Zizek: Estados Unidos debería intervenir más y mejor en el mundo

Pide que asuma su papel de policía global

Slavoj ZizekEl filósofo esloveno Slavoj Zizek recurre a una vieja consigna ecologista para explicar uno de los principales problemas que, a su juicio, deben afrontar hoy los países en todo el mundo. "Piense globalmente, actúe localmente", pedía Greenpeace hace algunos años. Según Zizek, los Estados Unidos hacen exactamente lo contrario: piensan localmente y actúan globalmente. Intervienen en el mundo con la fuerza de una potencia imperial, pero con los objetivos domésticos de un Estado-nación. Ese modo de proceder, dice el filósofo, en el largo plazo termina por agravar los conflictos.

La solución que propone Zizek es que los Estados Unidos intervengan más y mejor y que asuman cabalmente su papel de policías globales. Lo paradójico es que el hombre que pide una mayor actuación internacional de los Estados Unidos es un filósofo marxista.

Nacido en 1949, Zizek es apreciado en los ámbitos universitarios de Europa y América por su pensamiento rico en matices, fruto de una inteligencia viva, y por su prolífica producción ensayística sobre temas que van desde el psicoanálisis hasta la política, pasando por el cine y la literatura, en títulos como "El espinoso sujeto", "Estudios culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo", "Ideología. Un mapa de la cuestión" y "Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock", entre muchos otros. Su interés por los debates de su tiempo lo llevó a participar activamente del proceso que en 1991 culminó con la separación de Eslovenia del resto de Yugoslavia, aun como candidato a un cargo ejecutivo en el gobierno de la flamante nación eslovena. Actualmente, Zizek se mantiene al margen de la política partidaria de su país, pero sigue analizando lo que ocurre en el mundo fiel al precepto que guía su actividad filosófica: asumir los riesgos que implica pensar por sí mismo y evitar la sombra protectora de cualquier tipo de tutelaje intelectual. Durante su visita a la Argentina, el filósofo dialogó con La Nación.

-¿Qué ha cambiado en el mundo después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001?
-Creo si el ataque a las Torres Gemelas tiene algún valor simbólico es el de haber puesto fin a lo que yo llamo la última utopía capitalista-liberal. Después de que la caída del Muro de Berlín marcó el final del comunismo, Occidente comenzó a vivir como si se iniciara una nueva utopía, seguro de que la democracia liberal se expandiría por todo el mundo y sólo quedarían conflictos y focos de resistencia locales. Pero las cosas no funcionaron de esa manera. El capitalismo y su expresión política, la democracia liberal y parlamentaria, no pueden abarcar todo el mundo sin generar tensiones y antagonismos.

-Si lo que usted considera una utopía capitalista-liberal terminó, ¿en qué etapa nos encontramos ahora?
-Ahora se expanden por el mundo nuevas formas de control político. Para mí, la verdadera base de la democracia es su sustancia ética. Se están produciendo cambios preocupantes, como la cantidad de control que la gente parece dispuesta a aceptar. Porque, ¿sabemos realmente hasta qué punto está controlada la sociedad en países como los Estados Unidos e Inglaterra? No creo que haya habido ninguna nación en la historia, incluyendo la Unión Soviética de Stalin, cuya población haya sido vigilada hasta tales extremos.

-¿Le parece que el régimen estalinista es comparable con las democracias de los Estados Unidos e Inglaterra?
-Sé que el estalinismo fue extraordinariamente cruel, no lo estoy defendiendo. Pero el punto es que ahora, aunque uno se sienta libre no lo es. Toda esta idea de la libertad y de la apertura de fronteras que trajo la globalización es una ilusión. Por ejemplo, se ha vuelto más difícil circular por Europa.
La ironía es que, bajo el socialismo, para los yugoslavos ir a la Europa occidental era más fácil que ahora. Hoy, los temas verdaderamente importantes no son materia sobre la que la gente pueda decidir, ni siquiera formalmente, sino que se determinan en el seno de instituciones como el Fondo Monetario Internacional, sin control de ningún mecanismo democrático. Ahora, imagine usted la estúpida idea de democratizar el FMI (alguna gente de izquierda así lo quiere).

¿Qué haríamos, organizar elecciones mundiales para ver cuántos millones de personas votan en favor o en contra de tal o cual medida? Sería una locura, no funcionaría y tampoco lo permitirían los países desarrollados. Por eso, creo que las democracias serán cada vez más puramente formales: habrá elecciones, pero las decisiones económicas serán cada vez menos materia de elección para los pueblos. La Argentina ofrece un ejemplo reciente de esta situación. Aquí, Carlos Menem ganó las elecciones presidenciales por primera vez con una plataforma populista propia del peronismo. Pero como presidente hizo lo opuesto de lo que había prometido, y eso a nadie le importó demasiado mientras la economía funcionó más o menos bien. La gente, de alguna manera, acepta que la política económica no es algo que se pueda elegir, sino que en esa materia se hace lo que hay que hacer.

-¿Cómo surge esa especie de aceptación pasiva?
-Los ideólogos de hoy tratan de convencernos de que vivimos en una era posideológica y de que la economía es una ciencia neutral practicada por expertos. Esto no es así: siempre hay ideología de por medio. Cuando el FMI aconseja a un país que siga determinada política económica, no le está dando simplemente un consejo neutral: subyace en él una determinada ideología. No hay que olvidar esto, porque uno de los problemas que se plantean en la actualidad, si me permite desarrollarlo en términos psicoanalíticos, consiste en la elevación de lo que Lacan llamaba el discurso del amo al status de un discurso universitario. El discurso del amo es imperativo. Por ejemplo: no tenga relaciones sexuales promiscuas. El discurso universitario, en cambio, es persuasivo, a partir del saber. Ejemplo: haga usted lo que quiera, pero yo le puedo decir que si tiene relaciones sexuales promiscuas perjudicará su salud. Hoy, lo que muchos economistas hacen es presentar una directiva de signo político bajo la apariencia de un consejo que resulta del conocimiento neutral y objetivo. Esta actitud abre el camino para que aparezca alguna especie de nuevo capitalismo autoritario.
Una primera tendencia, en ese sentido, es lo que está ocurriendo en los Estados Unidos. Creo que en un futuro cercano cada vez más la actividad política de los Estados estará compuesta por tres elementos: la aplicación de estrategias económicas, de medidas de seguridad y la participación en ciertos debates culturales que reemplazarán al verdadero debate político, acerca de cuestiones como si se debe autorizar el matrimonio entre los homosexuales o si la exhibición de símbolos religiosos debe estar permitida en las escuelas públicas, discusiones que, por otra parte, considero relativamente ridículas.

-Sin embargo, esos temas suelen despertar mucho interés.
-Lo sé, pero aun así se trata de discusiones superficiales.
La política queda reducida a esos debates porque el capitalismo es percibido como el estado natural, no como algo sobre lo que se pueda debatir. Esto es así, entre otros motivos, porque el marxismo fracasó como alternativa al capitalismo. Pero ahora, para mí, el problema no es cómo combatir el capitalismo ni por qué fracasaron las otras opciones, sino saber si el capitalismo será capaz de sostenerse a sí mismo.

-¿Por qué no habría de serlo?
-Piense en lo siguiente: ¿cuál ha sido la lección de la actitud antimonopolio que, precisamente en los Estados Unidos, intentó limitar el poder expansivo del imperio Microsoft? Que la competencia de mercado no es el estado natural de las cosas. Para que el mercado sea libre, se necesita una fuerte intervención estatal que combata los monopolios. Además, creo que los nuevos desarrollos tecnológicos también plantean un desafío al capitalismo al convertir en obsoleta la vieja fórmula liberal de la propiedad privada, que ya no sirve en la economía posindustrial. Todos conocemos el grave problema que hay con la piratería en la industria musical y lo difícil que resulta preservar el derecho de propiedad intelectual. Entonces se produce la paradoja de que muchas compañías gastan más en evitar la piratería que en el producto mismo, esto es, gastan dinero en limitar la circulación de los bienes que producen dentro del mercado.

-¿Cree que el marxismo es un instrumento útil para analizar la economía posindustrial?
-Analicemos el siguiente ejemplo. Trabajar en la línea de montaje de una fábrica, por ejemplo, puede ser desgastante, pero, de alguna manera, la persona que lo hace es libre.
En una fábrica a nadie le importa si usted maldice su trabajo, lo importante es que lo haga. Ahora, si usted es niñera, tiene que tener una conexión emocional con lo que hace, no puede ejercer ese trabajo con una fría distancia. De alguna manera, además de su tiempo, tiene que vender sus emociones.
Por eso creo que la economía de servicios produce más alienación que la economía industrial.

-¿Cree que invadir Irak fue una decisión acertada de los Estados Unidos?
-Me parece que el punto es otro. ¿Recuerda usted aquel slogan ecologista que decía: "Piense globalmente, actúe localmente?" Bueno, el problema es que los Estados Unidos hacen exactamente lo opuesto: piensan localmente y actúan globalmente. En contra de lo que opinan muchos intelectuales de izquierda, que siempre se están quejando del imperialismo de los Estados Unidos, yo creo que este país debería intervenir mucho más. Debería haber intervenido en Ruanda, por ejemplo, para detener la tremenda masacre que tuvo lugar allí. ¿Por qué no lo hizo? Tomemos el caso de Irak.
Saddam Hussein es un mal tipo, no tengo lágrimas para él. Pero el crimen más grande que cometió fue atacar Irán, y eso los norteamericanos no lo señalan como deberían, porque lo apoyaron en aquella aventura. Ahora, ¿por qué los Estados Unidos atacan Irak? Más allá del discurso que siempre se repite acerca de los intereses económicos norteamericanos, lo cierto es que el régimen de Saddam ya declinaba y el verdadero objetivo de Washington no era Saddam, sino lo que vendría después de él. Los Estados Unidos sabían que el régimen de Saddam era secular y temían que, cuando se desintegrara, algún movimiento fundamentalista musulmán tomara el poder. De modo que lo que hicieron fue efectuar un golpe preventivo, pero al hacerlo, paradójicamente, crearon las condiciones reales para que surgiera un movimiento de esas características. Esa es la tragedia de los Estados Unidos: en el corto plazo ganan guerras, pero en el largo plazo esas guerras terminan por agravar los conflictos que debían resolver. El problema es que ellos deberían representar más honestamente el papel de policías globales. No lo hacen, y pagan el precio de no hacerlo.

-¿Comparte usted, entonces, los conceptos de Michael Walzer acerca de que hay guerras justas y guerras injustas?
-Mire, yo estoy en contra del pacifismo abstracto. No creo que esa forma del pacifismo sea de alguna utilidad. ¿Qué sentido hubiera tenido en 1941, en la Europa amenazada por Hitler? Ninguno. Algunas veces es necesario luchar. Volviendo a Irak, olvidémonos por un momento de los intereses económicos de los Estados Unidos y hagámonos una simple pregunta: ¿existe la posibilidad de que algún Estado democrático secular emerja en Irak, de modo que permita que la vida allí sea menos horrible que bajo el régimen de Saddam? Si la respuesta es positiva, yo respeto el proceso que condujo hacia ese fin. Muchos de mis colegas marxistas tienen una especie de arrogancia cínica respecto del sufrimiento de la gente. Sólo les importa defender sus principios, que dictan que no hay que apoyar el imperialismo norteamericano. Oponerme a ese tipo de postura me trajo serios conflictos cuando la Organización del Tratado del Atlántico Norte bombardeó Serbia. Yo apoyé esa acción, porque Milosevic era una catástrofe para Serbia.

-¿Y los bombardeos no fueron otra catástrofe, acaso?

-No, allí los norteamericanos hicieron el trabajo relativamente bien; las famosas bombas de precisión funcionaron aceptablemente. Los propios serbios lo han admitido.
Y Serbia, aun con todos sus problemas, es un país mejor sin Milosevic. Ahora hay paz en los Balcanes. Pero a cierta gente de izquierda todo esto no le importa, lo único que le preocupa es conservar las manos limpias.

-¿Una izquierda hipócrita?
-No lo sé, pero algunas actitudes lo dejan a uno perplejo. En la Ciudad de México, por ejemplo, me impresionó mucho un fenómeno que casi me hizo sentir avergonzado de ser un hombre de izquierda. Vi cantidad de intelectuales de clase alta que se declaran marxistas y revolucionarios, pero viven aislados en sus barrios privados y tratan a los empleados domésticos de la peor manera. Recuerdo haber estado en la casa de un psicoanalista marxista, conversando con él mientras una muchacha nos servía unas bebidas, cuando de pronto este hombre comenzó a criticar a la chica. Fue una situación terrible. Imagine: aquí a nuestro lado, mientras charlamos, hay una persona que entiende el idioma que hablamos, y yo le empiezo a decir a usted que esa persona es inútil y primitiva, sin que me importe para nada su presencia. Algo parecido me pasó en Río de Janeiro. Iba en un auto, de noche, con un grupo de intelectuales marxistas, y de pronto nos atascamos en un embotellamiento porque otro auto había atropellado a uno de esos chicos que habitualmente duermen en las calles. Cuando pasamos al lado del cadáver cubierto con una manta, la reacción de uno de mis compañeros fue quejarse con fastidio porque, según decía, con esos chicos en la calle ni siquiera se podía conducir el auto tranquilo. Como si lo que acabábamos de ver hubiera sido un objeto o un animal, no un niño.

-¿Qué papel cree que cumplen los medios de comunicación masiva en el modo en que percibimos la realidad?
-Un papel muy importante. Pero no porque los medios sean fieles a los hechos o los distorsionen (ésa también es una discusión trivial), sino porque los medios de comunicación no sólo reproducen los valores y actitudes fundamentales de las sociedades, sino que también ayudan a forjarlos.
Es, básicamente, a través de los medios que aprendemos a vivir. Los seres humanos no sabemos por naturaleza qué es lo que deseamos. Nuestro deseo tiene que ser construido, y los medios cumplen un papel muy importante en esa construcción. Creo que el triunfo más grande de los Estados Unidos es haber impuesto el cine de Hollywood en todo el mundo, porque aun si uno se opone a las políticas impulsadas por los norteamericanos no puede escapar de la influencia de Hollywood. Veamos el ejemplo de alguien que, harto del consumismo de Occidente, desea acercarse a la espiritualidad de Oriente. Lo hará pasando por la puerta que han abierto los medios de comunicación occidentales: referentes como el Dalai Lama o la Madre Teresa de Calcuta son figuras mediáticas. La teoría sociológica usual sostiene que el llamado fundamentalismo religioso es, simplemente, un asunto de gente confundida que busca valores estables en un mundo moderno, donde nada es duradero. Esto es verdad sólo hasta cierto punto, porque si lo miramos desde otro ángulo nuestra vida diaria hoy está más regulada que nunca. Se supone que somos libres de disfrutar de todo lo que ofrecen nuestras sociedades liberales y democráticas, pero para poder hacerlo tenemos que mantener nuestro cuerpo sano y bello con la gimnasia, comer adecuadamente, comportarnos correctamente, no cometer acoso sexual y una larga lista de etcéteras. Algunos nacionalistas serbios me dijeron que para ellos la vida moderna era sofocante, por la cantidad de reglas que había que respetar. En ese sentido, el fundamentalismo nacionalista les ofrecía una vía de liberación (de falsa liberación, por supuesto): podían ir a Bosnia, matar, violar y arrasar al enemigo, convencidos de que actuaban al servicio de una buena causa. Por eso, me parece que el diagnóstico correcto de la situación es que el surgimiento de los nuevos fundamentalismos (religiosos, políticos, étnicos) no es una involución hacia algún pasado primitivo, sino un fenómeno netamente posmoderno que nos enseña que la economía digital puede coexistir con las creencias arcaicas; que uno puede trabajar en el proyecto más sofisticado de ingeniería electrónica y, al volver a casa, rendir culto a los antepasados o a la deidad de la creencia religiosa que corresponda según el caso. Son tiempos peligrosos los que nos ha tocado vivir, pero muy interesantes.

Por Verónica Chiaravalli
La Nación, 10.03.2004


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