Octubre rojo: bajo el signo de la revolución

El paradigma de la Guerra Fría, marcó a fuego la vida de varias generaciones y produjo fracturas políticas y culturales que aún hoy, casi cien años después, siguen generando discusión

A 90 años del triunfo comunistaRetroceder en el tiempo para evocar los 90 años de la Revolución Rusa, en un momento en que Rusia está cada vez más integrada al sistema capitalista internacional, es contraponer el presente al origen de un proceso que planteaba un destino antitético al actual. Los acontecimientos de octubre de 1917 remiten a fuerzas rusas profundas y a un proyecto ideológico que buscaba ser universal. Del encuentro entre ambos surgió un proceso inédito que modificaría el curso del siglo XX. ¿Por qué maduró en 1917 la revolución? Los tiempos prerrevolucionarios ofrecen algunas claves: un devenir recurrente de rebelión, malestar, decisiones políticas erradas, en lo doméstico, y también opciones nefastas en la política internacional imperial. Los avances del zar Alejandro II hacia una Rusia más moderna condujeron a la liberalización de los siervos y a la adopción de reformas judiciales que, en 1864, aproximaban el imperio a otras monarquías europeas. Pero esos avances quedaron truncos. Ante el atentado terrorista que le costó la vida a su padre, el zar Alejandro III sepultó los proyectos de una limitada apertura política que incluía la adopción de una Constitución, fortaleció la autocracia y acentuó el ritmo de la industrialización rusa. Como sucedería con Stalin poco más de medio siglo después, la industrialización se impulsaría sin importar los costos. La combinación de férreo autoritarismo y modernización sobrevivió por algunas décadas alimentando y acumulando contradicciones. Pero, ¿por cuánto tiempo se podía intentar compatibilizar lo antagónico?

El último zar, Nicolás II, profundizó estas tensiones con su visión de Rusia y de su propio rol. Su adhesión al tradicionalismo, a la esencia autocrática de la monarquía y a la identificación del campesinado con "el ser genuinamente ruso" -que encarnaba valores como el trabajo duro, la resignación y la fe religiosa- inhibía su comprensión de los importantes cambios que se desarrollaban en el imperio.

En momentos de la asunción de Nicolás II, la Rusia de fin del siglo XIX sufría el impacto de un proceso social profundo: la desarticulación del antiguo sistema de producción rural representado por el desplazamiento creciente de la aldea por parte de las ciudades. Como sostiene Orlando Figes, en las últimas décadas del siglo XIX la comuna campesina ya no alimentaba a la creciente población rural, ni aportaba un excedente comercializable al que el Estado pudiera cobrarle impuestos. En consecuencia, a medida que se profundizaba la crisis agraria, ésta se convertía en el núcleo organizador de la revolución campesina.

Así, los estallidos de múltiples conflictos confluyeron en 1905. A la primera protesta pacífica de obreros y campesinos que reclamaban al zar mejoras laborales le siguió una feroz represión que dejó numerosas víctimas en la jornada conocida como el Domingo Sangriento. A partir de entonces, el tiempo histórico se aceleró. Las fuerzas sociales, que reclamaban un cambio profundo impulsando movilizaciones, huelgas y motines eran tan heterogéneas como lo eran sus reclamos: los obreros de las fábricas de San Petersburgo y de los ferrocarriles demandaban mejores condiciones de trabajo; los campesinos, ayuda para poder sobrevivir ante la escasez de tierras; los liberales buscaban cambios políticos, y las minorías no eslavas, mayores derechos.

Sólo bajo una extrema presión, el zar aceptó las innovaciones políticas -en las que no creía- que desembocarían en el Manifiesto del 17 de octubre de 1905: derechos civiles, legalización de los partidos políticos, sufragio universal y el establecimiento de la Duma como órgano legislativo central. Pero los cambios -incluida la Constitución de 1906- resultaron insuficientes y la ebullición rusa se potenció con la política internacional impulsada por el zar. Los costos humanos y la derrota militar en la guerra ruso-japonesa que finalizó en febrero de 1905 generaron motines y levantamientos en otros sectores sociales y expandieron la insurrección a Vladivostok, Sebastopol y Kornstadt. Tras el boicot de los bolcheviques en las elecciones a la primera Duma y las agitaciones posteriores, el zar disolvió en 1906 la institución legislativa en la que nunca había creído.

El germen de 1917
¿Fue aquélla una revolución inconclusa? ¿Resultaron los acontecimientos comprendidos entre febrero y octubre de 1917 la culminación del proceso iniciado en 1905, que sobrevivió con menor voltaje y de nuevo se aceleró en aquellos pocos meses? Hay un paralelismo interesante entre estos sucesos y los de fines del siglo XX, cuando también en unos pocos meses, pero de 1991, la URSS se diluyó como antes se había diluido el imperio.

Pese al retroceso, los avances de 1905 lograron dejar su huella en la Rusia imperial. Antes de esa fecha, la tasa de analfabetismo de la población rural adulta era del 75 por ciento mientras que, hacia 1914, se habían creado unas 50.000 escuelas -con tres millones de estudiantes y unos 80.000 maestros-, y once universidades con 40.000 estudiantes.

Estos logros en la instrucción pública, sumados al malestar creciente y al descontento político que encontraba también en la aristocracia una buena caja de resonancia, estimularon una mayor toma de conciencia acerca del anacrónico y represivo sistema imperial. Por eso es que la revolución de febrero de 1917 -que llevó a la abdicación del zar y a la creación de un gobierno provisional- tuvo el respaldo de un conjunto variado de grupos sociales y políticos. Sin embargo, aunque se concretó la elección de una Asamblea Constituyente, la lentitud del proceso de reformas y la decisión de mantener a Rusia en la Primera Guerra Mundial acentuaron su impopularidad.

Por otra parte, en la medida en que los socialistas lograron capitalizar ese descontento y extender a otras ciudades rusas sus organizaciones populares, los soviets, la balanza del poder pronto quedó inclinada y el regreso de Lenin desde el exilio terminó por definir la ecuación. Su herramienta para alcanzar y conservar el poder fue el partido bolchevique. En aquellos meses decisivos, Lenin lideró entonces una revolución que logró ser encauzada y concluida. Para ello revirtió rápidamente dos decisiones clave que había tomado el gobierno provisional: suscribió el tratado de Brest-Litovsk que detuvo la invasión alemana a costa de la pérdida de territorios y disolvió la Asamblea Constituyente, con lo cual eliminó de la vida política una Constitución que fuera producto de los diversos matices ideológicos presentes en aquella asamblea. Para fortalecer aún más su propia autoridad, socavó el poder de los soviets debilitando su poder horizontal y de fuerte impronta deliberativa para reemplazarlo por el manejo jerárquico y profesional del Partido Comunista. Hélène Carrère d Encausse se ocupó de destacar en su biorgrafía de Lenin la perdurabilidad del sistema totalitario que el líder bolchevique había construido en los escasos cuatro años que detentó el poder.

Pero la temprana muerte de Lenin en 1924 dejaría a los bolcheviques y a toda Rusia en manos de Stalin, con quien la profundización de la represión interna adquiriría dimensiones nunca antes vistas: purgas en el partido, juicios falsos y sumarios, hambrunas, deportaciones de grupos étnicos, encierros en los gulags y las internaciones en instalaciones psiquiátricas fueron constantes en un país paralizado por un terror que ni siquiera se detuvo en las fronteras soviéticas y alcanzaron a Trotsky en el exilio.

¿Pudo haber sido diferente la revolución sin la figura de Stalin? ¿Hubiera sido Lenin un conductor menos sangriento? Las preguntas contrafácticas no siempre son productivas, pero en este caso ayudan a centrar la reflexión en la génesis del proceso y en cómo en esa génesis está su rasgo constitutivo. La revolución se impuso violentamente -no decía Marx que "la violencia es la partera de la historia"- suprimiendo toda disidencia. En ese sentido, Stalin fue la consecuencia de Lenin.

Discrepancias ideológicas
Con todo, los postulados del nuevo modelo soviético -el proletariado, el partido monopólico y vanguardista, la propiedad estatal de los medios de producción y la colectivización de la tierra agrícola- eran motivo de discusión también dentro de la propia cúpula bolchevique en donde había profundas discrepancias sobre cómo continuar la revolución. Ideólogos, cuadros políticos y también filósofos, historiadores y politicólogos debatieron ferozmente sobre las contradicciones y diferencias entre los postulados revolucionarios teóricos y la revolución real, la consolidación del proletariado y la siempre lejana sociedad sin clases, la revolución permanente versus la revolución por etapas, la necesidad del Estado y el postulado de la abolición del Estado.

Mientras tanto, el mundo asistía con enorme temor a la indefinición de si la revolución soviética intentaría tener alcance universal u optaría por consolidarse en la URSS. Por otra parte, luego de un período de repliegue, el país retornaba victorioso al escenario mundial tras la Segunda Guerra Mundial, convertido en el dueño del destino de media Europa. Poco después alcanzaba el status de una superpotencia nuclear, coprotagonista entre 1947 y 1989-1991 de la Guerra Fría.

Pero el impacto del proceso revolucionario resultó aún más vasto. Además de moldear el sistema internacional al haber dado nacimiento a la superpotencia soviética -calificada como pragmática y conservadora por numerosos marxistas- la Revolución de Octubre fue entendida como un modelo por imitar para muchas naciones y pueblos que buscaban romper con pasados de opresión o colonialismo en lugares muy diversos del mundo. Sin embargo, en su nuevo rol internacional, la URSS mostró una conducta ambigua y cínica: alentó selectivamente la exportación de la revolución sobre la base de un pragmatismo categórico y suprimió movimientos aperturistas en su esfera de influencia como la primavera de Praga.

La apertura
Lo cierto es que, en poco más de un siglo, la historia rusa ha visto nacer y morir buena parte de sus instituciones fundamentales. La Perestroika impulsada por Mikhail Gorbachov a mediados de la década del 80 -que tuvo su antecedente en el célebre discurso de Nikita Krushev en el Vigésimo Congreso del Partido Comunista- inició un proceso de autocrítica y apertura que culminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Desde 1991, la Rusia independiente, inició de modo brutal la transformación hacia una economía capitalista y un sistema político más abierto en la que la revitalizada Iglesia Ortodoxa constituye una institución socialmente valorada.

La historia rusa parece sugerir que en ese país los procesos de cambio no operan de modo gradual. Hay numerosos ejemplos de innovaciones impuestas de modo tajante y con altísimos costos y rebeliones que se suceden como borbotones teñidas de rojo. La revolución de 1917 no escapó a esa dinámica tan rusa.

Tampoco el ingreso al capitalismo globalizado fue gradual. Transformada ahora en un mercado emergente muy atractivo para la economía mundial transnacionalizada, Rusia ha vuelto a convertirse en una sociedad de clases con notorias asimetrías de ingresos (muchos se preguntan cómo hará una sociedad que aprendió a valorar la equidad para superar la vulnerabilidad social producida por la abrupta adopción del capitalismo salvaje) y con una democracia acosada por la corrupción y cierta tendencia al centralismo político.

Sin embargo, las dificultades aún no resueltas no deberían hacernos perder de vista que, a 90 años del inicio de la revolución que cambió todo un siglo, el pueblo ruso ha logrado construir un presente pacífico sin guerras, ni purgas, ni gulags. No es poco después de tanta muerte.

Por Graciela Zubelzú. Doctora en Relaciones Internacionales. Investigadora del CONICET y docente en la Universidad Nacional de Rosario.

La Nación, Buenos Aires
21.10.2007


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