La curiosa historia de la librera polaca que todavía vive en el Boom

Ewa Malec, dueña de las únicas librerías hispanas en Varsovia y Cracovia, pasó por Buenos Aires invitada por MICA. Borges, Cortázar y García Márquez son nuestros autores más vendidos, dice.

Imagen de la librera polaca Ewa Malec, en Elite, su librería hispana

¿Qué le agregaste a mi novela? ¿Qué has hecho para que viniera tanta gente?, le preguntó Julio Cortázar a su traductora polaca Zofia Chadzynska. Sucedió hace cuatro décadas y en el auditorio se contaban miles de asistentes que llegaban para escucharlo hablar de Rayuela en un país desconocido y lejano, Polonia. Quien lo cuenta es otra polaca, Ewa Malec, que por primera vez visita Buenos Aires y que ha escuchado esta historia centenares de veces.

Tuvimos grandes traductores en los tiempos del Boom, cuando los autores latinoamericanos se traducían casi al día, explica Ewa, filóloga e historiadora del arte, dueña de Elite, la única librería hispana en la patria de Witold Gombrowicz. Llegó a la Argentina invitada por el Mercado de Industrias Culturales (MICA), que juntó a miles de productores culturales de todo el mundo por cuatro días. Y se la pasó trabajando, claro, pero también contando anécdotas literarias increíblemente familiares aquí y allá, en la lejana Polonia, donde el Boom todavía resulta insuperable.

La historia de la traductora de Cortazar es una entre miles. Casi un mito entre sus pares, Zofía, que murió hace 7 años, fue amiga íntima de Gombrowicz, y hasta tuvo una lavandería aquí, en la Buenos Aires refugio de exiliados. Pero esa es otra historia. La que aquí contamos pertenece al siglo XXI, y es la de Ewa, esta librera de sólo 35 años. Empezamos en Varsovia hace 16 años, por idea de mi padre, filólogo, recuerda Ewa. El había trabajado toda su vida como guía turístico, pero en 1989, con la caída del muro, creó su propia empresa de viajes y de cursos de idiomas. Empezó a traer libros de España, para aprender español, y resultó que había mucho interés, cuenta Ewa, que así armó su propia revolución en Europa del Este.

Le debo mucho a Madeleine Navarro Mena, una cubana contratada por mi padre al inicio, historiadora del arte que me enseñó todo sobre el oficio del librero, reconoce Ewa. Ellas siguen trabajando juntas, una en Cracovia y la otra en Varsovia, en las dos sedes que ya tiene la librería. Desde aquél inicio, todo avanzó rápido. A los manuales de estudio sumaron diccionarios, textos infantiles, y luego literatura. Ewa empezó como empleada de su padre, pero años después le compró la librería. Se anticiparon incluso a los dos institutos Cervantes que hay en Polonia, uno en Cracovia y el otro en Varsovia. Cuando abrieron nos trajeron muchos clientes, fue un paso importante, cuenta Ewa.

Es que la librería vive básicamente de los estudiantes y de los turistas. Y sus mejores clientes son los estudiantes avanzados. Ya pueden leer a Borges en original, suspira Ewa. En Cracovia los turistas buscan libros sobre las Minas de Sal o sobre Auschwitz. Entran preguntando si tenemos algo sobre los campos de concentración, es macabro, dice Ewa. Y pese a que lo escuchó mil veces, nunca suena divertido. Crisis mediante, los turistas españoles siguen llegando, pero también llegan argentinos. Muchos de ellos con raíces polacas, o con hijos que emigraron y se casaron con alguien de aquí explica. Entre ellos conoció al dueño de Clásica y Moderna, que ahora la mantiene informada de lo que pasa en Buenos Aires.

Ewa aclara que hubiera querido venir antes a América latina, pero que con la librería no alcanza. Nos matan los impuestos, dice. Y asegura que les iría mejor como fundación, una más de las tantas que se arman para sacar plata de alguna parte. Siempre renegué de eso, es moralmente repugnante, pero ya no podemos sobrevivir, se queja. Cuenta que hay una caída en la matrícula de estudiantes y que los autores nuevos no venden como los de antes. Los más populares siguen siendo Borges, Cortazar y García Márquez. El Boom después del Boom.
Es que en los setenta, en Polonia se publicó la todavía famosa Serie latinoamericana. Traducciones al polaco de nuestros autores más famosos. Entre esos libros estaba Sobre héroes y tumbas y así Ewa descubrió a Ernesto Sabato, su autor preferido.

Recién ahora lo reeditaron, por su muerte y porque el año pasado entró en una ranking de los cien mejores libros seleccionados por una editorial. Armaron una edición muy bonita, celebra Ewa. Pero en los anticuarios todavía se encuentran muchos libros de aquélla serie. Hay autores que ni siquiera los españoles conocen, se sorprende Ewa.

Las cosas cambiaron. Ahora todo demora más. Los autores contemporáneos se traducen a cuentagotas. Ricardo Piglia, Rodrigo Fresán, Vila-Matas y Roberto Bolaño, de quien acaba de aparecer Los detectives salvajes, están entre ellos. Casi todos son traducidos por Postmacondo, una editorial polaca timoneada por un amigo. Otro dato unificador. Aquí y allá Piglia sigue cosechando premios. La traducción de Plata Quemada ganó este año el premio Cervantes a la mejor traducción de literatura hispana al polaco. Un gran trabajo de una chica muy joven, dice Ewa, que lo leyó enseguida.

Son imperdibles las anécdotas que cuenta Ewa. Dice que muchos de sus clientes piden por Coelho: creen que escribe en español y preguntan sistemáticamente por él. Yo les digo que escribe en portugués, y como no me gusta, no lo traigo, responde. También cuenta que frente a su librería hay otra de títulos esotéricos. Se llama El milagro, y la atiende una quiromántica. La gente entra a nuestra librería y pregunta cuál de nosotras les leerá el futuro. Y me miran, porque tengo pelo negro, que es sinónimo de bruja, dice. Y se ríe. Entre sus clientes especiales hay uno al que bautizaron el loco del General Franco. Es polaco y no conoce nada de esa historia, ni siquiera lee en castellano, pero pide libros del dictador.

Y como la charla ya roza el terreno político, Ewa habla de su país. Tenía apenas 13 años cuando cayó el muro, pero lo recuerda bien. Aprecio las posibilidades que tenemos ahora, dice, sin desconocer a los nostálgicos de otras épocas. Es difícil ser comunista en Polonia. Igual surgen nuevas corrientes socialistas, de gente joven que no tiene la carga de aquéllos funcionarios de la Nomenklatura, evalúa. Ahora vemos lo que criticaban en otros países de occidente, pero es un aprendizaje, y hay que vivirlo, sostiene Ewa, temerosa por la radicalización de la derecha en su país y por el avance de un capitalismo salvaje.

Pese a que en el MICA su agenda estuvo al rojo vivo, cerrando acuerdos con varias editoriales locales, se hizo tiempo para caminar la ciudad. Visitó varias librerías y museos, y hasta rumbeó para la casa de Witold Gombrowicz, en la calle Venezuela. En Polonia me matan si saben que estuve aquí y no visité su casa, admitió. Dijo de Witold que era uno de sus autores preferidos, pese a haber sido él un férreo crítico de la mentalidad y los vicios polacos.

Tal vez con él compartiera el vicio por Buenos Aires. Estoy atontada por esta ciudad. Es tan extraño estar aquí y ver que Buenos Aires existe y huele de una forma tan diferente y es tan inmensa a la vez. Una definición literaria, en cualquier lugar del mundo.

Horacio Bilbao
RevistaÑ, Buenos Aires
09.06.2011
 


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