Literatura: A orillas del Vístula

De pronto nos acercamos a los libros de un autor, o ellos se acercan a nosotros. No sabemos por qué razones o sinrazones ocurre. Luego, en el curso de la lectura, esos motivos salen de la oscuridad extraña que los rodea: se aclaran, se transparentan, vuelven diáfanos y significativos los lazos que nos unen de muchas maneras con ese escritor, con esas escrituras; pues un lector atento está unido al escritor que admira.

Es lo que ha estado sucediéndome en las semanas recientes con el poeta polaco Adam Zagajewski, nacido en Lwow en 1945, año conclusivo de la Segunda Guerra Mundial.

En más de un sentido Zagajewski es hijo de la guerra; lo es también de la política disidente, de la actividad rebelde, a menudo solidaria y sin duda inconformista que sabe decir No. Esa negación es vitalidad pura, afirmación a contrapelo. Este poeta lo sabe porque lo fue aprendiendo de mil maneras en su oprimido país, durante los años largos y penosos de la ocupación soviética.

Cuento ahora, de manera sumaria, mi convivencia de estos días con la obra, en verso y en prosa, de este autor. Sobre todo lo hago para darlo a conocer pues me parece en verdad admirable, un hombre lleno de talento.

Adam ZagajewskiPrimero leí, a fines del año pasado, una entrevista con Zagakewski en las páginas de un diario español. Después revisité las páginas del libro de este poeta que tengo en mi biblioteca desde hace ya varios años: una antología bilingüe (inglés y polaco) titulada Tremor. Más tarde, me salió al paso -no hay otra manera de decirlo- un libro suyo en las estanterías de una tienda librera. Lo compré de inmediato. Se titula En la belleza ajena y fue publicado por la editorial española Pre-textos, dirigida por Manuel Borrás. Cuando comencé a leerlo, recordé a mi amigo Aurelio Major, el único con el que he conversado acerca de este poeta; con seguridad uno de sus pocos lectores mexicanos. Major tradujo del inglés algunas piezas de Zagajewski.

Esta obra en prosa de Adam Zagajewski es un canto de amor a la que él considera su ciudad: Cracovia, a orillas del río Vístula. Constituye una mezcla curiosa, nada estridente ni "vanguardista", de géneros: el diario, el libro de viajes, la obra de un naturalista -gran observador de pájaros-, el ensayo a lo Montaigne, la crítica literaria, las memorias. Me resultaron interesantes sus evocaciones de la vida universitaria en la Cracovia comunista: sus semblanzas de algunos profesores y las imágenes que circulaban en los medios estudiantiles sobre un pensador como Roman Ingarden, especie de leyenda intelectual entre aquellos muchachos.

Cracovia era la ciudad del papa Juan Pablo II, que hace una fugaz aparición en estas páginas. El catolicismos polaco en esas regiones tiene una historia trágica, a veces desgarrada por el antisemitismo. Auschwitz está a media hora de Cracovia.

Seguiré leyendo a Zagajewski. Un escritor admirado es sin duda una amistad perdurable.

David Huerta


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