El último Kieslowski diez años después "No matarás"

Director: Krzysztof Kieslowski. Guión: Krzysztof Kieslowski y Krzysztof Piesiewicz. Intérpretes: Miroslaw Baka, Krzysztof Globisz, Jan Tesarz. Polonia, 1988. Duración: 83’ . Drama.

Hay críticas que no salen ni a la de tres aunque el nombre del autor te rime bonito, hay críticas que cuesta escribir aunque la película le haya marcado (o amargado, depende) la existencia al abajo firmante como un vaquero a la pobre vaca, hay otras que, en el fondo, no son críticas, sino una carta de amor más o menos coherente, porque fue redactada con las tripas y la sangre revueltas, y hay veces en que las estrellitas que las acompañan parecen un simple trámite a cumplir con cierto melancólico desapego. De hecho, ignoro si "No matarás" (1988), película inédita en España del polaco Krzysztof Kieslowski desaparecido hace hoy justamente diez años y premiada en Cannes, merece cuatro o ninguna, pero sí que me emocionó encontrarme, tanto tiempo después, con una película desconocida de este cineasta profundamente católico aunque cuando él lo quisiera ignorar y fatalista lastrado (lo digo en el terreno cinematográfico) por su propia fe. Es curioso: viendo "No matarás", o el via crucis de un asesino analfabeto y, en historia paralela, la de la víctima, se constata, también, la aún modernidad de Kieslowski, cuya influencia en realizadores como los Dardenne (sí, desde postulados de la izquierda) resulta innegable. Los extremos, que se tocan de nuevo. "No matarás" ha sido dividida por el autor de la trilogía de los colores en dos grandes bloques: durante el primero, que de forma premonitoria se abre con la escena de un gato ahorcado, le seguimos los pasos a Jacek, un campesino que aterriza en Varsovia con los ojos turbios y la soga tensada; y al taxista de mirada no menos espesa que acabará tirado de cualquier forma tras unas secuencias, las que describen su muerte, especialmente terribles en la filmografía de Kieslowski. Pero con un motivo: demostrar, ya en la segunda parte, que supone un alegato feroz contra la pena de muerte (por cierto, qué terrible realismo otra vez), que el perdón es posible todavía frente al crimen más demencial, que siempre es un ser humano el que sujeta la pistola. Y, por si alguien había olvidado la autoría del filme, he ahí esa última escena, emotiva y breve, que protagoniza un desolado abogado defensor que llora con lágrimas gruesas. La venganza, dice otra vez Kieslowski, duele. Por lo menos, a él le dolía mientras vivió.

C. L. L.
La Razón Digital, España


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