Entrevista con Adam Michnik

¿Cómo interpreta Adam Michnik la deriva populista de Polonia?
Adam MichnikNo me parece que sea un fenómeno exclusivamente polaco. Esto ocurre en todos los países poscomunistas. Es interesante que su rostro ideológico no sea importante, porque ese populismo puede tener un rostro y un lenguaje de izquierda, pero también el rostro y el lenguaje de la derecha. Incluso un rostro de izquierda sin la tendencia nostálgica. En primer lugar, en la época de la dictadura, el Estado era como un gran y severo padre que garantizaba el trabajo, la vivienda, la educación, la salud, las vacaciones de los niños, etcétera; su pérdida genera confusión y temor. En segundo lugar, es necesario reconocer que la economía de mercado genera desigualdad, que puede ser explotada de manera demagógica y populista, con un discurso organizado contra los nuevos ricos que tiene aceptación popular. Este discurso se basa en la descalificación de la política, argumentando que por definición todos los políticos son corruptos y que todas las elites están corrompidas. Otro elemento del que abreva el discurso populista es el aumento de la criminalidad.

En el lenguaje de la izquierda poscomunista y populista se insiste en que hay que ser muy prudentes y desconfiar del capital extranjero, porque la patria es víctima de las grandes fuerzas internacionales que quieren adquirir todas sus riquezas naturales: carbón, petróleo, minerales, etcétera. Para el otro populismo, el que utiliza el lenguaje de la derecha, su tesis es que todos los países están gobernados los ex aparatchik del comunismo y que nada ha cambiado. En ambos casos, las emociones son parecidas y van dirigidas contra el capital internacional, las elites intelectuales y los negocios.

Pero, ¿no hay una especificidad polaca en este panorama general?
En el caso concreto de Polonia está en el poder una coalición bastante singular, integrada por dos partidos que anteriormente eran considerados enemigos de la democracia. Por un lado, la Liga de las Familias Polacas o LPR y del otro, el Partido de la Autodefensa. El primero es un partido clerical, de corte fascista, mientras que Autodefensa es la versión criminal, aventurera y chovinista del poscomunismo. Desde luego que hoy en día estas fuerzas en el poder están en el Parlamento y aceptan la Constitución. Pero el lenguaje y los símbolos son del fascismo y del lenguaje de la extrema derecha de Europa, intolerantes ante el Estado laico, el aborto, la organización de la educación, etcétera. Recientemente en Gazeta Wyborcza publicamos un informe sobre las intenciones del Ministro de Educación de eliminar las lecturas obligatorias de los jóvenes polacos de autores como Gombrowicz, Kafka y Dostoievski. Por supuesto, la dimensión del escándalo los obligó a rectificar, pero es una muestra de su verdadera naturaleza. Es increíble. Esa es la pulsión con que interpretan el funcionamiento del ámbito público. Incluso, como en Norteamérica, tienen la idea de que hay que rechazar la teoría de la evolución del hombre y sustituirla por el creacionismo.
Hace relativamente poco escribí un artículo, “Rezo por la lluvia”, publicado en español por El País, en el que estudio en detalle la composición del actual gobierno polaco. Para mí, es una explosiva mezcla del lenguaje ideológico de Georges W. Bush y el ejercicio político de Vladimir Putin. El coctel molotov perfecto. Se trata de una política que busca ejercer el dominio en todos los medios de comunicación y utilizar los servicios secretos contra los adversarios políticos. Algo escandaloso.

Lech y Jaroslaw Kaczynski, presidente y primer ministro de Polonia, han promovido una polémica ley, llamada “de la lustración*”, que obliga a declarar si se colaboró con el régimen comunista. ¿Cuál es su postura al respecto?
El proyecto de ley implicaba que cada funcionario público, pero no sólo en el gobierno, sino también en la universidad, en el mundo de los negocios y en el periodismo, debe confesar si colaboró o no, en la época del comunismo, con los servicios secretos.  Bronislaw Geremek, ex canciller y líder disidente, se negó a declarar en señal de protesta. La ley ha sido un inmenso escándalo. Afortunadamente, el Tribunal Constitucional determinó que la mayoría de las disposiciones de la ley eran inconstitucionales. Se trata de una política destinada a construir la sociedad de la desconfianza y el miedo. Desde luego nosotros, que trabajamos en la clandestinidad contra la dictadura, no aceptamos la presencia de ex agentes dentro del gobierno. El problema con la ley es que prácticamente se trata de la victoria, después de su muerte, de la seguridad comunista. Con la ley, las pruebas decisivas de tu biografía no son ya tus actos políticos ni tus artículos escritos, muchas veces en la clandestinidad, sino las notas de la policía. Por ejemplo, la policía podía haber escrito que Lech Walesa, premio Nobel de la Paz, líder de Solidaridad, ex presidente de Polonia, fue agente jefe de la policía y sus notas se vuelven más eficaces y verdaderas que su propia historia de actuaciones públicas y que el testimonio de sus colaboradores. Con esta ley, quien tenga en sus manos los archivos de la policía puede chantajear a cualquier persona.

En ese sentido, parece que se trata de una ley opuesta a la actuación de los integrantes de la Mesa Redonda, que buscaba el perdón, pero sin amnesia; ahora parecería que se busca la amnesia pero sin perdón.
Tienes razón. Es una buena fórmula. Hay que utilizarla en los debates de Polonia. Ahora somos presa de la amnesia total, pero nunca de la amnistía.

Usted marcó cuatro claves para una buena transición: la emancipación del ciudadano frente al poder del Estado, la emancipación frente al poder de la Iglesia católica, el respeto a la memoria histórica y la reconciliación. ¿Cuáles de ellas siguen vigentes y cuáles se ven amenazadas?
En primer lugar, a pesar de todo, a pesar del gobierno –que para mí es bastante malo–, Polonia es un país democrático. En principio, los derechos humanos son respetados. Creo que los ciudadanos hemos logrado un grado aceptable de libertad frente al poder del Estado. En el tema del Estado laico existe ciertamente una tendencia preocupante de las autoridades eclesiásticas a inmiscuirse en asuntos que no son —o no deberían ser— de su competencia. Por ejemplo, en la educación pública.
Sobre la memoria histórica, a reserva de lo ya dicho sobre la “ley de la lustración”, hay que entender que la tendencia del poder, de todo poder, es manipular la memoria histórica, pero si tenemos libertad de expresión, si no hay un monopolio desde el poder de la memoria colectiva, no es un drama: es un debate, una lucha intelectual. En todos los países democráticos la memoria histórica es discutible. En Francia, con respecto a la guerra de Argelia o el régimen de Vichy; en México, con la Revolución o el movimiento del 68.
Desde el poder se pueden resaltar los momentos de gloria nacional, e incluso los momentos de tragedia nacional, pero el verdadero problema que se tiene que enfrentar es cómo manejar el silencio de la mayoría de la sociedad en la época comunista. En la versión oficial, toda Polonia estuvo en contra de un pequeño grupo de comunistas en el poder. Eso no es cierto. Otro problema difícil de manejar es la herencia del antisemitismo, todavía vivo.
Para mí, el verdadero problema en Polonia hoy es que la tendencia autoritaria no sólo está dentro del poder, sino en el seno de la sociedad, y ese sentido implica un riesgo para nuestro futuro democrático. Baste ver el creciente abstencionismo en las elecciones. Las formaciones populistas —que están mejor organizadas— pueden utilizar todas estas tendencias autoritarias para vulnerar la democracia desde dentro.

Algo parecido a lo que ya sucede en Rusia.
Sí y no. La práctica en Rusia es diferente: no existe la alternancia del poder. En Rusia, los generales de la antigua KGB siguen siendo muy poderosos y continúan operando en la guerra de Chechenia. En Polonia no hay guerra, por lo tanto la escala de todo es distinta, y mucho menos sangrienta. En nuestro país los periodistas no son asesinados. Lo que sí hay son grandes escándalos de corrupción. Hace poco sucedió algo que da para preocuparse. Alguien, seguramente dentro de la policía, avisó al Ministro de Agricultura que teníamos listo para publicar en Gazeta Wyborcza un expediente completo sobre sus actos de corrupción, lo que le permitió anticiparse a la publicación y presentar su renuncia, después de intentar tenderle una trampa a sus subordinados. Estamos viendo mecanismos y métodos inaceptables en un estado de derecho. Es inaceptable.

Quizás lo más grave de lo que señala usted es el poco apoyo ciudadano a la democracia. Cuando se pasa de un régimen totalitario a un régimen democrático el individuo debe adquirir responsabilidades para las cuales quizás no está preparado.
Eso es algo normal. Es comprensible en toda sociedad que sale del totalitarismo, que sale de una dictadura. Eso pasó en España después de Franco, en Portugal tras Salazar. Me parece algo normal. El problema más delicado, más dramático, es que en toda Europa somos los testigos de la crisis de un proyecto de futuro de la democracia.

¿Cuál es el saldo que hace usted hoy del debate que sostuvo con Leon Wieseltier, acerca de la responsabilidad colectiva que los polacos tienen, o no tienen, en el Holocausto?
En primer lugar, sigo pensando que la tesis sobre la responsabilidad colectiva de los polacos es completamente falsa. La sociedad polaca fue víctima de la ocupación nazi. Es un fenómeno fundamental, que no hay que olvidar. La sociedad fue una víctima, ahí está el problema de la responsabilidad colectiva.
En segundo lugar, creo que entre los intelectuales judíos en Estados Unidos funciona ese estereotipo acerca de la relación entre polacos judíos y polacos no judíos. Mi amigo Wieseltier, en el artículo de Letras Libres en que polemizó conmigo, fue también víctima de ese estereotipo. Yo le pregunté: “¿Cuál es la razón de esa culpa colectiva?” Él me dijo: “Todos somos responsables de esos hechos, yo mismo soy responsable de todos los norteamericanos.” “Ah, sí, tú eres responsable de todas las injusticias que aquejan a los Estados Unidos, y de la esclavitud; de acuerdo –le dije–,pero ¿cuál es el fundamento de tu responsabilidad?” Para mí es completamente absurdo sentirte responsable de todas esas barbaries. Es una locura. Pienso que Leon Wieseltier ha cambiado su postura hoy, y que tiene una visión menos radical. Otra cosa es la discusión sobre el funcionamiento del antisemitismo polaco antes de la Segunda Guerra Mundial, lo cual, gracias a nuestra disputa, me parece que ya no es un tema tabú.
 
Sin embargo, no se puede olvidar que el exterminio judío sucedió principalmente en territorio polaco…
De ninguna manera. Se trataba del “gobierno general”. Claro, el diablo está en los detalles. Era un territorio de los nazis. No había un Estado polaco. Eso no significa que no hubiera colaboradores polacos con los nazis. Pero eso es otra cosa muy diferente. Me molesta lo vulnerable que somos ante la prensa americana en este asunto. El extermino judío es obra de los nazis, no de los polacos. Los polacos fueron masacrados en la guerra y durante la ocupación.

¿Cómo está dividida la opinión pública sobre la historia polaca reciente?
Detecto dos tesis encontradas, si hablamos con un trazo burdo. Una tesis sostiene que la sociedad polaca es una víctima inocente de la historia y que son otros pueblos los bandidos, los agresores inescrupulosos y responsables de todos los crímenes. Esta tesis está emparentada con el mito mesiánico del siglo XIX y la idea del pueblo polaco como inocente por naturaleza, que vive bajo la premisa de los valores cristianos y católicos. La otra tesis, con la que comulgo, sostiene una versión menos maniquea de la historia. Aun así, hay que ser justos con los que abogan por la primera tesis, ya que ésta se presenta en todos los países que tienen alguna gran frustración en su pasado, y se manifiesta como una agresión hacia el otro. La versión extrema de esta tendencia incluso califica de antipolaco, de un complot internacional, al que sostiene la idea de nuestro antisemitismo.
Este mecanismo funciona igual en todos los países poscomunistas: entre checos y eslovacos, húngaros judíos y húngaros no judíos, húngaros y rumanos, checos y alemanes, rusos y ucranianos...

Parte II


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