Esclavitud en Europa

Maria do Céu NevesLa periodista portuguesa Maria do Céu Neves ha sido galardonada con el Premio Europeo de Periodismo por la Diversidad y contra la Discriminación. La informadora escribió un reportaje sobre la discriminación de emigrantes portugueses y polacos en Holanda. Para vivir personalmente la situación de los emigrantes, la portuguesa Maria do Céu Neves viajó el año pasado en busca de trabajo en Holanda. En su reportaje sobre salarios bajos, largas jornadas de trabajo, pésimas condiciones de trabajo y la constante incertidumbre, la informadora describe a los portugueses y polacos como los nuevos esclavos de Europa. Este año, el concurso anual de periodismo tuvo como tema la igualdad de oportunidades, bajo el lema “por la diversidad y contra la discriminación”. A continuación ofrecemos un extracto del artículo de Maria do Céu Neves, cuya versión holandesa apareció el verano pasado en la publicación holandesa De Groene Ámsterdam, así como en el sitio web del periódico NRC Next.

¿Los nuevos esclavos de Europa?
“Fui inmigrante en Holanda. Es más grave de lo que me imaginaba”, escribe Céu Neves, redactora del periódico portugués Diário de notícias, después de trabajar durante dos semanas en Holanda. La decisión de realizar ese reportaje fue motivada por las desgarradoras historias sobre la vida de los modernos trabajadores temporales.
“Los portugueses y los polacos son los nuevos esclavos de Holanda. También los turcos, pero éstos se saben proteger mejor. Esta calificación puede sonar exagerada solamente a aquellos que no han experimentado las condiciones en que viven estos inmigrantes. El problema no es la dureza del trabajo - a veces más de diez horas de pie en un espacio de 50 cm de una fábrica, o en un invernadero con un calor insoportable, tener que oír constantemente 'snel, snel, snel' (rápido), sin poder descansar o ir al lavabo fuera de las pausas, y tener un jefe que vigila permanentemente lo que hacemos. El problema es saber que ese trabajo no está garantizado. Significa estar disponible 24 horas al día, seis días por semana. Dormir con el teléfono móvil a la cabecera y despertar sobresaltado porque ese día te quedas en casa. Y si tuvieras la suerte de ir a trabajar, puede que no sea más que por cuatro o cinco horas. Y también puede suceder que te llamen en un día libre porque hay más trabajo de lo previsto. Significa levantarse a las cuatro de la mañana, para estar listos a las 04.45 esperando el vehículo de la empresa que te llevará al lugar de trabajo, y que no aparezca el conductor. El problema es tener que mudarse permanentemente de casa, y no saber nunca quién irá a dormir en tu cuarto, en tu sofá o incluso en tu cama. Y no tener privacidad. En resumen: no tener vida propia.

'Cada vez que no voy a trabajar me asalta el pánico', contaba Mário (uno de los portugueses que encontré). Al principio me parecía una exageración. Después, percibí el significado. Mi experiencia como trabajadora emigrante comenzó en abril. Busqué anuncios en los periódicos y encontré ofertas de empleo en prácticamente todos los continentes. Muchos pedían exclusivamente hombres, y finalmente opté por InterActief, una empresa holandesa especializada en trabajo temporal, con filiales en Portugal. Tuve una entrevista en Cova da Piedade. No estaban interesados en saber mi edad, formación o experiencia laboral. Me preguntaron si consumía drogas o alcohol, y exigieron un certificado médico y otro de buena conducta. Les dije que mi intención era trabajar en un invernadero o en una fábrica, y me enviaron a Rótterdam. La partida fue programada para el 16 de mayo. Un viaje de treinta y cuatro horas en autobús.

Llegada
Miércoles 17 de mayo, 17.15 hora local. Dieciséis portugueses provenientes del norte, centro y sur del país se encuentran en el centro de Rótterdam, cerca de la Estación Central, cargados de bultos y maletas. Calculo que otros diez habrán seguido para Ámsterdam. Hace mucho frío. Una hora más tarde llega el chofer que nos lleva a la oficina de la empresa. El coche tiene sólo cuatro lugares, y necesita hacer varios viajes. “Las cosas no marchan bien”, dice el conductor, un portugués. “Veo gente que llegó hace quince días y todavía no está trabajando.” Es el primer contacto con la realidad. Todos esperamos tener mejor suerte.
Entramos a la empresa por la puerta trasera. Depositamos el equipaje. Hay mucho, ropa personal y de cama, ollas y comida. Hay personas deambulando por las instalaciones, con expresión preocupada y los ojos tristes. Piden trabajo, protestan porque los recibos de salario serían incorrectos. Otros nos aconsejan mantener la calma y nos garantizan. “A medianoche del miércoles tendrán el dinero en el banco”. Sólo que no agregan que puede ser muy poco.
Algunos se acercan a la empresa los miércoles por la tarde, sólo para ver quién llega. Es el día de los portugueses. Los polacos arriban los lunes. Calculo que, de cada nacionalidad, llegan unos 50 ó 60 emigrantes por semana. InterActief es una de las mayores agencias de trabajo temporal en Holanda, cerca de unos 1400 empleados. Estos datos no fueron confirmados por la administración (que no respondió a las preguntas del Diario de Notícias). La mayoría permanece en Rótterdam, para trabajar en invernaderos de legumbres o flores y fábricas envasadoras. El resto va a trabajar a los “hoteles de lujo” de Ámsterdam.

'¿Y, ya fue Zé al hospital?', preguntan a una mujer mayor de 40 años que está en Holanda con su marido y un hijo adulto, según me entero más tarde. Tiene la ropa manchada de verde. Trabaja en un invernadero de tomates, de las 06.00 a las 17.00, donde su marido sufrió un corte grave. 'No quisieron acompañarlo al hospital. El seguro no cubre nada, y ellos no quieren pagar', responde la mujer. Finalmente lo llevaron otros trabajadores portugueses.

Estamos con cuatro matrimonios, una de las parejas tiene más de cuarenta años; hay otros cuatro jóvenes, un hombre de unos treinta o cuarenta años, otros dos hombres y yo, con más de cuarenta años. Estamos sentados a una mesa donde una empleada de la empresa nos explica en inglés lo que vamos a hacer. Sólo yo, y otros dos jóvenes que ya habían estado trabajando en Inglaterra, podemos entender las explicaciones, lo que demuestra el bajo grado de formación de todo el grupo. Firmamos un contrato de cuyo contenido nadie tiene la más mínima idea, no sólo porque está redactado en holandés, sino porque además no se nos suministra una copia. Dicen que el contrato es igual al que firmamos en Portugal, cinco copias tituladas 'Condiciones Generales'. Es suficiente comparar el tamaño de las frases y los números indicados para darse cuenta de que no son idénticos. Una funcionaria de InterActief distribuye los lugares para dormir, y fija la fecha para realizar el trámite del Sofi Number, el número social y fiscal sin el cual no es posible trabajar. A mí me toca para el lunes, tengo suerte. Otros tienen que esperar hasta el miércoles. Salimos con las maletas. Uno de los pasajeros que viajan conmigo recibe un llamado telefónico. La conversación me resulta cómica después de todo lo que había visto. 'Oye, esto es genial. Mira, estoy viendo un coffee shop (donde se permite fumar hasjish). ¡Es increíble, tienes que venirte para aquí, chico!'

Espera
Llegamos a Rótterdam un miércoles, y el día siguiente es feriado (Día de la Ascensión). Los servicios públicos hacen puente el viernes, lo que significa que la primera semana de trabajo está perdida. O sea, no recibiremos nuestros primeros ocho días de paga, como nos aseguraron en Portugal, y tampoco los segundos. Nos había dicho que era suficiente con que trajéramos cien euros para los primeros tiempos. Quien sólo trajo esa cantidad, tuvo que pedir prestado el doble, o sufrió hambre. 'Quédate con Palmira. Ella trabaja en el turno de noche, y tú vas para el turno de día. No coincidirán y estarán más cómodas”, dijo la funcionaria al entregarme la llave de la casa. Agregando: 'Isabel está en su cama, tuvo un problema'. El conductor me dejó en la puerta del edificio, pasadas las nueve. Abrí la puerta y subí las escaleras de madera sin iluminación. Había mal olor. Temí lo peor. Felizmente, no fue así. El departamento estaba limpio.

“Tienes suerte. En la casa de Adelaide viven ocho personas, y sólo tienen una cocina y un baño. Les pedí que enviaran una persona decente. Había dos alemanas que dormían en la sala. Una de ellas estaba siempre drogada y repetía solamente. 'No me toques, no me toques', relata Palmira cuando regresa del trabajo a las 06.30.
A esa hora me levantaba en la primera semana. Adelaide, quien vive en el edificio vecino, vino a preparar la comida. Es la comida principal del día para ambas. Una de esas mañanas prepara bacalao. Un día, Palmira hizo una sopa de verduras, maravillosa, fue lo mejor que me sucedió en esos días.

Abandoné Rótterdam, y realicé entrevistas en La Haya y Ámsterdam. Sólo allí revelé mi verdadera profesión. Mis compañeros de viaje no comprenden nada al ver tanto movimiento y cómo una mujer con hijos, un marido con trabajo y sin deudas, haya podido emigrar.”

Radio Nederland
20.12.2007


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