Las víctimas de Grass, el último Nobel escribe sobre el Nobel alemán
por J. M. Coetzee

A paso de cangrejo llegó a las librerías en junio editado por Punto de Lectura Mucho se ha escrito estos días sobre J.  M. Coetzee, el flamante y esquivo premio Nobel de Literatura. Sabemos que no le gustan las entrevistas ni los premios. Que es “el heredero de Kafka”, “el gran escritor de la resignación y el mal”, “un narrador de una estatura moral fuera de lo común” que considera el Quijote “la novela más importante de todos los tiempos”. Y que ama la literatura desesperadamente. Novelista, profesor y crítico literario, Coetzee lleva años derramando su mirada sobre el mundo y sobre quienes escriben de él. Como en este ensayo sobre Günter Grass y su último libro, excusa para estudiar cómo el Nobel alemán se acerca a las víctimas y al olvido. Además, uno de los máximos especialistas mundiales en su obra, Germán Gullón, catedrático de Literatura Comparada, analiza las coordenadas humanas y literarias del escritor.

Günter Grass irrumpió en la escena literaria en 1959 con El tambor de hojalata, una novela que, con su mezcla de lo fabuloso –un héroe que se niega a crecer en protesta contra el mundo que lo rodea– y lo realista –una recreación densamente estructurada de la Danzig (Gdansk) de preguerra– anunciaba la llegada del realismo mágico. Económicamente independiente gracias al éxito de El tambor de hojalata, Grass se lanzó a hacer campaña a favor de los socialdemócratas de Willy Brandt. Sin embargo, cuando éstos llegaron al poder, y especialmente después de que Brandt dimitiera en 1974, Grass se fue alejando de la política oficial, y ocupándose cada vez más de los asuntos feministas y ecológicos. No obstante, a lo largo de esta evolución, siguió creyendo en el debate razonado y en el progreso social deliberado, aunque cauto.
El tótem que escogió fue el caracol.

Tras haber sido uno de los primeros en atacar el consenso de silencio sobre la complicidad de los alemanes corrientes con el gobierno nazi –un silencio cuyas causas y consecuencias han explorado Alexander y Margarete Mitscherlich en su innovadora obra de psicohistoria titulada Fundamentos del comportamiento colectivo: la incapacidad para el duelo– Grass es más libre que la mayoría para entrar en el debate que actualmente se está dando en Alemania sobre el silencio y el silenciamiento, asumiendo, de forma característicamente cauta y matizada, una postura que hasta hace poco sólo la derecha radical se ha atrevido a defender en público: que los alemanes corrientes –no sólo aquellos que perecieron en los campos o murieron oponiéndose a Hitler– pueden hacer valer su derecho a que se les contabilice entre las víctimas de la II Guerra Mundial.

Las preguntas sobre la victimización, el silencio y la reescritura de la historia componen el núcleo de la novela más reciente de Grass, A paso de cangrejo, narrada por un personaje llamado Paul Pokriefke (Pokriefke es el apellido de la madre de Grass; la identidad del padre es desconocida incluso para ella).

El cumpleaños de Paul es el 30 de enero, una fecha con resonancia histórica en la historia alemana. El 30 de enero de 1933, los nazis subieron al poder. Y el mismo día de 1945 Alemania sufrió su peor desastre marítimo de todos los tiempos, un desastre real en medio del cual nació Paul, un personaje de ficción. Paul es, por consiguiente, una especie de hijo de la media noche en el sentido de Salman Rushdie, un niño señalado por el destino para dar voz a sus tiempos. Sin embargo, Paul preferiría eludir su destino. Le gusta deslizarse por la vida sin llamar la atención. Periodista de profesión, siempre ha orientado las velas al viento político que más sopla. En la década de 1960 escribía para la editorial conservadora Springer. Cuando los socialdemócratas llegaron al poder, se convirtió en un liberal de izquierdas bastante descafeinado; posteriormente se centró en cuestiones ecológicas.

Sin embargo, tras él hay dos personas poderosas, que le insisten para que escriba la historia de la noche en la que nació: su madre y un oscuro personaje tan parecido a Günter Grass que le llamaré “Grass”. Por su madre, Paul sabe que está relacionado de manera indirecta con un nazi importante, el Landesgruppenleiter [director de grupo regional] Wilhelm Gustloff. Éste –persona que existió en realidad– fue destinado a Suiza en la década de 1930 con la tarea de reclutar a alemanes y austriacos y obtener información. En 1936, un estudiante judío de origen balcánico, David Frankfurter, llama a la casa de Gustloff en Davos y lo mata, tras lo cual se entrega a la policía. “Le disparé porque soy judío. No me arrepiento”, se dice que declaró Frankfurter. Juzgado por un tribunal suizo y sentenciado a 18 años, Frankfurter fue expulsado del país tras cumplir la mitad de la condena. Emigró a Palestina y posteriormente trabajó en el departamento de Defensa israelí.

En Alemania, la muerte de Gustloff se aprovechó para crear un mártir nazi y fomentar el sentimiento anti-judío. El cadáver fue ceremoniosamente repatriado de Suiza y las cenizas sepultadas en una tumba conmemorativa a orillas del lago Schwerin, con una lápida de tres metros y medio de altura. Pusieron su nombre a calles y escuelas, e incluso a un barco. [...]

El barco de pasajeros Gustloff Desde 1945, la cuestión de la culpa colectiva ha sido factor de división en Alemania, y Grass está decidido a no afrontarlo directamente, sino de lado, como el cangrejo. A paso de cangrejo se define como eine Novelle, una novela corta; no trata del hundimiento del Gustloff, sino de la necesidad de escribir la historia del hundimiento del Gustloff y de cómo llega a escribirse. Aquí es donde Günter Grass y la esquemática figura de “Grass” se acercan hasta casi fundirse: a través de “Grass”, Grass se disculpa por no haber escrito y, lamentablemente, por no tener ya la capacidad de escribir la gran novela alemana que devuelva la vida a multitud de alemanes que perecieron en las ansias de la muerte del Tercer Reich para que puedan ser debidamente enterrados y llorados, y, una vez completada la tarea del duelo, pasar por fin una nueva página de la historia, en un acto de recuerdo que acalle el resentimiento inarticulado y latente de las Tulla Pokriefke de Alemania y libere a sus nietos de la carga del pasado.

¿Pero qué significa en realidad para la historia del Gustloff el que Paul Pokriefke la escriba? Una cosa es revivir las terribles últimas horas en la imaginación y después verterlas en palabras que hagan que los lectores se den perfecta cuenta de sus terrores, que es la tarea que “Grass” parece poner ante Paul. Pero el proyecto de escritura ante el que Paul vacila es más amplio y complicado: convertirse en el escritor que a estas alturas de la historia –los primeros años del siglo XXI– decide tratar el tema de la pérdida del Gustloff, es decir, decide romper el tabú y afirmar que esa noche los alemanes fueron víctimas de un crimen de guerra, o al menos de una atrocidad. La aversión de Paul a escribir la historia más amplia, y la danza de cangrejo que ejecuta al narrar su aversión –una danza durante la cual, mediante un movimiento lateral, de alguna manera se llega a contar la historia más amplia- está justificada.

El que un oscuro periodista llamado Pokriefke, que por afortunada o desafortunada coincidencia nació en la escena del suceso, cuente la historia no significa nada. Por el momento, los relatos sobre los sufrimientos de los alemanes durante la guerra siguen siendo inseparables de quién los cuenta y por qué motivo. La mejor persona para contar cómo murieron 9.000 alemanes inocentes, o “inocentes”, no es Pokriefke, ni siquiera “Grass”, sino Günter Grass, decano de las letras alemanas, ganador del premio Nobel, el más firme practicante y el más duradero ejemplo de los valores democráticos en la vida pública alemana. El que Grass cuente el suceso a comienzos del nuevo siglo significa algo. Puede que incluso sea señal de que es aceptable y apropiado que todas las historias sobre lo que sucedió en aquellos años terribles salgan a la luz pública.

Günter Grass nunca ha sido un gran estilista en prosa, ni un pionero de la forma narrativa. Su fuerza radica en otra parte: en su agudeza para observar la sociedad alemana en todos sus aspectos, su percepción de las corrientes más profundas que afectan a la psique nacional, y su firmeza ética. El relato de A paso de cangrejo se compone de trozos y fragmentos que funcionan eficazmente en su orden actual, aunque sin producir una gran sensación de inevitabilidad estética. Y rechina en especial el método utilizado por el autor de seguir al submarino y a su presa paso a paso, a medida que convergen en el cruce de caminos fatal, como si estuvieran dirigidos por un destino más elevado.

Como pieza literaria, A paso de cangrejo sufre en comparación con otras incursiones en la novela corta, notablemente El gato y el ratón y, más recientemente, Malos presagios (1992), un relato de ficción elegantemente construido que oscila entre lo satírico y lo elegiaco, y en el que una pareja de ancianos decentes fundan una asociación para permitir que los alemanes expulsados de Danzig (ahora la polaca Gdansk) sean enterrados en su ciudad de nacimiento, sólo para ver cómo les quitaban la empresa y la convertían en un chanchullo para sacar dinero.

The New York Review of Books

La historia del hundimiento del Gustloff (en inglés)
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