El juicio de los inocentes

El escritor alemán Bernhard Schlink, que viene a Buenos Aires para participar de la Feria del Libro, habla de su novela El lector, de los difíciles años de la posguerra y del conflicto moral y afectivo que dejó como legado el nazismo.

Bernhard Schlink se ha hecho famoso en Europa y en los Estados Unidos con un solo libro, El lector (Anagrama), publicado en 1995 y traducido a decenas de lenguas. En alemán, el título de la obra es Der Vorleser. La versión exacta de ese título sería "El que lee en voz alta". El hecho de que Oprah Winfrey en su popular programa de televisión recomendara la novela convirtió el relato en un best seller en los Estados Unidos y atrajo la atención del mundo editorial sobre su autor más allá de Europa.
El caso de Schlink es curioso. Los dilemas éticos lo apasionan y, por momentos, uno puede sospechar que lo torturan. En cierto modo, forman parte de su vida cotidiana porque el novelista es, además, juez y profesor de juez y profesor de derecho. Schlink nació en 1944 en la pequeña ciudad de Bethel, cerca de la frontera con Holanda, por lo tanto, el nazismo fue una experiencia de la que sólo conoció las consecuencias de la posguerra, aunque es el nudo de su creación literaria.
Desde su casa berlinesa, antes de viajar a Buenos Aires, Schlink habla por teléfono con amabilidad y paciencia de sus obras y sus criaturas.

Todos sus personajes se plantean cuestiones éticas. ¿Por qué?
Mi interés por la ética quizá derive del hecho de que crecí en un ambiente donde los temas religiosos y éticos eran muy importantes. Mi padre era un teólogo protestante. Mi madre había estudiado teología y era (es, todavía vive) calvinista. Eso seguramente influyó para que mis libros giren en gran medida alrededor del bien y del mal, de la lealtad y de la traición. La religión y la iglesia como institución son muy importantes para mí. Soy miembro de una iglesia y voy al templo con frecuencia.

Usted no es teólogo como su padre, pero se ha convertido en un administrador de la ley, en un juez. En cierto modo, es una especie de sacerdote laico que determina qué está bien y qué no. ¿Por qué no siguió la vocación paterna?
No creo lo suficiente. Mi fe no es lo bastante fuerte. Más que la religión me interesa la política, la historia, los temas sociales. Me hice abogado porque, ya se trate de un juicio o de un tema académico, un abogado debe llegar a un resultado, no puede perder en discusiones y discursos interminables, como ocurre en la literatura o en la filosofía.
Además, de El lector y del libro de cuentos Amores en fuga, Schlink es autor de un ciclo de novelas que tiene como protagonista al detective Selb. Este émulo de Hercule Poirot y del comisario Maigret fue fiscal durante el Tercer Reich y sobrelleva con dificultad el recuerdo de aquellos años terribles en los que su conducta no fue cívicamente intachable. El contraste entre los libros policiales de Schlink y El lector es muy fuerte, aunque también hay ciertos aspectos comunes entre ambos. Los primeros tienen todas las características de una literatura de género, pero los cuestionamientos morales aparecen en esas páginas una y otra vez. El pasado nacionalsocialista oscurece la vida de Selb, del mismo modo que se cierne amenazante sobre la existencia de Michael, el protagonista de El lector.
¿Cuál es el argumento de esta narración perturbadora? Michael, un adolescente de quince años, padece los primeros síntomas de una hepatitis en la calle y es asistido por Hannah, una mujer de treinta y cinco años. El muchacho vuelve al hogar de sus padres y cuando se cura va a visitar a Hannah para agradecerle lo que hizo por él. Ella trabaja como guardia de tranvías: vende los boletos a los pasajeros. Entre Hannah y Michael se inicia una relación que, por momentos, se parece a la que puede tener una madre con su hijo, pero que toma el carácter de un amor pasional, acompañado por ciertos rituales. El más importante de ellos es la lectura. Michael le lee en voz alta a Hannah algunas de las grandes obras de la literatura universal. Entre los dos, como ocurre en todas las parejas, hay algunas desavenencias. Una de esas peleas, debida a un malentendido, desencadena una reacción violenta de Hannah. El episodio queda superado y vuelven los buenos tiempos del amor. Un buen día, sin dar aviso, ella se va de la ciudad y Michael queda abandonado.
Muchos años después, convertido en un aventajado estudiante de derecho, Michael debe seguir las alternativas de un juicio a varias mujeres, guardias de un campo de concentración. Entonces descubre que una de ellas es Hannah, que apenas si intenta defenderse seriamente de los cargos de que la acusan. A medida que se suceden las sesiones, Michael descubre cuál es el gran secreto de la vida de la mujer: es analfabeta y todo lo que hizo de malo en su vida estuvo condicionado por ese hecho decisivo. A partir de ese descubrimiento, Michael se siente desgarrado. Por un lado, le parece que la culpa de Hannah lo compromete. Por otra parte, ¿debería informarle al juez que Hannah no se defiende debidamente para no revelar su analfabetismo? ¿Qué derecho tiene un ser humano, se dice, de sacar a luz la intimidad más hiriente de otro, aunque sea para salvarlo de la prisión?
Un aspecto del libro que la crítica europea, a diferencia de la norteamericana, no ha destacado es el hecho de que Michael es un menor cuando Hannah tiene su primera relación sexual con él y, en ese sentido, ella podría ser considerada como una abusadora sexual. Schlink es muy claro sobre este punto.
-No pensé en Hannah como una corruptora de menores, pero es cierto que, desde el punto de vista legal, ha cometido una transgresión. En su vínculo con Michael desarrolla los juegos de poder del amor. Esos juegos se dan en toda historia sentimental. Hannah es más poderosa que Michael porque lo aventaja en edad, pero él no es un muchacho indefenso. Tiene varias armas. Es un joven que ha crecido en un ambiente burgués, ha sido educado de un modo muy esmerado, sabe leer y escribir. Por cierto, en la relación con Hannah ese poder no le sirve.

Hannah no puede afrontar públicamente el hecho de que no sabe leer ni escribir. Prefiere recibir la peor de las condenas antes que revelar ese secreto. ¿Cuál es la raíz de una vergüenza tan profunda?
Leer y escribir es en la actualidad algo básico. Quienes no leen ni escriben no pertenecen a la sociedad. Son seres marginados, pero sin ningún tinte heroico como el que pueden tener los personajes malditos y marginados de la literatura o del arte. Leí mucho sobre analfabetismo. Las historias sobre los iletrados son muy tristes. Es increíble lo que hacen para ocultar sus carencias. Cuando van a un restaurante, por ejemplo, miran la carta, hacen preguntas de todo tipo a los mozos para tratar de deducir lo que dicen esos signos que tienen delante en un papel. En un país como Alemania, aunque parezca increíble, hay una gran cantidad de analfabetos.

En El lector, la relación entre Michael y Hannah cambia profundamente cuando él comienza a leerle y, años más tarde, se transforma aún más cuando ella aprende a leer. ¿Qué relación establece usted entre el amor, la afectividad y la lectura?
La literatura nos enseña a ver la realidad, a interpretar nuestros sentimientos, nos abre los ojos al mundo propio y al de los otros.

En El lector, Hannah finalmente aprende a leer. ¿Se da cuenta entonces de la gravedad de los hechos que ha cometido? ¿Ese aprendizaje es una puerta hacia la redención?
No quise escribir una historia de redención. Hannah, al final del libro, trata de enfrentar y de asumir el peso del mal que ha hecho, pero no puede soportarlo. Para ella, no hay redención. Llega a dominar la lectura, que podría haberla liberado del horror de ser una guardiana de campo de concentración, pero ese conocimiento le llega tarde, a destiempo.

En sus libros, usted dice que la generación de posguerra, su generación, estuvo condenada al silencio, a la vergüenza, que no podía hablar de los campos de concentración y del Holocausto con la generación anterior.
Hoy, las cosas son muy distintas en Alemania. Se ha escrito mucho, se ha hablado mucho sobre la guerra y el nazismo. Hay libros, películas de ficción, documentales sobre este asunto; sin embargo, para los que nacieron, como yo, en la posguerra, hay algo que no puede transmitirse ni con las palabras ni con las imágenes, hay algo tan terrible que todavía no alcanza su plena expresión y que, por otra parte, nos impidió comunicarnos de verdad con nuestros mayores. Sabíamos que la gente que respetábamos, nuestros maestros, nuestros pastores, habían cometido algún hecho inaceptable, o que habían mirado para otro lado con tal de no ver lo que pasaba.

¿Su libro es autobiográfico?
Todo lo que escribe un escritor es autobiográfico.

¿Hubo una Hannah en su vida?
Mi libro es una novela, es decir, es una ficción; pero, lo repito, todo libro es autobiográfico. -En El lector, Hannah le pregunta al juez que la juzga, qué hubiera hecho él de haber estado en el lugar de ella. Esa, creo, es la pregunta fundamental, dirigida por usted a cada uno de nosotros.
¿Qué ambiente se vivía en su casa durante la posguerra? ¿Cuál había sido la actitud de sus padres durante el nazismo?
Mi padre era antinazi. Lo echaron de su cátedra en la universidad, de modo que en mi familia no había nada que ocultar. Pero, en cambio, uno de mis profesores, al que admiraba mucho, había sido nazi y eso creaba con él una relación muy complicada.
En efecto, ésa es la pregunta crucial. Pero cuando uno llega a formular una pregunta semejante, cuando uno llega a decir "¿qué harías en mi lugar?", ya es demasiado tarde para acordarse de la ética. En la vida, uno no debe luchar para comprobar hasta qué grado de heroísmo se es capaz de llegar, sino para que no se produzca ese tipo de situaciones que conducen a elecciones tan difíciles.

Michael se siente culpable por haber mantenido en su adolescencia una relación amorosa con Hannah. Sin embargo, él no sabía en aquel momento qué había hecho su amada en los campos de concentración. ¿Cuál es el sentido de esa culpa?
Creo que podría explicar ese sentimiento refiriéndome al pasado. En la antigua Europa, cuando un miembro de una tribu mataba al miembro de otra, se abrían dos posibilidades. La tribu del matador podía expulsarlo del grupo y entonces quedaba liberada de aquella muerte. Pero si conservaba al matador entre los suyos, toda la tribu se hacía responsable del crimen. Algo parecido sucede con Michael y con Hannah. Cuando uno está ligado sentimentalmente a otra persona, cuando participa de su intimidad, en cierto modo, queda atrapado en su historia, en las culpas ajenas.

Uno de los cuentos de Amores en fuga, "El salto", describe la relación entre un hombre que vive en Berlín Occidental y una pareja de Berlín Oriental. Para el protagonista, esa pareja tiene, sobre todo al principio del relato, un carácter casi exótico. ¿Esa era la impresión recíproca que tenían los habitantes de una y otra parte de la ciudad dividida durante la Guerra Fría?
Sentíamos mucha curiosidad los unos por los otros. De un lado y del otro del Muro había dos mundos distintos. Lo que uno leía, lo que uno veía en el cine, en el teatro, las costumbres, la ropa, los coches, todo era distinto. No se imagina cuánto. El hecho de que existiera censura en el Este, que no se vieran tantas películas, que no se escuchara cierta música popular, hacía la existencia diaria mucho más aburrida. Una de las consecuencias de ese aburrimiento era que la gente se casaba mucho más joven en Berlín Oriental. Cuando cayó el Muro, hubo una primavera de relaciones entre los habitantes del Este y del Oeste. Con el tiempo, ese entusiasmo se fue diluyendo.

Se dice que películas como La caída, recientemente estrenada, que cuenta los últimos días de Hitler en el bunker, ha sido mal recibida por una parte del público porque muestra al Führer como alguien muy humano. Una reacción parecida, aunque en una escala menor, produjo El lector donde usted muestra las debilidades y los afectos de Hannah, la guardiana del campo. ¿Qué puede decir sobre este asunto?
-El rechazo que produce La caída tiene que ver, pienso, con el hecho de que se retrata el aspecto vulnerable de Hitler y de Goebbels durante sus dos últimos días de vida, sin tomar en consideración o sin mostrar todo lo que han hecho antes. Entonces uno ve a un anciano, Hitler, que lucha contra las terribles dificultades de la vida diaria en el bunker sitiado por los rusos y, se puede hasta llegar a sentir pena por él, ya que no se ve todo el horror que generó su locura.
Las historias de discriminación no han terminado. En la actualidad, cada tanto aparecen noticias de actos antisemitas no sólo en Alemania sino en toda Europa. También hay estallidos de violencia xenófoba de la que los europeos hacen víctimas, entre otros, a los musulmanes. Eso hace pensar que el rechazo de los "extranjeros" se ha convertido en casi una constante en la época contemporánea o un rasgo eterno de los hombres.
-Es cierto que, de acuerdo con el desarrollo económico de los países europeos, una vez terminada la Segunda Guerra, los italianos fueron en los años 60 los "extranjeros", después los sucedieron en ese papel los españoles. Entonces los alemanes y los nórdicos se decían: "los italianos son como nosotros, los extranjeros son los españoles". Y después la frase cambió a "los españoles son como nosotros, los portugueses son los extranjeros". Esa sucesiva discriminación y asimilación en realidad es el resultado del proceso integrador de la Europa actual. Ahora el problema consiste en ver de qué modo las sociedades occidentales pueden incorporar a las minorías musulmanas, que no quieren ser integradas. Esos turcos están muy apegados a sus costumbres y se sienten apabullados por la modernidad europea.

¿Cómo conciliar la necesidad de recordar todo lo que ocurrió durante la Segunda Guerra, en especial el Holocausto, con el peligro de que se produzca una especie de anestesia respecto de estos temas por efecto de la saturación informativa y de los numerosos actos de conmemoración?
Ese es un riesgo. He visitado tres campos de concentración y las actitudes de la gente que estaba allí era de lo más variada. Había algunas personas que se conmovían profundamente; otras tenían el comportamiento de turistas curiosos, deseosos de sacar fotos o de llevarse algún souvenir. También estaban los que caminaban en silencio y hasta parecían aburrirse. Paradójicamente, la cultura de la memoria está expuesta al peligro de bloquear el recuerdo.
Quizás esa dificultad de la que habla Schlink sólo pueda resolverse a través de la creación literaria y artística. Quizá sólo por medio de libros como El lector uno pueda recordar con el corazón y no con la inteligencia guiada por un calendario casi burocrático. Quizá, como pensaba Proust, la memoria más verdadera es la involuntaria, la que brota de la sangre y del tiempo perdido.

Por Hugo Beccacece
La Nación, Buenos Aires
24.04.2005


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