Hace 10 años... Krzysztof Kieslowski

Afiche Muestra KieslowskiVarsovia, 14 de marzo de 1996. Todos los diarios polacos anunciaban el jueves en primera plana el fallecimiento del director de cine Krzysztof Kieslowski y dedicaban una amplia información sobre un cineasta al que muchos consideran el más importante del país y uno de los más relevantes de Europa. La muerte de Kieslowski, sobrevenida el miércoles 13 a causa de un infarto posoperatorio, impresionó a todo el país, incluidos los más legos en cine. El jueves hablaban del realizador, taxistas, peluqueras y guardias municipales. “Y pensar que hay borrachos que viven 90 años y que un artista como éste se nos ha muerto a los 54...", filosofaba un obrero.

Tal y como él lo decidió, Rojo fue su última película. “No tengo ganas de seguir haciéndolo'', reiteraba en San Sebastián, España, en el que fue quizá su último homenaje público. Allí presentó el final de su trilogía, “Rojo”, y ratificó un deseo añejo: su retiro del cine al que dio, entre otras obras, La doble vida de Verónica, el Decálogo y la trilogía de colores Azul, Blanco y Rojo.

El sábado 17 de septiembre de 1994, en el transcurso del 42 Festival de Cine de San Sebastián, el Teatro Principal le dio el último gran aplauso. En ese mismo escenario se había consagrado internacionalmente en 1989 con el Premio Especial del Jurado por su terrenal versión de los sagrados mandamientos: “No amarás...”y “No matarás”. La retrospectiva “Todo Kieslowski” fue una suerte de homenaje final que le regaló el San Sebastián. Él presentó  “Rojo”, una versión personal del amor a primera vista y, claro, de muchas cosas más, como la fraternidad y el intento por mantener en cualquier circunstancia “la frescura de vivir''.

Diego Galán, en representación de los organizadores del Festival, le entregó una placa en reconocimiento a su cine estimulante y le pidió que desistiera de su amenaza de no hacer más películas. Pero la respuesta fue contundente:  “Vengo aquí a saludarlos y a presentarles la última. Ojalá les guste el Rojo, así como les gustó el Azul. Eso espero'', cierra el artista de la tríada de colores en la bandera francesa que encarna tres conceptos universales comúnmente impracticados: libertad, igualdad, fraternidad. Y fue la última.

Cejas pobladas, más oscuras que el cabello ya entrecano, la presencia de Kieslowski está marcada por la sobriedad en el vestir y en el decir. Lo envuelve cierto aire distante que contrasta con el glamour y la avalancha de risas forzadas en la mayoría de los directores, actores y todo el que desfila en el Festival. Después del homenaje llega la rueda de prensa y la pregunta obligada de los periodistas:

¿Su retiro del cine es una broma?
De ninguna manera.

 ¿Puede explicarnos un poco la forma en que confeccionó su trilogía de colores?
Las tres películas están hechas en la misma producción, una después de la otra. Si aparecen cosas comunes en las tres es algo planeado anteriormente porque buscábamos algo en concreto. Puedo decir que a veces usábamos medio día para hacer tomas para “Azul” y el mismo día en la tarde hacíamos para “Blanco”. Era la misma búsqueda. Teníamos nueve semanas para cada una y las terminamos en tres años o algo así.

¿Y la reiteración de la viejecita que aparece en la trilogía de colores es sólo un juego, un accidente?
No, nunca la pensé como un chiste sino como una presencia permanente para darle la oportunidad de que los otros le ayuden a empujar la botella al basurero. Alrededor nuestro hay mucha gente desamparada no sólo por su edad sino por problemas de sus sentimientos. Vale la pena subrayar su presencia y por eso la llevo hasta el final esperando que alguien le ayude, y así sucede.
A propósito de su trilogía Azul, Blanco y Rojo, metáfora de los ideales de la Revolución Francesa, Kieslowski decía preferir Rojo (la fraternidad), el único de los tres colores que subsistía, según él, en el fin de siglo.
En un reportaje, no mucho tiempo antes de dejarnos, contaba con entusiasmo el encuentro con una joven espectadora: “En un encuentro, en las afueras de París, una quinceañera se me acercó para decirme que había visto ‘Verónica’. La vio una, dos, tres veces, y sólo quería decir una cosa: que había descubierto que el alma existe. No se había dado cuenta antes, pero ahora sabía que el alma existía. Hay algo muy hermoso en esto. Valió la pena hacer ‘Verónica’ por esa muchacha. Valió la pena trabajar por un año, sacrificar todo ese dinero, toda esa energía, ese tiempo, esa paciencia; valió la pena auto-torturarse, matarse, tomar mil decisiones, para que una jovencita de París se diera cuenta que existe algo que se llama alma. Valió la pena''.
Sin fuegos artificiales inútiles, sin énfasis innecesarios, sin despliegues escenográficos, sin sofisticaciones técnicas podíamos y podemos, encontrar en sus películas la serenidad necesaria para descubrir cada día el valor de la vida.  En ellas tratan no sólo del hombre en su exterioridad sino del intrincado mundo de sensaciones y emociones que conforman su interior. Y es que así fue Krzysztof Kieslowski, que dedicó su carrera a descubrir lo que él llamó el lado oscuro del ser humano, no el claro, donde se da su desarrollo social, sino el que surge en la soledad interna, donde se manifiestan los estado de ánimo, los sentimientos y los miedos más íntimos. Nunca realizó un trabajo porque sí, sino hasta encontrarle un profundo sentido, razón por la que, cuando consideró que su tarea estaba terminada, se retiró a la tranquilidad de su hogar. Aunque él mismo reconoció alguna vez que "el lograr la paz, en sí, no es algo interesante. Lo único importante es el camino que se recorre en ese intento y la voluntad de empeñarse en ello".

Gracias Krzysztof por dejarnos la certeza de que existe en algún lugar una voz, al mismo tiempo, personal y universal. La sensación de que, no obstante retrocesos, derrotas pequeñas, y grandes renuncias cotidianas, queda la posibilidad de seguir encantados frente a la vida y sus misterios.


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