“No tenemos más tiempo para los sentimientos.
No tenemos tiempo para la pasión. Nuestras vidas se escurren entre nuestras propias manos”

En el siguiente texto, recogido en el libro “Kieslowski on Kieslowski”, editado en Londres, el realizador da cuenta del origen de un proyecto tan insólito como determinante del cine de los años 80. Por Krzysztof Kieslowski

El caos y el desorden reinaban en Polonia a mediados de los años 80, en todos lados, prácticamente en la vida de todos y cada uno de nosotros. Un clima de tensión, un sentimiento de desesperanza y el miedo a que todo pudiera ser aún peor eran moneda corriente. Para esa época yo ya había empezado a viajar un poco al exterior y observaba una cierta incertidumbre en el mundo en general. No estoy hablando en términos políticos, sino sobre la vida común, de todos los días. Sentía una indiferencia mutua detrás de las sonrisas más atentas y tuve la agobiante impresión, cada vez más frecuente, de que estaba en presencia de gente que no sabía realmente por qué vivía. Entonces pensé que Piesiewicz tenía razón, pero que filmar los Diez Mandamientos iba a ser una tarea muy difícil.

¿Debía ser una sola película? ¿O varias? ¿O quizás diez? ¿Una serie o más bien un ciclo de diez films independientes basados en cada uno de los mandamientos? Este concepto parecía el más cercano a la idea de los Diez Mandamientos: diez films de una hora de duración. A esta altura del proyecto, había entonces que ponerse a escribir los guiones, que yo todavía no pensaba dirigir. Una de las razones que me impulsó a empezar el trabajo fue el hecho de que por varios años yo me desempeñé como el asistente de Krzysztof Zanussi, el director artístico de la unidad de producción Tor. Zanussi trabajaba muy frecuentemente en el exterior, por lo que tomaba las decisiones generales mientras que el trabajo cotidiano, de llevar adelante la unidad de producción, quedaba en mis manos. Una de las funciones de esta unidad era ayudar a directores jóvenes a llevar adelante sus primeras películas. Yo conocía a un montón de directores jóvenes que se merecían una oportunidad y sabía lo difícil que era conseguir el dinero. En Polonia, durante mucho tiempo la televisión ha sido el espacio ideal para los directores debutantes, porque los telefilms son más cortos y más baratos y por lo tanto hay menos riesgos en juego. La dificultad radica, sin embargo, en que a la televisión no le interesan los films independientes entre sí. Quiere series y, si se insiste mucho, acepta producir ciclos. Entonces pensé que si escribíamos diez guiones y los presentábamos como el “Decálogo”, diez jóvenes directores iban a estar en condiciones de hacer su primera película. Por un tiempo, esta idea motivó nuestra escritura. Fue mucho después, cuando las primeras versiones de los guiones estuvieron listas, que me di cuenta, de manera un tanto egoísta, que no quería dárselos a nadie. Me había entusiasmado con algunos de ellos y hubiera lamentado dejarlos pasar. Quería dirigirlos y fue obvio que haría yo mismo los diez.

Desde un primer comienzo supimos que los films serían de ambiente contemporáneo. Por algún tiempo consideramos la posibilidad de ubicarlos en un contexto político, pero para mediados de los años 80 la política ya no nos interesaba. Durante la ley marcial me di cuenta de que la política no es importante realmente. De algún modo, por supuesto, define dónde estamos y qué podemos y qué no podemos hacer, pero no soluciona cuestiones humanas de fondo. La política no está en condiciones de responder a ninguna de las preguntas esenciales, fundamentales del ser humano. De hecho, no importa si uno vive en un país comunista o en uno capitalista cuando se trata de temas de fondo. ¿Cuál es el verdadero sentido de la vida? ¿Para qué levantarse por la mañana? La política no responde esas preguntas. (...)

El Decálogo es un intento de narrar diez historias acerca de diez o veinte individuos que -atrapados en un conflicto precisamente por circunstancias muy precisas, circunstancias que son ficticias pero que corresponden a la vida de todos los días– súbitamente se dan cuenta de que están dando vueltas y vueltas en círculos, que no están logrando lo que quieren. Nos hemos vuelto demasiado ególatras, demasiado enamorados de nosotros mismos y nuestras necesidades, y es como si todos los demás se hubieran esfumado en un segundo plano. Hacemos un montón de cosas -supuestamente– por aquellos a quienes amamos, pero al terminar el día vemos que, a pesar de que hicimos todo por ellos, no tuvimos la fuerza o el tiempo suficiente para estrecharlos en nuestros brazos, o simplemente para decirles una palabra amable o algo tierno. No tenemos más tiempo para los sentimientos y allí me parece que radica el problema. No tenemos tiempo para la pasión. Nuestras vidas se escurren entre nuestras propias manos.


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