Un país de susurros

Desde la apertura de los archivos en los últimos quince años, se pudo investigar sobre el aspecto político de la era soviética. Orlando Figes, uno de los más reconocidos expertos sobre historia rusa, habla en exclusividad con La Nación sobre su nuevo libro, en el que ilumina la incidencia del régimen comunista sobre la vida privada

KulakLondres.-"No se puede hacer una omelette sin romper huevos." Una y otra vez, durante el período soviético, se repetían esas palabras para justificar la caída de miles de inocentes, víctimas de la represión del Estado en la supuesta búsqueda de una sociedad ideal. Por eso, nadie quería llamar la atención o levantar la voz, no fuera cosa de ser acusado de reaccionario y, en la época de Stalin, enviado al Gulag. Así, la Rusia soviética se convirtió poco a poco en un país de susurros. La sociedad rusa estaba plagada de informantes cuyas palabras en el oído oficial eran un seguro pasaporte para que amigos, vecinos, colegas y aun padres fueran enviados a Siberia. Pero muchos otros, en cambio, atesoraban esas historias secretas que no podían decir en voz alta en sus diarios íntimos, en cartas a familiares y papeles personales.

El investigador británico Orlando Figes, reconocido internacionalmente como uno de los mayores especialistas en la historia de la Rusia pre y posrevolucionaria viajó a ese país una y otra vez junto con su equipo -un verdadero ejército de investigadores-, para dar con ese material oculto, con los testimonios orales de quienes habían vivido la época. Su objetivo era iluminar la incidencia del comunismo soviético sobre la vida privada. El resultado fue The Whisperers: Private Life in Stalin s Russia (Susurros: vida privada en la Rusia de Stalin) , "un valioso tributo a la humanidad de las víctimas del terror", según The Independent; "Un libro importantísimo: absolutamente confiable, vívido, preciso y, en partes, casi insoportablemente conmovedor", según el Sunday Telegraph .

The Whisperers: Private Life in Stalin s Russia"Teníamos que hacerlo ya", explica Figes, autor de los aclamados Revolución Rusa 1891-1924. La tragedia de un pueblo y El baile de Natacha. Una historia cultural rusa y profesor de historia del Birkbeck College de la Universidad de Londres. "Una de las razones por las que no hice este trabajo a principios de los 90 fue porque sentía que la gente no estaba lista para abrirse, que los que habían vivido todo aquello iban a necesitar por lo menos diez años para explorarse a sí mismos antes de poder hablar de aquello sobre lo que ni siquiera habían hablado nunca con sus hijos o nietos, en muchos casos, para protegerlos. Al mismo tiempo, era gente muy mayor, y más adelante hubiese sido demasiado tarde", le dijo a La Nación Figes; de hecho, al momento de la publicación de esta entrevista, un cuarto de las personas que fueron entrevistadas para el libro ya han fallecido.

Sin embargo, los testimonios de las víctimas de la opresión del Estado soviético no sólo permanecen en las magníficas páginas de Figes. Una amplia selección de la grabación de las entrevistas e imágenes del material de archivo ya están disponibles en la página web del autor www.orlandofiges.com , que, en breve, estará completa. Que "cualquiera, en cualquier lugar del mundo, pueda leer las cartas y diarios íntimos escondidos bajo colchones durante años es el logro para la eternidad que tiene el trabajo de Figes", dijo Ann Applebaum, la periodista norteamericana ganadora del Booker Prize con su libro Gulag. Una historia. "Si bien espero que algún día haya un monumento físico a las víctimas del estalinismo en Moscú -escribió Applebaum en la revista Spectator - preservar sus propias palabras es el mejor homenaje que se les puede hacer". Para quienes quieran escuchar a estos ancianos rusos recordando su vida (con una traducción casi inmediata al inglés) y con el mismo Figes mismo hilvanando las historias, se puede entrar a www.bbc.co.uk/radio4/archivehour/ y buscar "Stalin s silent people". Se trata de un especial que el historiador preparó para la radio de la BBC sobre los secretos de la vida en familia durante el reino del terror de Stalin.

Porque en el corazón de la narrativa de Figes está siempre la familia, estructura que el partido trató de eliminar mezclando a los trabajadores urbanos en edificios comunales y dispersando a los campesinos en granjas colectivizadas. Nada lo ejemplifica mejor que el culto a Pavlik Morozov, el niño de 13 años que denunció a sus padres a las autoridades, fue asesinado por su familia y el Estado lo convirtió en mártir. Si bien lo más probable es que haya sido un mito, su historia era de lectura obligatoria en la escuela, se interpretaba su vida en el teatro y la ópera y los chicos peregrinaban a la que supuestamente había sido su casa. La lección era clara: si había que elegir entre el Estado y la familia, el Estado estaba primero.

Como Figes bien explica en el libro, que al igual que los anteriores será publicado en castellano por Edhasa, las familias eran accidentes biológicos y los padres podían ser ideológicamente peligrosos, pero el Estado era el que más amaba a los niños y éstos debían, por lo tanto, responder con reciprocidad. "Al amar a un niño, la familia lo convierte en un ser egoísta y lo estimula a sentirse el centro del universo", escribió un filósofo de la educación soviético, citado por The Times , en 1924. En la utopía comunista, todo amor familiar era peligroso como demuestra la historia de Antonina Golovina que recoge Figes. Su padre fue declarado enemigo del pueblo, por lo que ella, en la escuela fue declarada enemiga del pueblo también. "¡Espero que todos ustedes sean exterminados!" le aclaró la maestra. A los 18 años falsificó papeles de identidad, reescribió su historia y fue aceptada en la Facultad de Medicina. Cuando finalmente se animó a hablar sobre su pasado muchos años después, se enteró que su marido de toda la vida había pasado la infancia, al igual que ella, en un campo de trabajo esclavo en Siberia.

Historias así abundan en los testimonios orales que recolectó Figues, algunas tan extraordinarias que sería imposible inventarlas. Como la de los Ozemblovsky, una familia de la región de Minsk, cuyos seis integrantes fueron obligados a exiliarse en el norte del país. Mientras Aleksandr, el padre, se quedó a cargo de los dos hijos varones, su mujer, Serafima y las niñas de 9 y 5 años se escaparon de vuelta al Sur a través de los bosques. Serafima tenía varios dientes de oro y periódicamente se arrancaba uno para conseguir que alguna carreta las levantase una parte del trayecto. Al llegar al hogar, Serafima dejó a las chicas y se fue al Norte nuevamente, para enterarse de que su marido había sido arrestado porque uno de sus hijos se había vuelto informante de la policía. Serafima misma fue arrestada, se escapó, volvió al Sur, juntó a sus hijas y armó un nuevo hogar, donde unos años más tarde toda la familia volvió a reunirse.

-Después de toda una vida profesional dedicada a estudiar Rusia, ¿hubo algo que lo sorprendiera al investigar la vida privada durante el comunismo?
-Los cinco años en los que trabajé en este proyecto fueron de una sorpresa constante. Desde que se abrieron los archivos, en los últimos diez o quince años, ya se había podido investigar mucho sobre la estructura del partido y la política. Sin embargo, nadie había logrado entender cómo el sistema de valores oficial había logrado entrar en la vida privada de la gente y cómo la población lo había internalizado. Nuestro desafío fue hacer el primer estudio sistemático al respecto, y muchos de los hallazgos fueron totalmente inesperados. Primero de todo, fue sorprendente el nivel de miedo y ansiedad que todavía queda en la población al hablar sobre su vida personal y la de su familia. Una de las razones por las que no hice este trabajo a principios de los 90 fue que sentía que la gente no estaba lista para abrirse. Esta vez, en cambio, encontré que si bien había muchos que efectivamente no sólo querían, sino que necesitaban hablar de estos temas, les resultaba prácticamente imposible por el pánico a decir algo equivocado y que eso tuviera consecuencias. Y esto no sólo en el campo sino incluso entre la elite intelectual moscovita. Lo otro que me sorprendió fue una constante paradoja: la gente que más había sufrido por el régimen, era generalmente la que más profundamente creía en él.

-¿Cómo es eso?
-Por ejemplo, entrevisté al hijo de unos campesinos que habían sido enviados al Gulag en Siberia. Toda su vida había sido discriminado. Aun así, siempre trató de ser admitido en el partido y una de sus mayores alegrías fue cuando lo logró, en 1960. Tratamos de llegar a su estructura de creencias y nos dimos cuenta de que él realmente creía en Stalin y en los enemigos del pueblo, a pesar de haber sido declarado uno de ellos junto con su familia. El mismo no podía explicar esa aparente contradicción. Finalmente dijo que si uno creía en Stalin y creía en que había un objetivo ulterior para el bien de todos, era más soportable sufrir la represión. Es decir, el caso propio, la tragedia individual, se transformaba en algo necesario para el gran logro final. Es una mentalidad muy difícil de entender desde una perspectiva occidental, pero sirve para iluminar por qué muchas personas sienten todavía nostalgia por el período estalinista, incluso quienes personalmente sufrieron la represión.

-¿Diría que es un trabajo que sirve para entender la Rusia actual?
-Sí, creo que podemos extraer lecciones cruciales. La historia, por supuesto, siempre es tanto sobre el pasado como sobre el presente, porque es tanto sobre la memoria como sobre la construcción de la identidad actual, sobre la manera en la que una población se interpreta a sí misma. Con esta investigación pudimos aprender mucho sobre la naturaleza de la dictadura de Stalin y lo que le hizo a la vida de la gente, pero más importante aún es que sirve para entender lo que yo llamo la conformidad silenciosa que existe en Rusia hoy. ¿Cómo entender, si no, que el 80 por ciento de la población apoye a Putin? Lo que el pánico y la ansiedad de la gente pone al descubierto al hablar aún hoy es que se trata de una sociedad que ya no reflexiona sobre sí misma sino que se mueve por actos reflejos que la llevan a acallar las críticas personales y moverse con la mayoría.

-¿Cuál diría que es la gran lección que se puede extraer de su trabajo?
-Al terminar el proyecto me di cuenta de que la herencia de Stalin afectó a tres generaciones. Por eso la gran lección es que la represión que se ejerce contra una persona no sólo la afecta a ella y a su familia inmediata sino a muchas personas y a sus descendientes. En la última parte del trabajo nos enfocamos en los hijos y nietos de personas que habían sufrido la represión estalinista y encontramos un patrón común. En general sus padres y abuelos, para protegerlos, no les habían contado lo que habían vivido, pero los chicos instintivamente lo percibían y se autocensuraban, se ponían un límite interno a lo que se atrevían a hacer y decir. Por eso muchos hijos y nietos de las víctimas, aunque sus simpatías estuvieran del lado de los disidentes en los 60, no hacían nada al respecto. Esto para mí explica por qué el sistema soviético duró lo que duró. Ideológicamente, en las décadas del 60 y 70 el sistema estaba muerto, pero si bien nadie creía en él tampoco había una verdadera oposición. ¿Por qué no la había? Por lo que algunos de nuestros entrevistados llamaron un temor genético, que recibieron en la sangre de sus antepasados.

-¿La Rusia estalinista fue un ejemplo único o comparable con otros sistemas represivos?
-Muchas veces se hacen comparaciones morales con el régimen nazi pero eso creo que es un error. La Alemania nazi duró 12 años; el sistema estalinista soviético, 75, y de muchas maneras sigue vivo hoy. Cuando una dictadura permanece durante tanto tiempo prácticamente cambia la condición humana. Creo que la única comparación acertada es, obviamente, con China, pero quizá sirva para entender también a las culturas que han tenido regímenes autoritarios por un período muy prolongado y se puedan extraer lecciones sobre cómo condiciona a la gente ese tipo de atmósfera política. Al respecto, lo otro que me sorprendió fue cómo, en el medio de las historias terriblemente tristes, salían historias de gente de extraordinario valor. El terror sacó lo peor, pero en algunos casos, sacó lo mejor de la población, y esas historias sirven para recordarnos de lo que son capaces los seres humanos en condiciones imposibles, de los extremos a los que están dispuestos a ir para salvar a otros. Fue muy conmovedor.

-¿Pero cómo se explica que algunos obedecieran ciegamente y otros pusieran su vida en peligro por los demás?
-Me gusta creer que los seres humanos son capaces de hacer el bien tanto como son capaces de hacer el mal. Lo más interesante es cómo muchas veces una misma persona es capaz de ambas cosas. Encontré muchas historias que lo demuestran. Por ejemplo, la de un fiscal de Leningrado que, al enterarse de que los padres de una chica de 14 años habían sido arrestados y habían tenido que dejar a su hija a cargo de dos medio hermanos pequeños, fue y personalmente se ocupó de abrirle la casa (que había quedado sellada) para que sacara dinero y objetos para poder sobrevivir. Si alguien se enteraba de lo que había hecho, él hubiese sido enviado directo al Gulag. Es la historia de valentía de un hombre que a la vez era parte del sistema de represión. Los seres humanos somos animales complejos: si nos sueltan en un sistema político como el soviético podemos agachar la cabeza y cometer atrocidades, pero a veces nuestra humanidad igual puede resplandecer.

-Al cumplirse noventa años de la Revolución Rusa, ¿cómo cree que debería ser recordada?
-Es una pregunta difícil. Hoy todos vemos a la Revolución Rusa como lo que fue: un experimento utópico que salió mal y arruinó la vida de millones de personas. Lo que no podemos saber es, en el contexto del Armagedón que fue la Primera Guerra Mundial, si no fue acaso un experimento utópico que necesariamente debía intentarse. Lo que me parece peligroso es hacer juicios morales si no entendemos los tiempos que se vivían, como decir -desde nuestra distancia- que se trató sólo de un acto de maldad planeado por Lenin y sus seguidores. Simplemente, creo que fue uno de los momentos trágicos de la historia de la humanidad y que así es como debe recordarse.

Por Juana Libedinsky


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