La vida para principiantes. Un diccionario intemporal

Acantilado publica el diccionario intemporal de Slawomir Mrozek
Cuadernos del Acantilado, 55
978-84-15689-26-3
152 páginas
Edición al cuidado de Daniel Keel y Daniel Kampa. Ilustraciones de Chaval. Epílogo de Jan Sidney
Traducciones de J. Albin, F. Miravitlles

Imagen de la tapa del libro La vida para principiantes"El sentido de la vida es la vida misma", afirmó Goethe, pero esta frase no resulta hoy de gran ayuda. Mrozek sin embargo jamás nos deja en la estacada. Quien a este libro se asome, encontrará en él guía, consuelo, experiencia, sustento y motivo de alegría. Sławomir Mrożek (Borzecin, Polonia, 1930) estudió arquitectura, historia del arte y cultura oriental. Antes de darse a conocer como escritor, obtuvo cierto éxito como periodista y dibujante satírico. A partir de 1957, su carrera literaria se desdobla en dos facetas, la de autor dramático—que le ha merecido un reconocimiento universal y un extraordinario éxito popular—y la de narrador. Acantilado emprendió en 2001 la publicación de su obra narrativa. Entre sus libros destacan Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), Huida hacia el sur (2008) y El elefante (2010). La cultura, la ambición, el idealismo y la jubilación son algunos de los temas que aborda Slawomir Mrozek en 'La vida para principiantes. Un diccionario intemporal' (Acantilado). A través de pequeños relatos, Mzorek asume un papel satírico y surrealista para mostrar la realidad a la par que la deforma, apelando a la razón a través de las contradicciones. La edición cuenta con ilustraciones de Chaval. A continuación pueden leer los capítulos correspondientes al arte ('La entrevista'), la cultura ('El Nobel') y el egoísmo ('El actor').

La entrevista
Al llamar a la puerta del taller, oí:

-Pase.

En lo alto, un tejado acristalado, cubierto con la suciedad de la gran urbe, apenas si dejaba pasar la luz. En las paredes no había ventanas. Resbalé en la penumbra sobre algo y casi me caigo. Escuché una voz:

-Acaba de tropezar con la obra de mi vida.

-Demasiada modestia, maestro.
-En absoluto, deje que le explique-dijo el anciano sentado en una butaca y envuelto en una manta-. Cuando era joven, esculpí un monumento al Universo; en esa época usted no hubiese corrido ningún peligro. Era una escultura enorme, de estilo abstracto, que llenaba, por supuesto, todo este pozo hasta el tejado.

-¿Y qué pasó con ella?
-Más bien debería preguntar qué pasó conmigo: bueno, cambié mi ideología metafísica por una más pequeña y convertí el Universo en Karl Marx. Naturalmente, la talla figurativa seguía siendo muy grande, aunque ya sólo llegaba por allí, en la pared, donde ahora ve usted aquellas manchas de humedad.

-¿Y ésa también...?

-Lo ha adivinado. La transformé en una obra llamada La humanidad como tal, sin ideología. Relativamente más pequeña, sobre todo debido a razones técnicas, ya que tuve que quitar bastante al labrarla. En estilo abstracto, claro está. Por aquel entonces, llegaba ya sólo a la altura de aquella tubería de gas, por debajo de la mancha.

-¿Y después?
-El desencanto por la humanidad y algo todavía menos ambicioso.

-Obra que usted de nuevo...
-Ya no hay "de nuevo", fue la última y definitiva. Ahí está.

-Disculpe, pero no la veo.
-Busque.

Me puse a cuatro patas y, a tientas, encontré una bola de mármol.

-¿Cuál es el título?
-Estudio del ping-pong.

Me incorporé.

-Muchas gracias por la entrevista. Le deseo que siga trabajando con igual éxito.
-No hay de qué-respondió el maestro.

El Nobel
Vino a encontrarse con el público un poeta laureado con el Premio Nobel. Era un gran honor, porque aquel poeta era grande, y nuestra ciudad, pequeña. Así que hubo muchos discursos y una orquesta para recibirlo, y después una comida oficial en una sala decorada con flores.

Durante la comida, el premiado sintió la necesidad de alejarse al excusado y salió. Pero, como pasaba ya mucho rato y no volvía, el alcalde, finalmente, fue en persona para ver si por casualidad el premiado se sentía indispuesto. En el pasillo se encontró con la señora de la limpieza y el poeta.

-¡No pienso dejarle entrar! - exclamó la señora de la limpieza al alcalde-. Que no tiene suelto para pagar.

-Pero abuela, ¡si él tiene el Nobel!

-Eso acaba de decirme él mismo. Si no, yo le hubiera dejado pasar incluso sin pagar, aunque fuera sólo por lástima, que es un hombre mayor... ¡Pero como va y me confiesa que tiene esa enfermedad, ya no le dejo por nada del mundo! ¡Para que me contagie a todos los clientes! Si tiene el Nobel, que vaya a tratárselo y que no venga a retretes decentes.

No había quien pudiera con la señora de la limpieza y el premiado tuvo que salir a la esquina. Dijo que no le importaba, pero a mí me da que estaba ofendido.

Después de que se marchase, despidieron a la señora de la limpieza. Ahora en el retrete trabaja un joven con título universitario, alguien culto que sabe lo que es un Nobel. Pero a saber si alguna vez más vendrá a la ciudad otro Nobel.

El actor
El entierro del gran actor tenía lugar en invierno. La borrasca azotaba las cabezas descubiertas de los asistentes al funeral. Reunidos junto a la tumba abierta escuchaban los discursos, pero no podían evitar ansiar el momento en que, acabados los parlamentos, echarían un puñado de tierra sobre el ataúd y por fin podrían ponerse los sombreros.

Entonces a uno de los colegas del difunto, que también era un gran actor, se le escapó de las manos su hermoso gorro de piel y se le cayó a la tumba. Todos lo vieron, aunque nadie dio muestras de haberlo advertido. Todos sabían también en qué situación tan delicada se encontraba de pronto el propietario del gorro.

Bajar al hoyo a por él no quedaba bien. Dejarlo en el hoyo resultaba del todo impropio. No sólo porque el resfriado quedaba garantizado, ni porque era una lástima perder el gorro, aunque esto también contaba. Era sobre todo porque volver a casa con la conciencia de que tú estás aquí y tu gorro ya está allá, en la tumba-aunque fuera una tumba ajena-, que de alguna manera se te ha adelantado y te está esperando o tal vez incluso reclamando, resultaba terrorífico.

Esperaban, pues, en tensión a ver qué iba a hacer. Mientras tanto, a él no se le movió ni un músculo, y cuando llegó su turno pronunció el siguiente discurso:

-¡Oh, mi querido e inolvidable amigo! Nos abandonas en este gélido día. Pero aún más frío te espera al final de tu viaje: el frío de la eternidad. Dejó la voz en suspenso; realmente era imposible no admirar su talento.

-¿Qué es lo que te puedo ofrecer para este viaje tan largo? Solamente la profunda tristeza de la separación, que la discreción no me permite llamar desesperación, y simbólicamente lo que tengo más próximo a mí, el tocado de mi propia cabeza. Sí, te lo entrego, renuncio a él por ti. Puesto que allá adonde vas tendrás aún más frío del que tenemos nosotros aquí ahora. Que te sirva en el más allá igual que a mí me ha servido en la Tierra.

Se oyó un murmullo de admiración.

-Pero ¡cielos!-exclamó y se llevó las manos a la cabeza-. ¿Habré obrado bien? Eras conocido por tu gran modestia, te era ajena cualquier vanidad y oropel, mientras que este gorro es de zorro siberiano, es casi nuevo y me costó dos mil quinientas. ¿No será que en lugar de hacerte un favor, como ha sido mi más sincera intención, te he ofendido con la vanidad de este mundo, con el lujo terrenal, con el fausto miserable que siempre te había resultado aborrecible en este valle de lágrimas y que estará tan fuera de lugar en el Reino de los Cielos? De veras que comienzo a dudar del valor de mi acción, aunque la he cometido con la mejor de las intenciones.

El público contuvo el aliento; mientras, el orador hizo una señal al empleado funerario para que le sacara el gorro de la tumba. Y cuando éste hubo cumplido el cometido, le quitó al enterrador su propia y miserable gorra, la alzó por encima de la tumba, alargó la pausa y concluyó:

-¡Acepta lo que hubieras escogido de haber podido escoger!

Acto seguido lanzó la gorra a la tumba con un movimiento tan expresivo, tan perfectamente calculado en el tiempo y en el espacio, que se oyeron unos aplausos. El actor se inclinó hacia la tumba pero sólo haciendo un cuarto de reverencia. Todo el mundo sabe que no hay que hacer reverencias de espaldas al público. No se sabe si después compensó al enterrador por su gorra. Hay quien dice que sólo le dio un apretón de manos cuando el sepulturero llegó hasta él tímidamente, tras atravesar la multitud de admiradores. Pero un verdadero artista no tiene que pagar, y él era un verdadero artista.

EAB, 01.02.2013


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