La observadora y el traductor

Wislawa Szymborska (1923-2012)

Acercamiento a la obra de la fallecida Nobel a través de uno de sus traductores al español, Bogdan Piotrowski, radicado en Colombia.

Wislawa Szymborska, Nobel de Literatura 1996, y Bogdan Piotrowski, traductor polaco radicado en Colombia. AFP - Revista Cromos

La respuesta favorita de la polaca era “no sé”. El punto de partida de su exploración en busca de “los detalles poéticos de la condición humana”. Quien la conoció dice que la foto que ilustra este artículo la deja en evidencia: una dulce observadora, aunque escrutadora e irónica; reflejaba el título de uno de sus poemas: La alegría de escribir.

La Nobel de Literatura de 1996, Wislawa Szymborska, murió el miércoles de cáncer de pulmón. Entre quienes mejor la conocían están sus traductores. En Colombia vive uno de ellos, su compatriota Bogdan Piotrowski, traductor al español de otro gran Nobel, Czeslaw Milosz - lituano-polaco -, y de la obra del papa Juan Pablo II.

Piotrowski, filólogo de la Universidad de Cracovia, doctor en Ciencias Humanas de la Universidad de Varsovia, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, recibió esta semana dos noticias, una buena y una mala. La buena: la Universidad de la Sabana creó la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas y lo nombró a él como decano. La mala: la muerte en Cracovia, a los 88 años, de su poetisa de cabecera.

¿Por qué ella? “Porque sus versos enseñan, conmueven y divierten”. Hace la mejor poesía con un lenguaje casi cotidiano que llega a cualquier lector, huyendo de las grandilocuencias. “Cuando escribo, siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras”, dijo, en una de sus últimas entrevistas, al diario español El País. Según Piotrowski, logra un diálogo único sobre temas actuales, basada en su visión ética y estética del mundo, en su capacidad de ironizar, en su buen humor. “Se vale de la moral sin caer en predicaciones”.

La Nobel se acercó al español, con diccionario en mano, para leer a Cervantes. Ahora Piotrowski quiere acercarla más a Latinoamérica, porque la mayoría de traducciones circulan en España. Él aprendió español, el idioma al que Szymborska definió como “un latín bellamente estropeado”, hace 30 años. Se especializó en literatura hispanoamericana en el Caro y Cuervo, gracias a una beca de intercambio. Luego se doctoró con el libro La realidad colombiana en su narrativa contemporánea. Piotrowski se enamoró de una colombiana, se quedó y desde entonces ha sido investigador del Caro y Cuervo, profesor y director del Departamento de Lengua y Literatura del Instituto de Humanidades de la Universidad de la Sabana.

Szymborska dijo que lo más difícil de abordar en la poesía no es el amor sino el erotismo. “Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede a ese nivel entre dos personas”. De esa inquietud surgieron versos como “No importa el sexo ni la edad de las parejas./ Les brillan los ojos, arden las mejillas”. Piotrowski descubrió en esta lejanía que la mejor conexión con los poetas que admira es traducirlos al español y escribir sobre ellos. Desde los ochenta publicó en Colombia traducciones de las poesías del entonces Papa. Luego escribió la antología Infierno poético de Polonia.

Otro día feliz fue cuando anunciaron en Estocolmo que su escritora preferida había ganado el Nobel. Entonces le dedicó el libro La gran dama de la lírica: Wislawa Szymborska, en el que tradujo 24 de sus poemas. Lo impresionó descubrir la voz de una sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial cuyo primer poema publicado, Busco la palabra, apareció el 14 de marzo de 1945 en el Diario de Cracovia, cuando iba a cumplir 22 años, dos meses después de la liberación de la ciudad. Es inquisitivo, premonitorio del fuerte carácter su obra. Un fragmento: “Busco la palabra. Quiero definirlos en un sola palabra: ¿Cómo son? Tomo las palabras corrientes, robo de los diccionarios, mido, peso e investigo Ninguna responde La más valiente — cobarde, La más desdeñosa — aún santa, La más cruel — demasiado misericordiosa, La más odiosa — poco porfiada. Esta palabra debe ser como un volcán, que pegue, arrastre y derribe, como la temerosa ira de Dios, como el hervor del odio. Quiero que esta una sola palabra esté impregnada de sangre, que como los muros del calabozo encierre en sí cada tumba colectiva. Que describa precisa y claramente quienes eran — todo lo que pasó”.

El horror de la guerra la marcó, pero la crueldad, con la compasión incluida, se convirtió en fuente de inspiración. Otros genios poéticos de la época no se salvaron. Tadeusz Gajcy y Krzysztof Kamil Baczynski murieron adolescentes durante la insurrección de Varsovia contra los alemanes, en 1944. Piotrowski cuenta que ella repudiaba la primera parte de su obra, concebida bajo “la estética del realismo socialista”.

Su vida poética se parte en dos en 1957, cuando se aleja de la mirada política rumbo a lo social y las particularidades del ser humano. Es entonces cuando, según el traductor, convierte la ironía en su principal herramienta estética. Soñaba con el día en que no fueran necesarias las feministas: “Esposa es una mujer y una escoba; amante, una mujer y una flauta”.

La publicación de Sol (1962) la convierte en la poetisa más reconocida de su país. “Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre. / Día tras día, / año tras año / pueden transcurrir sin ella. / A veces sólo en el arrobo / y los miedos de la infancia / anida por más tiempo. / A veces nada más en el asombro / de haber envejecido”. Hay una tercera etapa que fija desde 1967 hasta su muerte, más cercana a la filosofía, a la metafísica, a la contraposición de hombre y naturaleza. “La vida del hombre parece ser una interrupción de la eternidad./ Nada es regalado. Nada es regalado, todo prestado”, escribió en el poemario Comienzo y fin (1993).

Tal vez el epitafio que imaginó para su lápida termine de definir a Wislawa Szymborska. Fue escrito en el mismo apartamento elemental en el que vivió desde los 8 años de edad, tal vez con un cigarrillo y un coñac a la mano, frente a las fotos de sus seres queridos: “Aquí yace, anticuada como una coma, la autora de unos poemas. El eterno descanso se dignó darle la tierra, aunque su cadáver no perteneció a ningún grupo literario”.

Nelson Fredy Padilla
Elespectador.com
02.02.2012


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