En las calles de Dublín, velos y discriminación

Cada vez es más común ver inmigrantes en la isla Esmeralda; un 35% de ellos fue increpado en público

Decenas de polacos entran y salen de la iglesia cada domingo por la mañana. Solos o en familia, van a misa a rezar y a cantar en su idioma, a venerar a Nuestra Señora de Czestochowa, la Virgen Negra de Polonia, y a continuar con las tradiciones religiosas con las que crecieron en su país. La escena no sucede en Polonia sino en la iglesia de Saint Audoen's, un antiguo templo en Dublín, que fue cedido a la comunidad polaca.

Esta colectividad es la más numerosa dentro de un variado grupo de inmigrantes que ha llegado a Irlanda desde diversos rincones del mundo en los últimos diez años, lo que ha creado tensiones sociales y raciales.

Trabajadores calificados y no calificados llegaron atraídos por el avance económico del celtic tiger y han contribuido a alimentarlo. Vienen de Polonia, China, Nigeria, Paquistán, Irak, Lituania, Latvia o la República Checa, entre otros países. La mayoría trabaja en restaurantes, comercios, hoteles o fábricas, aunque otros se desempeñan como profesionales.

Esta avalancha de extranjeros ha tenido un notable impacto en la sociedad. Irlanda pasó de ser un país de emigración a ser uno de inmigración. Hoy, el 10% de la población es extranjera, en una nación de 4,2 millones de habitantes, la cifra más alta desde 1861.

Ya no es raro ver a mujeres con velo caminando por las calles o fisonomías asiáticas o africanas en Dublín, donde flamantes construcciones de fachadas vidriadas se mezclan con edificios centenarios. No es raro que no se sientan bienvenidos: un 35% de ellos fue insultado, amenazado o acosado en público, según un estudio del Instituto de Investigación Económica y Social, basado en Dublín.

Algunos vienen porque no pueden sobrevivir en sus países, otros porque aspiran a un nivel de ingresos que les permita ahorrar y viajar.

"Vine a Irlanda porque en Polonia ganaba muy poco", dijo, en un inglés muy precario, Adam Spelak, un polaco de 48 años que emigró hace dos años y medio con su esposa y sus dos hijos.

Spelak pasó de trabajar como técnico automotriz en su país natal a engrosar las filas de operarios en una fábrica en Dublín, pero, a pesar del cambio de rubro, aquí gana lo suficiente para mandar a sus hijos de 19 y 20 años a la universidad. "A veces no soporto estar aquí, pero pienso en el futuro de toda mi familia", explicó.

Muchos inmigrantes sufren discriminación. Tienen problemas a la hora de conseguir trabajo y muchos se quejan de que los empleadores suelen dar preferencia a irlandeses, aunque estén menos calificados. Otros simplemente no pueden aspirar a un buen trabajo porque apenas dominan el idioma.

Mientras que los inmigrantes que provienen de países de Europa del Este corren con la ventaja de tener estatus legal por ser ciudadanos de la Unión Europea desde mayo de 2004, los africanos son los que llevan la peor parte y terminan limpiando baños.

Por Pilar Conci
La Nación, Buenos Aires
14.06.2008


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