Polonia intenta hacer desaparecer de sus puertas la moribunda amenaza imperialista rusa

La europea Varsovia y sus fronteras orientales

Para Rusia, la injerencia del Gobierno del Presidente polaco, Alekxander Kwasniewski (de lentes), en la crisis política que vivió Ucrania el año pasado fue clave para allanar la llegada al poder de Viktor Yuschenko, a quien saluda en esta imagen. 

Viktor Yuschenko y Alekxander KwasniewskiSu cercanía con la Unión Europea y con Estados Unidos ha convertido al Gobierno del Presidente polaco, Alekxander Kwasniewski, en la bisagra estratégica entre Occidente y el Oriente que se aleja cada vez más de Moscú. Nada anda bien entre Polonia y su flanco oriental. Según Adam Rotfeld, ministro polaco de Relaciones Exteriores, sus relaciones con Rusia van “de peor en peor”. Tampoco son mejores con Bielorrusia. Los dos países están a un paso de la ruptura, a tal punto que “pronto no quedarán diplomáticos que expulsar” ironiza Jacek Zakowski, editorialista del semanario “Política”. El tono sube y Polonia se pone firme. Su adhesión a la OTAN (1997) y luego a la Unión Europea (2004), tras el derrumbe de la Unión Soviética , le garantizan soberanía y alianzas estables y poderosas. Eso le brinda los medios de influir sobre los acontecimientos y Polonia no pretende privarse de ellos, después de tantos siglos de opresión, de revueltas abortadas y de humillaciones.
El activismo polaco para forzar el curso democratizador en una Bielorrusia bajo la férula de un Presidente de tendencias cada vez más dictatoriales no es, pues, un capricho. Varsovia quisiera más que nada ver desaparecer de sus puertas la amenaza imperialista rusa, aunque esta última se encuentre moribunda.
La diplomacia polaca se ha beneficiado de la ampliación de la Unión Europea. Ahora, en Bruselas, su voz se siente, y a veces se escucha, en relación a los temas orientales. Es un asunto geográfico: Ucrania, Bielorrusia y Rusia ya no son solamente vecinos de Polonia. Desde el 1 de mayo de 2004 lo son también de toda la Unión Europea (UE). Pero ocurre que, de ese vecindario plagado de dramas, Polonia adquirió un real “expertizaje”. Varsovia lo demostró con ocasión de la crisis política en Ucrania a fines de 2004. Vladimir Putin lo reconoció por lo demás, implícitamente y de mala gana, durante la Revolución Naranja en Kiev, cuando denunció la ingerencia de Polonia en los asuntos ucranianos.
Ningún otro Jefe de Estado europeo podía en efecto, como el Presidente polaco Alekxander Kwasniewski, vanagloriarse de la complicidad, y hasta de la amistad, de Leonid Kuchma, el Mandatario saliente de Ucrania que se aferraba a su sillón presidencial, así como de ganar progresivamente la confianza de su oponente y futuro sucesor Viktor Yuschenko.
Mientras, a comienzos de los años 2000 Ucrania era puesta en la lista negra por EEUU y la UE debido a las tendencias autoritarias de un régimen corrupto, Varsovia reunía al poder y la oposición en torno de una misma mesa.
Hay que agregar lo que un diplomático polaco de alto rango califica de “idioma común” entre países ex comunistas en proceso de transición. “Los europeos son más formales y legalistas. Nosotros tenemos un enfoque más flexible”, explica este diplomático, a propósito de las mediaciones europeas en Kiev, que buscaban que la Revolución Naranja no se convirtiera en un baño de sangre.

Execrables relaciones
Finalmente, muchos saludaron la salida positiva del asunto ucraniano como un éxito de la diplomacia polaca al servicio de la causa europea. Aislada, Polonia no hubiera tenido los medios para actuar.
Aliada de EEUU y miembro de la UE , ella logró llevar a la Unión sin duda mucho más allá de lo que los Veinticinco hubiesen podido lograr si la recién llegada no hubiera manejado tan bien las riendas, tanto en Bruselas como en el Parlamento europeo. Esto no significa que los europeos estén dispuestos a ir más lejos. Varsovia, que se proclama el abogado más entusiasta del ingreso de Ucrania a la Unión Europea , encontrará muchas dificultades en el proceso.
Este activismo no ha mejorado las relaciones de Polonia con el poder ruso. Moscú no digiere todavía la afrenta ucraniana y las relaciones polaco-rusas son execrables. Durante las conmemoraciones en Moscú por el fin de la II Guerra Mundial, Putin se dio el maligno placer de condecorar al General Jaruzelski -artífice de la declaración del Estado de Guerra que, en 1981, quebró al movimiento Solidaridad-, desdeñando al mismo tiempo, ostensiblemente, al Presidente polaco en ejercicio.

Liberar Bielorrusia
Polonia presiona para que Bruselas endurezca el tono en relación a Minsk e influya sobre Moscú para que éste suelte a su inconstante aliado bielorruso. Obtuvo el desbloqueo de un proyecto europeo para apoyar a los medios bielorrusos independientes y de una moción de la Comisión condenando la represión del régimen de Lukashenko contra la Asociación de Polacos de Bielorrusia.
Es poco probable la reedición de un escenario a la ucraniana en la elección presidencial prevista para el 2006 en Bielorrusia. La oposición no es allí tan fuerte, la sociedad civil está menos desarrollada, la influencia extranjera es más débil y el régimen vigente es más fuerte. Pero Polonia sueña con ello, igual que Lituania. ¿No demostró Ucrania que se pueden soltar las ataduras de su invasivo vecino?
Desembarazar a Bielorrusia de su Presidente autoritario y hacer caer al último sobreviviente de la época soviética en el campo de las democracias, significaría empujar un poco más hacia el Este la amenaza imperial de Rusia. Moscú y sus aliados ya no tendrían entonces fronteras comunes con Polonia, más que el pequeño enclave de Kaliningrado, sobre el Mar Báltico.

Christophe Châtelot
©Le Monde
(The New York Times Syndicate)
 Agosto, 2005


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