio al otro lado del Vístula", dice ella, señalando con su dedo en dirección al río que cruza la ciudad. Y cuenta que también "del otro lado" se ubican los barrios de Praga y Saska Kepa, donde vive buena parte de la población.

El tráfico es algo caótico. Y, al mismo tiempo, el símbolo de una urbe que se mueve, avanza, prueba caminos. Hay que tener cuidado al cruzar, como en Buenos Aires. Discutir con el amable changarín que, por trasladar el equipaje apenas una cuadra, pretende cobrar el doble de lo que cuesta un taxi. La "viveza criolla" y la "viveza polaca" tienen algo en común.

En el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Varsovia, su director, el profesor Andrzej Dembicz, bromea: "¿En qué se parecen un argentino y un polaco? En que ninguno de los dos sabe qué quiere de su vida. Y en que, para el polaco medio, lo importante es "Maradona", como si no hubiera otras cuestiones por las que preocuparse. Aquí y allá hay mucha gente que quiere pasarla bien, trabajando lo menos posible".

Por las calles de Varsovia, otros agregan frases que podrían adaptarse al Río de la Plata: "Donde hay dos polacos, hay tres opiniones". O: "Parece mágico: cuando cruzás la frontera con Alemania, todo el mundo maneja a la velocidad permitida."

Resurgir, siempre
Carlos Alberto Passalacqua, embajador argentino en Polonia, pone blanco sobre negro: "Este es un país mucho más sufrido que el nuestro".

En la entrada del Museo de la Insurrección Varsoviana, que conmemora el levantamiento de la ciudad en 1944 (un año después del Levantamiento del Gueto de Varsovia), un cartel recibe a los visitantes: "Queríamos ser libres, y no deberle la libertad a nadie", dice. Varios grupos de estudiantes recorren las salas, interesados en conocer el pasado sufrido de este país, que vio pasar imperios, dinastías, invasiones y ocupaciones. Fue castigado por siglos, y reconstruido por última vez a partir de 1945, cuando, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, iniciada en 1939 con la invasión alemana a Polonia, muchas de sus ciudades eran apenas oscuros y gigantescos montículos de escombros.

La gente joven se encuentra en casi todos los museos. En el de Oswiecim (Auschwitz), por ejemplo, cerca de Cracovia, donde funcionaron los mayores centros de genocidio hitleriano, llama la atención la corta edad de los visitantes.

Sin embargo, para las nuevas generaciones, el pasado reciente -incluyendo el paso de Polonia por el régimen comunista- no es un tema de preocupación.

"Los jóvenes polacos son muy parecidos a los jóvenes de cualquier otro país occidental. Nacieron en democracia, y eso cambia las cosas", comenta Iwona, una traductora de inglés entusiasmada con la afluencia del turismo.

Frente a la sede de la Universidad de Varsovia, también ubicada en el camino hacia el casco antiguo (donde sorprende la maravillosa la reconstrucción de los edificios levantados en el siglo XVII por los arquitectos de Estanislao Poniatowski, el último rey polaco), un profesor de historia se jacta de que los acuerdos de los astilleros de Gdansk estén protegidos por la Unesco. Y le preocupa que para las nuevas generaciones de polacos aquello ya resulte lejano: "Imagínese qué orgullo nos da que los 21 postulados obreros del año 80, estrechamente vinculados con el nacimiento del movimiento Solidaridad, estén en esa lista con los archivos del Gueto de Varsovia, los manuscritos de Chopin y parte de la obra de Copérnico", se enorgullece.

"Ahora, la vida pasa por otro lado. Uno puede hacer lo que quiera, y punto -dice Vladimir, un estudiante de 20 años que se pasea con la camiseta del Legia, su equipo de fútbol predilecto, aunque aclara que el deporte nacional es el esquí-. Basta de revisionismo histórico. Esa mirada atrasa. Yo estoy pensando en otras cosas, como adónde voy a emigrar cuando me reciba de médico. En otros países de Europa te pagan mejor que acá."

Más europea
Varsovia es verde por donde se la mire. Su vegetación, apenas una muestra de la riqueza natural del país, donde el 30% del territorio está ocupado por bosques, dibuja entre septiembre y noviembre la inconfundible escenografía del "otoño dorado polaco".

Entre diciembre y marzo, el frío aprieta, y el paisaje se vuelve más arisco. Pero la vida sigue andando. Los bancos cierran a las cinco de la tarde. Los comercios funcionan con horario corrido. Zara, H&M y las grandes marcas prestigiosas de la moda internacional -Armani, Prada y muchas otras- ya abrieron sucursales polacas.

"Antes se trabajaba 8 horas. Ahora no tenemos horario", comenta Alicja, moza en un bar de la bella calle Freta, en el centro histórico varsoviano, donde a la noche prenden velas y ponen música suave. La calle está muy cerca de la casa natal de la doble Premio Nobel Marja Sklodowska, mundialmente conocida como Marie Curie, que funciona como museo, y está rodeada de tiendas de souvenirs, pizzerías y sitios donde se puede comer comida típica.

"Polonia es un país esencialmente sopero. El zurek es una sopa blanca, algo ácida, a base de harina fermentada, con trozos de huevos y embutidos. El barszcz, una típica sopa a base de remolacha. Y el kapusniak , otra sopa, a base de repollo fermentado. Las imperdibles son las sopas de setas del bosque", enumera la moza.

Los platos principales suelen tener carne, principalmente de cerdo, y mucho menos de vaca o pato. Entre los más populares está el bigos , a base de repollo, carne y setas. Para pastas, los pierogui . Pescados, la carpa y el arenque.

A pesar de que Polonia es cada vez más "europea", estas y otras tradiciones permanecen. Las familias suelen encontrarse a comer, al menos una vez por semana; los casamientos se festejan con bombos y platillos; y la gente sigue yendo a misa, en una nación fuertemente católica, donde el 90% está bautizado.

"Queremos que la voz de Polonia se escuche en el mundo -explica a LNR Agnieszka Kowalska, tercera secretaria del Departamento de la Unión Europea, en las oficinas que tiene el Ministerio de Relaciones Exteriores sobre la arbolada avenida Szucha-. Intentamos ser activos en los procesos de la región, siempre utilizando recursos diplomáticos, como ocurrió en el reciente conflicto con Georgia."

El desafío de cara al 2012 será la adopción del euro. "El año próximo lo adoptaría Eslovaquia, así que vamos a seguir de cerca ese proceso para ver cómo le va a un país tan cercano", dice, y prefiere no hablar demasiado de otros temas, como las críticas europeas a las relaciones algo "carnales" que mantiene Polonia con los Estados Unidos. "Somos miembros de la OTAN, y tomaremos decisiones conjuntas", asegura la funcionaria del gobierno, de centroderecha, cuyo primer ministro es Donald Tusk.

Convivencia
El trazado de Cracovia se parece al de un tablero de ajedrez. La capital cultural de Polonia, y la ciudad más turística del país resplandece con sellos singulares: la plaza medieval más grande de Europa, una de las universidades más antiguas del continente, el sitio donde estudió y vivió Karol Wojtyla hasta que, en 1978, fue nombrado papa...

"Qué belleza casarse en este lugar", dice Rocío, una turista española, observando a una pareja de novios que caminan por la calle Grodkza, en dirección a la iglesia jesuita de San Pedro y San Pablo, una de las más imponentes.

Cracovia es uno de los centros espirituales del país. En cualquier esquina hay fieles prendiendo velas, que nunca faltan frente a la ventana desde la que Juan Pablo II solía saludar a los fieles. Y a las siete de la tarde, los turistas se dirigen a los conciertos en las iglesias y centros de arte, donde Chopin es cita obligada.

"A este lugar solía venir Lenin", cuenta una chica frente al café Noworolski. Reparte folletos que invitan a visitar Nowa Huta, un barrio ubicado al oeste de la ciudad, símbolo de la industrialización de la década del 50, que guarda intactas las construcciones concebidas a partir de las ideas del realismo socialista. En las tiendas cercanas, las mujeres compran bijouterie color ámbar, la piedra de la corona de Cracovia. Los alumnos de la Universidad Jagielona, donde estudió Copérnico, toman cerveza en los bares.

Algunos de esos bares están ubicados en la zona más mágica de Cracovia, Kazimierz, a 15 cuadras del centro histórico; un mundo aparte donde reina la cultura. Nadie puede caminar por sus calles sin sentirse inmerso en La lista de Schindler , el film que Steven Spielberg filmó en el mismo escenario donde hoy se desarrolla el Festival de Cultura Judía, quizás el más importante del mundo, en un clima de paz: "Hablar de cultura judía es hablar de cultura polaca -afirma Jarzy Makuch, hijo de polacos católicos que impulsó hace 20 años la creación del festival, del que sigue al frente-. Lo hacemos porque la cultura judía contemporánea prueba que la vida siempre existe por sobre la muerte, y como proceso educativo que nunca termina. Estamos creando una nueva realidad polaca donde la convivencia nos enriquece. Lo importante es no tener miedo".

En la antigua plaza del Gueto, en la zona de Podgórze, desde donde los judíos fueron llevados a los campos de concentración cercanos, aún se respira el dolor. Y ahí nomás, donde Kazimierz es luminosa, el wi-fi, la música electrónica y las salchichas con chucrut en los puestos de la plaza se mezclan con librerías donde pueden encontrarse desde textos en ídish hasta lo mejor de la literatura polaca: desde poetas, como Adam Mickiewicz, hasta autores polacos contemporáneos, como Zygmunt Bauman, pasando por los premios Nobel de Literatura Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz o Isaac Singer.

"¿Ustedes son argentinos? -pregunta un hombre sentado a la mesa de un bar coqueto, ubicada sobre la vereda-. ¿Sabían que en su país vivió Witold Gombrowicz, el más irreverente y genial de los escritores polacos?" Sí, claro, lo sabíamos. Y le contamos que, en cierto modo, la atmósfera bohemia de Kazimierz se parece a la de San Telmo, un barrio que Gombrowicz conoció en profundidad. El hombre sonríe, satisfecho, e invita a un vodka. "Zubrowka", se enorgullece, mostrando la etiqueta de la botella. Los amantes de la buena bebida polaca aseguran que es el mejor.

Lo que hay que saber
En Varsovia: el casco antiguo, la calle Krakowskie Przedmiescie, el Museo de la Insurrección Varsoviana, el parque Lazienkowski, el Palacio de la Cultura y la Ciencia, los cafés y restaurantes del barrio histórico.

En Cracovia: la Plaza del Mercado, el barrio de Kazimierz, las iglesias y sinagogas de la ciudad, la universidad y el castillo real. A 70 km de Cracovia está Oswiecim (Auschwitz). Hay galerías de arte en ambas ciudades. Y el gran Centro de Arte Contemporáneo de Varsovia. Entre los artistas polacos de este siglo pueden mencionarse Pawel Althamer, Artur Zmijewski, Katarzyna Kozyra, Ioanna Rajkowska.

Por Valeria Shapira (enviada especial)
La Nación, Buenos Aires
14.12.2008


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