El hombre del espejo

Gregor von Rezzori, uno de los mayores y menos divulgados escritores mitteleuropeos del siglo XX, es reivindicado por el autor de Microcosmos como gran profeta de la metamorfosis que sufre Occidente hoy

Gregor von RezzoriUno de los libros de memorias de Gregor von Rezzori, Flores en la nieve , lleva el subtítulo “Retrato para una autobiografía que nunca escribiré”. El yo se busca en los retratos de los otros, en las cosas, en las cosas ocurridas, más que a él, en torno a él. Es la única manera auténtica de hablar de sí mismo; sólo a través de lo que contamos de los otros, amigos o enemigos, paisajes, eventos, vicisitudes acaecidas poco importa a quién, animales, guerras, muertes, pasiones propias o ajenas, se puede hacer entender algo de lo que somos, nuestros amores, nuestros dioses, nuestras fobias, nuestras obsesiones. En su última obra, la novela Kain , Von Rezzori lleva al punto culminante este juego de espejos entre el yo y los otros, con tres personajes que dicen “yo” -observa Tommaso Landolfi- y la contaminación de la novela inconclusa y el tema cinematográfico inexistente, una risueña danza de profundo dolor.

¿Novela como construcción o como deconstrucción? Es difícil decir cual de las dos es la forma más alta. En Ermellino , el señor Tarangolian canta una loa a una hoja de arce marchita, convertida en una encantadora filigrana de finísimas venas y nervaduras: esa hoja es la paradójica idea y la verdad de sí misma, es la belleza suprema, la esencia del arte, pero ese arte es resultado de la destrucción. “¡Ah -exclama el prefecto-, ah, os digo, aprended a amar la destrucción!”

El continuo distanciamiento y ajuste de la perspectiva y del escenario es una técnica de sustracción y, por lo tanto, de resistencia a la abstracción que siempre engulle al yo, cuya única profesión puede ser la de “contemporáneo, comparsa de un drama con epílogo ignoto. Media docena de directores, veinte millones de apuntadores”. La escritura se interna en esta impersonalidad, extrayéndola de lo indistinto, pero también contribuyendo a convertir al yo en un anónimo hecho de la percepción.

La vieja Austria, paisaje del artificio, montaje de citas y sobre todo, anacronismo, ha proporcionado a Von Rezzori la visión del mundo como “malentendido”, y sobre todo de una “esfera intermedia de la realidad (...), esa extraña luz de acuario en la que vivimos y no vivimos, que era tiempo, pero no nuestro tiempo...” Ese tiempo que no es el suyo tampoco es el nuestro: el tiempo de estos años, de hoy, de esa transformación del mundo que sólo ahora está produciéndose, exasperando aquel “delirio de muchos”, según Robert Musil, es nuestro ser. Y Von Rezzori, epígono de la inexistente aunque carnosa Teskovina, es el precursor de aquello en lo que el mundo occidental se está convirtiendo y en lo que está viviendo sólo ahora, en una metamorfosis de la sociedad que abarca sentimientos, valores, juicios y al hombre mismo, su sustancia física, convirtiéndolo verdaderamente en otro -el “súper-hombre nietzscheano, un nuevo estadio antropológico que trasciende la frontera del individuo humanístico, del yo milenario.

Hasta las cosas, la objetividad del mundo, parecen disolverse, y se ha dicho que los bits , abstractos e inmateriales, están sustituyendo a los átomos, a la realidad corpórea, física; la experiencia parece pertenecer a todos y a ninguno, el yo parece hacerse pedazos y también parece reproducible a nuestro antojo. La virtualidad sustituye a la realidad, en un proceso que cambia los sentimientos, la percepción del individuo y por lo tanto su naturaleza, cambiando así su historia y la manera de contarla. Sin duda se produce, en un tiempo más breve de lo que los acontecimientos ocurrían en los milenios y siglos precedentes, una mutación antropológica, que da como resultado un tipo de hombre nuevo y aún desconocido, cuya unidad está hendida, genérico e intercambiable, semejante a las antiguas figuras míticas, que son y no son individuos, que son todos y ninguno.

Von Rezzori es el poeta de una “abstracta” esfera intermedia de la realidad que es también la esfera en la que nos movemos hoy; el bazar de Chernopol es tal vez un taller artesanal en la que se construyen, sin creerlo del todo, los replicantes que ahora predominan en una ciudadanía mundial, cuya capital no es Chernopol (antes Viena) sino más bien Nueva York... la “¡Nueva York, Nueva York!”, tan familiar para Von Rezzori como las otras dos ciudades y sin duda, en el fondo, no muy diferente de ellas, en la seducción de su manera de representarse. Se les promete a todos, inútilmente, una inmortalidad digital y una clonación impersonal, y hoy vale, para nosotros, lo que el escritor afirma en el Edipo : “Quédate tranquilo, ninguno de nosotros morirá nunca. ¿Cómo podríamos? Si de hecho no existimos, egregio amigo”..

El bar de Charley, centro de los esnobs berlineses y de su vida fútil durante los años de entreguerra, se convierte así en el espejo de lo efímero, y de esa realidad que se hizo y se va haciendo cada vez más palpable, una realidad que no sólo existe en las imágenes multiplicadas por los diarios y la pantalla del televisor, sino que también se conserva eternamente contenida en un disquette; la inmortalidad garantizada de lo efímero, el universo y la vida guardados en custodia, ya no en la memoria infinita de Dios, sino en una clave del sistema informático, toda la enciclopedia de los muertos (de los vivos muertos) de Danilo Kis en un par de centímetros cúbicos.

La fatuidad de la moda y del erotismo más fugaz se convierte en el angustioso autoengaño que permite soportar esta insostenible fugacidad, mientras que en alguna parte ya rebulle la lava que cubrirá y que inmovilizará todas las cosas. Sólo queda confundir con la futilidad -y si es necesario con la superficialidad- la melancolía que oprime el corazón, la dolorosa soledad, la nada que drena cada cosa, el oscuro vacío de la noche en el que “el banquete de los días pendía como un papel colorido y roto”. ¿Qué promete o amenaza la insulsa cancioncilla que flota en el aire? “Flor de saúco, flores de rosa, cuando veo a mi esposa...” ¿En esta devastación del corazón, el cuidado minucioso y apasionado de una estúpida corbata puede asemejarse a la locura amorosa por una top model como Gloria, narrada, evocada, inventada? El autor siempre ha proclamado la propia “incredibilidad” de Von Rezzori en las memorias tituladas Mir auf der Spur , bellísima, artificial y trágica en la fragilidad del artificio y del carácter convencional de la star que inútilmente protege esa fragilidad.

Von Rezzori es un intenso poeta del eros en todas sus facetas, desde el sexo brutalmente inmediato al cómicamente perverso, de la fugaz aventura que sin embargo alberga en sí la eternidad del instante a la ternura profunda de la existencia compartida, desde los pequeños y astutos engaños hasta esa perdición nostálgica y total que se parece a la muerte, porque está siempre acompañada, en su exigencia de totalidad, de la conciencia de su hiriente incompletud, del conocimiento de que -como se dice en Abele -, “el encuentro de dos seres es como el choque entre dos bolas de billar: siempre hay un punto de una que toca un punto de la otra”.

El amor -ya sea brevísimo o el que dura toda una vida- es la nostalgia de salvar la existencia de su caída en la nada, como cuando el señor Tarangolian, antes de partir, deja errar sus ojos sobre las cosas y sus contornos para absorber su visión, para colocar esos puntos en un sistema geométrico del que su memoria pueda servirse como de un símbolo taquigráfico, para que toda la realidad de la habitación confluya y se condense en la punta encendida de su cigarro.

Por Claudio Magris
Corriere della Sera.



Un aristocrático autor de múltiples oficios

El gran escritor Gregor von Rezzori nació en 1914 en Czernowitz (“ex capital del ex ducado de la Bucovina, perteneciente a la ex monarquía austrohúngara”) y murió en 1998 en Donnini (Toscana), Italia, país en el que residía desde 1960. Hijo de una familia aristocrática, vivió en Bucarest, Berlín, Munich, Hamburgo, París, Italia y tuvo numerosas actividades: además de escritor, fue periodista, dibujante e ilustrador, guionista, actor (ha publicado sus experiencias de actor en México, al lado de Brigitte Bardot y Jeanne Moreau, en el rodaje de la película, Viva María! de Louis Malle).

También trabajó en radio y televisión. Considerado heredero del grupo de escritores mitteleuropeos formado por Joseph Roth, Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal, Robert Musil y Franz Werfel, ha escrito páginas memorables sobre la Europa del imperio austrohúngaro.

En Un armiño de Chernopol, novela consagrada por la crítica europea como la obra maestra de Von Rezzori, explora el mundo de su infancia y logra dar a ese mundo del pasado una dimensión de patria universal. El autor perfi la su autorretrato en Flores en la nieve, a través de una serie de personajes que dejaron sus huellas en él para siempre y de los que fi guran sus fotografías al comienzo de cada capítulo: Kassandra, la madre, el padre, la hermana, Strausserl y Czernowitz, su mítica ciudad natal. Su escritura profunda y llena de atices muestra con sutileza ironía un mundo que desapareció con la Segunda Guerra Mundial.

Entre sus obras narrativas en castellano figuran:

  • La muerte de mi hermano bel
  • El expreso de Oriente (1992)
  • Memorias de un antisemita
  • El rey sin trabajo: historias e Magrebinia (1989)
  • Un armiño en Chernopol 1993)
  • Flores en la nieve (1996)

La Nación, Buenos Aires
10.06.2007


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