Ryszard Kapuscinki: “El hombre no es tan malo, después de todo”

Maestro de la Fundación de Nuevo Periodismo de Gabriel García Márquez, este periodista polaco de 73 años ha escrito cómo viven en países sin Dios ni ley. “Crecí en una riquísima mezcla de razas y culturas abortada por la guerra; me hice periodista para recuperarla. ¡Han tenido tantas veces mi vida en sus manos! Un grupo de muchachos en una carretera de un país africano en guerra civil, donde sólo hay hombres armados, guerra y caos”.
Luis Amiguet

-¿Y usted se asusta?
-Mucho. Tienen sus fusiles en la mano y no dependen ni responden ante nadie. Nadie les castigará ni les pedirá cuentas por nada, y menos por mi vida; una ráfaga y se quedarían con mi ropa, mi cartera, mis zapatos. Y podrían venderlos. Ganarían dinero y ellos no tienen nada. Sólo balas.

-¿Y por qué no le matan?
-¿Por qué no me han matado? Me lo he preguntado muchas veces y por eso creo que el hombre no es tan malo, después de todo; si lo fuera, yo no estaría aquí. En Etiopía, esos hombres armados incluso me ayudaban y me protegían.

-¿Por qué?
-Creo que veían que yo sólo era un periodista, que no tenía la pretensión de dominarlos y humillarlos.

-¿Y por qué se la ha jugado tanto?
-Yo nací en Pinsk. Hoy es Bielorrusia, pero entonces era Polonia, y allí convivíamos polacos, rusos, ucranianos, alemanes, católicos, judíos, ortodoxos, grecocatólicos, armenios... Todos juntos. Crecí en la convivencia de religiones, razas, lenguas y culturas, hasta que llegaron, primero, Hitler, la guerra, y después Stalin, y acabaron con ella.

-No eran muy amigos de la diversidad.
-Supongo que mi vida ha consistido en recuperar esa infancia que disfruté en aquella convivencia libre de culturas que nos arrebató la guerra; por eso me hice periodista y por eso me interesa también la antropología cultural.

-¿Qué piensa del futuro de la prensa de calidad?
-Pues muchos lectores como yo hemos temido por su desaparición o su conversión en productos banales a remolque de la televisión, en busca de la sensación fácil y los ingresos rápidos.

-¿Quiere ayudarme a hacer periodismo?
-¿Puedo?

-¿Me ayuda a preparar un reportaje?
-Empiece por leer a Heródoto y a Malinowski: son los padres del reportaje. Heródoto demuestra que el viaje es el principio de todo conocimiento, y el antropólogo Malinowski, que sólo se puede explicar una cultura formando parte de ella, en observación participativa. Ellos son mis maestros.

-¿Me ayuda a preparar un viaje a Irak?
-No me interesan los políticos iraquíes ni los políticos americanos.

-¿Nada de entrevistar políticos y diplomáticos en el lobby de un buen hotel?
-A mí me interesa la gente, los ciudadanos iraquíes que no salen en los medios. Si quiere usted hacer un reportaje, tendrá que conocer a las personas que viven la realidad que usted describe; tendrá que vivir con ellas.

-¿Cómo lo ha hecho usted?
-Tengo mi método. Yo le diría que empezara por pasarse por la biblioteca y estudiar su historia y antropología; pero los periodistas, pese a que Internet ha simplificado la documentación, no tenemos tanto tiempo. Por eso, siempre he tenido claro, para empezar, que el periodismo es un trabajo de equipo.

-Pues se le considera reportero solitario...
-¡Nunca lo he sido! Lo primero que hago al llegar a un país es ir a un quiosco y comprar el periódico local: pregunto por su dirección y me planto allí, en la redacción. Jamás, en ningún sitio, han dejado de ayudarme.

-¡Pues no sé si aquí somos tan solidarios!
-Le hablo de esos países en los que he trabajado: África, Latinoamérica, Asia. Recuerdo, por ejemplo, en Irán...

-¡Qué excelente libro suyo: “El Sha, o la desmesura del poder”!
-Pues incluso allí, cuando Jomeini prohibió la prensa extranjera y sólo se publicaban diarios en farsi, los colegas iraníes nos hacían un resumen en inglés para los extranjeros. Igual que los periodistas de África o Latinoamérica: jamás me han fallado. En cambio, nosotros a ellos sí les fallamos.

© La Vanguardia, Barcelona
(The New York Times Syndicate)


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