Rumbo a Siberia y más allá del exilio Robert Pawel Boleslaw Zubrzycki

Robert Zubrzyski con las fotos de su familiaEn el año 1953 ingresó al recién inaugurado curso nocturno del Colegio Nacional un adolescente de origen extranjero. Revelaba tal condición su distorsionado uso del castellano. No era un alumno más, porque a pesar de su juventud portaba ya una vasta biografía iniciada en Polonia. A la que pronto sumó, en carne propia, las crueldades del régimen soviético, las sensaciones de la helada taiga siberiana, y el hambre insaciable de los campos de refugiados. Pero eso, había quedado atrás. Después de pasar por Persia, la India e Inglaterra, Bahía Blanca se había convertido en su estancia definitiva, y la idea de su porvenir --que antes era propiedad ajena-- ahora estaba en sus manos.

Se llama Robert Pawel Boleslaw Zubrzycki. Entre tantos acaeceres y sensaciones excepcionales atesora un recuerdo imborrable adquirido aquí, lejos de su tierra natal. Ocurrió un día en que, mientras alzaba la bandera polaca, su mirada se encontró con la de otro hombre, también polaco, que avanzaba en medio de la multitud.

En los tiempos previos a la guerra, la familia Subrzycki residía en la ciudad de Brzesc, junto al río Bug, en la frontera con Ucrania. Ahora Brzesc pertenece a Bielorrusia. En realidad su padre, Stanislaw Zubrzycki, inspector skarbowy, es decir del tesoro de la nación, provenía de Vilna, capital de Lituania.
A este último lugar, cuando estalló la guerra, los Zubrzycki decidieron regresar ocultamente, por los bordes de la frontera, con las mínimas pertenencias, bajo los esporádicos bombardeos de los cazas alemanes.
Lituania era neutral. Stalin y Hitler habían firmado un pacto para repartirse Polonia. El 1 de septiembre se inició la invasión alemana. El 17, Rusia atravesó la frontera oriental. Un tío mío administraba en Lituania la estancia que había pertenecido a mi abuelo y hacia allí nos dirigimos, en carácter de refugiados --relata Robert.
Pero en el año 40 las tropas soviéticas invadieron también Lituania, donde se instaló un repentino comunismo salvaje. A su tío, por poseer las tierras paternas, que no dejaban de serle una pesada carga, los bolcheviques, en pleno invierno, con 20 grados bajo cero, lo llevaron a un campo de concentración, lo desvistieron, lo sacaron a la intemperie y le arrojaron dos baldes de agua fría. Quedó congelado y poco después murió.
Robert apenas tenía dos años y medio, pero conserva intacto el recuerdo de una escena vivida en aquellos días.
En la Lituania sometida, deportaban a todos los polacos, por ser polacos. Mi madre me tenía en sus brazos cuando entraron los rusos a nuestra casa amenazándonos con bayonetas caladas. Uno, más bajo, se apoyó sobre la mesa y comenzó a leer unos papeles. Después mi madre me explicó que leía la orden de deportación a Siberia.
Nos llevaron en dos camiones con otra gente, hasta Kovno. Allí nos hicieron subir a un tren de carga. A pesar de mi corta edad recuerdo que la gente amontonada pedía que abrieran unas pequeñas ventanillas de los vagones para que entrara aire. Nunca pude olvidar el llanto que mi madre derramó aquel día.

A través de Siberia pasamos a los Montes Urales y luego al Monte Altai, a 200 kilómetros de la frontera con Mongolia.
Mis hermanos y mis padres debían trabajar en la inmensa taiga, talando enormes árboles que luego llevaban al río. Usaban la madera para fabricar esquíes destinados a la guerra de Finlandia. Mis hermanos, mas fuertes, cortaban los troncos, mi padre los limpiaba de ramas".
Era aquella la terrible Rusia de Stalin, que Robert describe sin rencor, como si en lugar de haberla vivido la hubiera contemplado en una película, mientras aclara: "La vida es una esperanza, un regalo de Dios. La bondad construye, el rencor destruye":
Allí, en Siberia, imperaba solo el afán de sobrevivir, el miedo, el frío, el hambre y el agotador trabajo de muchas horas. Nos daban 400 gramos de pan negro cada día por persona. Uno exprimía esa masa y chorreaba agua. La gente iba de noche a los campos y robaba hortalizas o trigo de las bolsas o lo que pudiera. El termómetro llegaba a marcar 50 grados bajo cero.
Recuerdo que cerca de donde nos alojábamos había un terraplén. Un día, en pleno invierno, vi pasar un jeep del que cayó algo que siguió rodando por la pendiente. Fui a recogerlo. Parecía un trozo helado de madera. Lo llevé a mi casa y mi mamá lo colocó junto a la estufa. A los pocos minutos, cuando se derritió la capa de hielo, comprobó, con alegría, que no se trataba de madera sino de un mondongo de vaca. Con el hambre que teníamos, aquello se convirtió en una fiesta".

El largo camino a la nueva casa

En Siberia permanecieron los Zubrzycki un año. La vasta Rusia albergaba un millón de polacos deportados. El gobierno polaco en el exilio ofreció a Stalin formar con ellos un ejército de 180.000 hombres, que puso bajo el mando inglés, de lo cual Stalin se arrepentiría luego, porque significó la divulgación de lo que era la desdichada vida en la URSS.

Tras los soldados polacos partieron las familias hacia Uzbekistán, donde estaban los centros de reclutamiento. Desde allí salían los barcos repletos de gente para atravesar el Mar Caspio, rumbo a Persia. Y los Zubrzycki siguieron ese camino.
Llegamos en camiones a Teherán. Ahí separaron a los aptos para el ejército y los llevaron a Palestina, entonces bajo la autoridad inglesa. Después embarcamos hacia Bombay, desde donde, viajando en tren durante dos días y una anoche, arribamos a la ciudad de Kohapur.
Sus hermanos, luego de breves combates en África del Norte pasaron a Sicilia, lucharon en Monte Casino y continuaron la guerra hasta el fin.

También recuerdo el llanto de mi madre en la aldea de Valivade, cuando recibió una carta donde le anunciaban que mi hermano estaba herido.
El operaba en la artillería liviana, en un punto de observación, cerca de la línea de fuego enemiga, para obtener datos y dirigir las baterías. En esos días, la brigada italiana Maiella se había pasado a los aliados. Una noche mi hermano vio dos sombras y creyendo que eran italianos, preguntó: "¿E, chi va? Le respondieron los alemanes con una ráfaga de ametralladora y una granada. Lo hirieron en el brazo, pero se curó. Mi otro hermano estaba en Comunicaciones.
En la India, donde permanecieron cinco años y medio, Robert iba a la escuela del campamento polaco, que albergaba a 5.000 personas. Una vez se produjo una visita sorprendente: llegó Gandhi.
La amistad con los chicos hindúes surgió espontáneamente. Una de las mayores aventuras, sin que la madre se enterara, consistía en bañarse en el río, peligroso por los remolinos, donde se ahogaron dos compañeros suyos.

Terminó la guerra, y en 1947 el sueño de Gandhi se convirtió en realidad: la India se independizó de Inglaterra. Los Zubrzycki iniciaron los trámites para viajar a una tierra diferente y promisoria: la Argentina. Antes, se trasladaron a Inglaterra.
Curiosamente, el vínculo con nuestra ciudad derivó de la guerra.
Durante la campaña de Italia mi hermano entró con el ejército en Monte Urano, donde se enamoró de una joven italiana y le pidió la mano a su padre. Pero él le contestó: "Cuando termine la guerra hablaremos".
Y cuando terminó se casaron. Pero en Italia resurgía con gran poder el comunismo, algo que ellos temían que volviera a repetirse en sus vidas.
No quisimos ir allí y tampoco podíamos regresar a nuestro país que estaba bajo el poder de Stalin. Mi cuñada italiana tenía un tío, Properzi, en Bahía Blanca y partieron en barco con ese destino.

Al tiempo comenzaron a llegar las cartas desde la Argentina, país que el hermano ausente proclamaba como verdadero paraíso. El otro hermano, que residía en Inglaterra, había resuelto radicarse en Canadá, pero contagiado por aquellas entusiastas proclamas cambió de itinerario y viajó también a la Argentina. Rumbo que más tarde pudo concretar el resto de la familia.
De esa manera, después de ocho años los Zubrzycki volvieron a reunirse en Bahía Blanca. La pesadilla de la guerra había quedado muy lejos.
El reencuentro fue conmovedor. Volvíamos a vivir todos juntos. Alquilamos una casa en Villa Mitre. La ciudad me pareció fea. El viento soplaba durante semanas enteras. Las calles eran de tierra, yo me sentía como un injerto. Además no hablaba una palabra en castellano.
Pero la calidez de la gente "que nunca me discriminó" hizo que se adaptara muy pronto y aunque jamás perdió el acento de su habla eslava, llegó a dominar el nuevo idioma de raíz latina a la perfección.

En 1953 Robert Zubrzycki ingresaba en el Colegio Nacional para cursar el bachillerato.
Iba de noche porque de día trabajaba con su hermano, que era mecánico dental. Fue un alumno sobresaliente.
En la UBA se recibió de odontólogo. Costeaba sus estudios empleado como mecánico dental. Se acostaba a la 1 y se levantaba a las 5 de la mañana para cumplir con el estudio y el trabajo.

En 1971 volvió a Cracovia, entonces bajo el régimen comunista. Allí se reencontró con sus tíos y sus primos, que durante la guerra habían sido partisanos polacos y que llegaron con los rusos a Berlín cuando Hitler, derrotado, ponía fin a su vida.
No pudo visitar su pueblo natal, Brzesc, porque permanecía sometido tras la frontera bolchevique. Piensa volver quizás dentro de un par de años, con su señora, Teresa Elvira Pietrowski, hija de polacos, con quien se casó en 1975, en la iglesia polaca de Ezpeleta. Tuvieron cuatro hijos: Carolina Valeria, Bárbara Alejandra, Andrés Eugenio y Juan Pablo.

El momento más conmovedor de su vida lo vivió aquí. Fue el día en que el hijo más querido de la Polonia contemporánea, Juan Pablo II, llegó a Bahía Blanca, el 7 de abril de 1987.
En la Aeroestación de comandante Espora sus hijas tributaron al Santo Padre un cálido saludo ancestral en polaco:

Que sea alabado Jesucristo --a lo que él respondió:

Por los siglos de los siglos, Amén.

Robert Zubrzycki, en tanto, aguardaba al borde de la ruta 3, sosteniendo la bandera polaca con sus manos, cuando vio acercarse el vehículo que conducía al Santo Padre.
El Papa advirtió la presencia de la bandera, me miró a los ojos y empezó a bendecirme. Luego vi cómo se alejaba, pero siempre mirándome.
Sentí algo indescriptible. Era un momento breve que, supe, perduraría en lo íntimo de mi espíritu el resto de mi vida.
Robert manifiesta que un profundo sentimiento de gratitud lo vincula con la vida: "No tengo odio, soy cristiano, no olvido pero perdono y deseo con sinceridad el bien de todos. Vengo de una tierra en la que el 99 por ciento de la población es católica.
"Creo que esa tierra salvó al cristianismo en Europa cuando los turcos habían cercado Viena. Los húsares del rey Juan III Sobieski, con ruidosas corazas y las alas metálicas en la espalda --requeridos en auxilio por sus hermanos austriacos-- cayeron de noche sobre el campamento turco y lo arrasaron --relata con patriótico orgullo.

Hoy la familia Zubrzycki está integrada por mayoría de miembros bahienses: sus cuatro hijos. Uno de los hermanos de Robert murió. El otro regresó con su familia a Italia. Robert sigue ejerciendo su profesión de odontólogo en el mismo barrio que, en 1949, lo recibió como un adolescente inmigrante: Villa Mitre. Su Fe permanece inalterable, porque afirma que ni la razón ni la ciencia pueden sustituirla ni justificar la vida

Rubén Benítez
La Nueva Provincia, Bahía Blanca
Buenos Aires, Argentina
12 de enero de 2003


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