El escenario. Las otras revueltas que sacudieron al Este

Por Judy Dempsey
Del International Herald Tribune

Victor YushchenkoPARIS.- Desde los países bálticos hasta el extremo sur de los Balcanes, la gente de la región ha estado en vilo por los extraordinarios acontecimientos que se desarrollan en Ucrania. Para ellos, las gigantescas manifestaciones en reclamo de que el líder de la oposición, Victor Yushchenko, sea declarado vencedor de las elecciones presidenciales de hace una semana traen a la memoria las revoluciones que han sacudido a Europa del Este y a los Balcanes. Pese a que todos los países de la región estuvieron bajo dominio comunista y de Moscú -con la excepción de Serbia-, cada uno se rebeló a su manera contra la dictadura. No hubo una pauta repetida, por lo cual resulta difícil encontrar comparaciones entre lo que está ocurriendo en Ucrania y lo que ocurrió en Europa del Este en 1989. "Cada país se enfrentó con el régimen de manera diferente", dijo Tadeusz Olszanki, un analista del Centro de Estudios del Este, en Varsovia. Algunos especialistas alegan que Serbia es el país que presenta las mayores similitudes con el caso de Ucrania. Hace sólo cuatro años, en Belgrado, durante el invierno de 2000, la oposición, respaldada por un enorme movimiento estudiantil, se unió en contra el presidente Slobodan Milosevic. La fuerza masiva, la unidad y el disgusto ante las cuestionadas elecciones forzaron la renuncia de Milosevic. Pero las similitudes acaban allí. Durante la década de 1990, Serbia había pasado por cuatro guerras balcánicas y un bombardeo de la OTAN.

Había cientos de miles de refugiados apiñados en Serbia. Muchos miles de soldados serbios, desmovilizados, cayeron en la desmoralización y el desempleo. Ucrania no ha tenido ninguno de los elementos que atizaron el resentimiento contra Milosevic.
También la transición de Polonia fue diferente. En 1988, el gobierno comunista negoció la transición a la democracia con la oposición, tras haber advertido que no podía contrarrestar el poder que había cobrado una obstinada oposición independiente junto con la igualmente obstinada Iglesia Católica. Y no porque no lo hubiera intentado.
El general Wojciech Jaruzelski lo había intentado con ahínco en 1981, imponiendo la ley marcial para aplastar al movimiento sindical Solidaridad. Así, la experiencia del presidente polaco Alexander Kwasniewski, que en 1988, cuando era un joven comunista, estuvo involucrado en las negociaciones, puede resultar útil para mediar en el conflicto en Kiev.

En la ex Checoslovaquia no hubo intentos para compartir el poder. Un inflexible partido comunista estaba decidido a aferrarse al poder, en tanto la oposición liderada por Vaclav Havel percibía la necesidad de aprovechar los cambios que se producían en Moscú durante el gobierno de Mikhail Gorbachov.
Con una fuerza que sorprendió incluso a Havel y a sus partidarios, un enorme número de checoslovacos tomó la plaza principal de Praga durante el invierno de 1989. Allí enarbolaron sus llaveros, sacudiéndolos en el aire, como señal para los comunistas de que ya era hora de abandonar el poder. La transición también fue bastante fluida en Alemania Oriental y en Hungría.
La inmensa frustración que se había empezado a acumular y el resentimiento contra los comunistas -particularmente en Alemania del Este- se habían atenuado en parte después de que Hungría y Austria pactaron, en el otoño de 1989, abrirse paso, literalmente, a través de la Cortina de Hierro.
Esto permitió a miles de alemanes del Este escapar hacia el Oeste. La presión ejercida por la poderosa oposición de las ciudades de Alemania del Este acabó por derrocar al gobierno comunista.

Rumania, por su parte, tomó un camino diferente, durante un levantamiento popular que se tornó violento. A fines de diciembre de 1989, desde los techos de Bucarest y de la ciudad occidental de Timisoara llovieron disparos sobre los manifestantes. Se abandonó cualquier apariencia de legalidad cuando una falsa corte revolucionaria impartió su "justicia", ejecutando a Nicolás Ceausescu y a su esposa Elena.
Aunque el levantamiento popular estaba encabezado por líderes débiles y contaba con una oposición fragmentada, todavía le quedó energía para insistir en la necesidad de un cambio radical y una verdadera ruptura con el pasado.
Los comunistas, adoptando el papel de reformistas y bajo el poder de Ion Iliescu -que ahora termina su mandato- actuaron rápidamente para recuperar la iniciativa y el control. Durante las enormes manifestaciones de junio de 1990, Iliescu trasladó a miles de mineros del valle de Jiu a Bucarest, con el propósito de acabar con la oposición.

En Bulgaria, la revolución fue incompleta debido a una oposición débil y a la fuerte influencia rusa. De hecho, Bulgaria y Rumania recibieron escaso apoyo de Europa occidental. Además, la OTAN estaba preocupada por concluir con Moscú los tratados de reducción de armas convencionales antes de que desapareciera la alianza militar del pacto de Varsovia.
A pesar de todas estas diferencias, los funcionarios polacos que comprenden la dinámica ucrania declararon que su mayor preocupación es que las autoridades de Ucrania puedan reaccionar como Iliescu y utilizar a los mineros de la región de Donetsk para enfrentar a la oposición. Eso, según dicen, podría desencadenar gran violencia.

Traducción de Mirta Rosenberg
La Nación , Buenos Aires
29.12.2004


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