El día que fue arrasada Varsovia

Imagen de Valeria RodziewiczA pocas horas del 1º de septiembre de 1939, las divisiones blindadas alemanas perforaron las defensas fronterizas polacas en el norte y el sur del país, deslizando a Europa a la pesadilla de un nuevo conflicto mundial. Mientras las unidades Panzer germanas rodeaban y neutralizaban a los desesperados y bravos combatientes polacos, los aviones de la Luftwaffe se apoderaron del dominio aéreo, destruyendo donde los encontraban a los aviones enemigos, bombardeando nudos ferroviarios, centros de comando e impidiendo la concentración de tropas rivales.Lejos de Buenos Aires, refugiada en la verde calma de Villa Gesell, una encantadora ex enfermera polaca, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, recuerda al detalle aquellos primeros días de la contienda.

Valeria Rodziewicz nació en Wilno (Vilna hoy), Lituania, el 27 de diciembre de 1913. Por entonces, el territorio lituano pertenecía a la Polonia incorporada a la Rusia zarista. A los 89 años, esta mujer de mediana estatura, pose segura, ojos claros casi transparentes y pelo blanco, suele enrojecerse en su emoción, como cuando demuestra todo su orgullo por haber pertenecido al heroico ejército polaco durante la Segunda Guerra Mundial. Habla con tono pausado y con marcado acento europeo, y dueña de una gran memoria recorre mentalmente, ayudada con su dedo índice, el mapa de Europa explicando cada paso que dio durante y después de la guerra. Reside en la vivienda ubicada detrás de su negocio, denominado Casa Gema, en Villa Gesell (un local levantado con su marido Eduardo, allá por 1956), una verdadera "casa-museo" donde se ofrecen artesanías de caracoles del país e importados, corales, ámbar. Vive en esa casa baja, casi en penumbras.

Alrededor de la mesa donde reposa una vieja máquina de escribir, sobresalen libros, fotografías y documentos de su pasado. Un pasado que comienza con las incertidumbres vividas por su padre, Zenón Rodziewicz, incorporado al Ejército Blanco durante la Guerra Civil en Rusia, que fue capturado luego por las tropas comunistas y escapó a último momento de lo que parecía su inevitable fusilamiento. Al surgir Polonia como Estado independiente, cuando termina la Primera Guerra Mundial, los integrantes de la familia que se pudieron reunir (su madre había muerto durante la lucha en Rusia) se dirigieron a Wilno. Allí, Valeria Rodziewicz, tras completar sus estudios y trabajar en las oficinas de Salud Pública, obtuvo una beca para estudiar enfermería en Varsovia. En esa situación, precisamente, la sorprendió el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el 1º de septiembre de 1939.

"Ese verano -rememora-, el tiempo había sido hermoso y muy soleado. Cuando en la madrugada del 1º de septiembre los alemanes violaron nuestra frontera y bombardearon varias ciudades, el pánico se apoderó de la gente. Pese al clima de tensión creciente ante los desplantes de Adolf Hitler, la gente todavía estaba incrédula sobre la inminencia del ataque. Toda la nación, además, esperaba, inútilmente esperanzada, la ayuda de los Aliados, que desgraciadamente nunca llegó, incluso cuando finalmente Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania.

"La segunda jornada de la guerra -agrega- estuve en la Varsovia bombardeada. Ese día, además, recibí el diploma que me calificaba como enfermera de la Cruz Roja. Allí me encontré con mi novio, que estudiaba en una academia militar de artillería ubicada en las cercanías de Varsovia, y que ya había sido movilizado en defensa de nuestra ciudad natal, Wilno, que estaba en ese entonces en el norte de Polonia. Así que lo acompañé a la estación del ferrocarril, donde ya había una multitud de soldados subiendo a los distintos trenes que partían rumbo al frente. Nos despedimos abrazados, llenos de lágrimas y con el corazón comprimido, atenazado.

" A mí me mandaron con un equipo de enfermeras y paramédicos militares en un tren de la Cruz Roja para traer a los heridos de la ciudad más bombardeada por los alemanes: Kutno. En el viaje fuimos atacados por los Stuka germanos, que bombardearon nuestro tren e impactaron en la locomotora. Junto con otros integrantes del grupo, terminamos escondiéndonos debajo del eje de nuestro vagón."

Tras el ataque, el grupo de la Cruz Roja recibió la orden de volver a Varsovia en cualquier medio de transporte que pudieran conseguir. Los heridos fueron trasladados a los cercanos hospitales de campaña. Valeria Rodziewicz y un joven paramédico buscaban algún transporte para regresar a la capital cuando se les acercó un soldado polaco con un revólver en la mano gritando estentóreamente "arriba las manos". Los había tomado por espías. Al no conocer los uniformes de la Cruz Roja, le parecieron altamente sospechosos. Es que, por entonces, ya se sabía que había ciudadanos polacos de origen alemán trabajando para los nazis, que denunciaban a los políticos, profesores, militares, policías y sacerdotes que después serían destinados a los campos de exterminio. Finalmente, ambos jóvenes mostraron su documentación y pudieron continuar su marcha.

En retirada
Valeria Rodziewicz y su acompañante paramédico encontraron un camión que se dirigía a Varsovia y los dejó subir, ubicados en la incómoda y riesgosa cercanía de unos cajones de dinamita. Así viajaron sentados sobre los explosivos por tortuosos caminos secundarios, mientras observaban a la multitud que escapaba aterrorizada ante el avance alemán.

"La población civil -recuerda la enfermera- huía de sus aldeas bombardeadas e incendiadas por los nazis. Viajaba en carros tirados por caballos donde cargaban, como podían, las familias, sus niños pequeños, además de las pertenencias de toda una vida que podían ubicar en el vehículo, e incluso con sus animales domésticos a cuestas. Otras personas simplemente caminaban con grandes bultos en sus espaldas. Con dificultad pasábamos entre esta muchedumbre, recogiendo por el camino a algunos soldados polacos dispersos, que se habían perdido de sus unidades destrozadas. Cuando llegamos a Varsovia, teníamos las caras negras del polvo de los rústicos caminos."

Una vez en la ciudad, la joven enfermera se presentó en su unidad de la Cruz Roja y recibió la orden de trabajar en un hospital improvisado en los edificios de la Universidad de Varsovia, en el mismo centro de la urbe. "En los techos de los edificos -aclara- estaban colocadas enormes banderas de la Cruz Roja, pero los alemanes no las respetaron. No sólo bombardearon los edificios del hospital, sino que utilizaron bombas incendiarias e incluso fuego de artillería. Medio edificio donde trabajaba se derrumbó y se inició un incendio. Tratamos de evacuar a los heridos, pero el incendio no se pudo apagar por la falta de agua. Los heridos que quedaron bajo los escombros murieron horriblemente quemados.

"Tras la evacuación de los heridos que se pudo salvar del primer incendio, los aviones alemanes, volando muy bajo, nos tiraron nuevamente con sus ametralladoras, matando tanto a los heridos como a las enfermeras que los transportaban. Después, tuve que entrar en el edificio incendiado para recuperar el pequeño portafolio con mis documentos. Por suerte los encontré, porque después me salvarían la vida."

En Varsovia, la lucha continuaba contra el invasor germano, sobre todo con la enérgica dirección del alcalde de la ciudad, el mayor Esteban Starzynski. Los diarios seguían circulando, como podían, dando la información de la lucha del ejército polaco en los distintos frentes de combate.

"Ya faltaba la comida -agrega- y la gente comía la carne de los caballos abatidos por los Stuka alemanes. Se organizaban ollas populares. Para colmo, a Varsovia llegaban las noticias de los crímenes que las tropas alemanas cometían contra la población civil. Así, se sabía que estos atropellos no sólo ocurrían en las otras ciudades atacadas, sino incluso en las aldeas. En estas últimas, hasta los pastorcitos que cuidaban sus animales en el campo eran ametrallados por los aviones alemanes. Los germanos ni siquiera pudieron justificar su ferocidad con el pretexto de que debían tomar represalias por los excesos análogos de nuestra aviación, ya que ni una sola bomba polaca cayó por entonces sobre Alemania."

Después de los fuertes bombardeos de Varsovia, el alcalde local, Starzynski, hizo un llamado por la radio a todos los hombres jóvenes a partir de los 14 años para que abandonaran la ciudad y marcharan hacia el Este, pero evitando tomar los trenes repletos de refugiados y heridos, porque los aviones enemigos los atacaban preferentemente.

Para colmo, el 17 de septiembre, las tropas soviéticas invadieron el este de Polonia, a pesar del pacto de "no agresión" que ambas naciones habían firmado en 1934. Esta puñalada por la espalda fue la que hizo tambalear la resistencia polaca. El 27 de septiembre de 1939, y ante la carencia de municiones, alimentos, agua y electricidad, la guarnición de Varsovia decidió rendirse. Las tropas alemanas entraron triunfantes en lo que quedaba de la ciudad, aunque la resistencia en otros puntos del país siguió hasta los primeros días de octubre.

El silencio en la capital polaca tras los últimos disparos fue sepulcral, según recuerda Valeria Rodziewicz, que agrega al respecto: "Mi hospital se evacuó a otra zona. Llevé a mis heridos a uno de los edificios sanos que quedaban. Trasladándolos a través de la ciudad, la vi en ruinas y lloré por Varsovia crucificada. Coloqué a mis heridos como pude en los colchones tirados en el suelo y me quedé junto a ellos. No había luz, así que daba las inyecciones a la luz de las linternas. La comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de los caballos muertos esparcidos por las calles. Cuando los alemanes llegaron al hospital, me echaron, con el pretexto de que no figuraba como enfermera estable. De golpe me quedé sin trabajo y me instalé en un albergue para estudiantes. Para poder comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones.

"En octubre de 1939 y los meses venideros -recuerda la enfermera-, Varsovia era una ciudad de espanto. Caminar por las calles llenas de barricadas y de los escombros de los edificios bombardeados era muy complicado. Las casas que se salvaron de los bombardeos no tenían vidrios. No había luz ni agua. Los tranvías no circulaban. Por todos lados se veía pasar a los odiados grupos de soldados alemanes y sus verdes vehículos de policía. Enseguida comenzaron los primeros arrestos de la Gestapo y los fusilamientos de los políticos, científicos, profesores y sacerdotes -agrega Rodziewicz-. La lista de los fusilados la pegaban los alemanes en las paredes de las casas. Era duro ver a la gente que leía estas listas mientras lloraba y rezaba por las almas de los caídos. Muy pronto comenzó la persecución de los judíos.

"Las universidades, los colegios y todas las instituciones educativas fueron cerradas, porque los invasores decían que los polacos no necesitaban educación. Bastaba con que supieran leer y escribir, porque los nazis los destinarían a trabajos rurales o los obligarían a producir en las fábricas en duras condiciones. Se había prohibido bajo pena de muerte la tenencia de armas.

"Pese a la feroz represión -recuerda la enfermera-, el sufrido pueblo polaco no se entregaba. Jóvenes boy scouts empezaron a organizar los pequeños grupos clandestinos, pintando en las paredes de los edificios los slogans patrióticos mientras organizaban sus pequeños sabotajes. Además de las tropas clandestinas que se organizaban para continuar la lucha contra el ejército de ocupación, que al ser perseguidas se refugiaban en lo profundo de los bosques, otros jóvenes polacos huían de su patria ocupada por las tropas germanas y rusas, pasando a Rumania y Hungría. Por todos los medios posibles trataban de llegar a Francia, aliada formal (aunque bastante inerme ante la agresión germana, claro está) de la Polonia invadida. Tras la caída de Francia, una parte de aquel ejército polaco buscó refugio en Suiza, y la otra se dirigió a Londres, donde el militar y político Wladyslaw Sikorski formó un gobierno polaco en el exilio. Los aviadores polacos se incorporaron a la RAF, donde integraron los escuadrones 302 y 303, famosos por la audacia y el coraje que demostraron durante la Batalla de Inglaterra."

Mientras todo esto ocurría, la joven enfermera trataba de subsistir entre las ruinas de la Varsovia arrasada. "Un día volvió mi novio -aclara- y me contó cómo había luchado contra los rusos hasta “la última bala”, escapando luego a la inevitable captura. Nos casamos en una iglesia bombardeada, completamente derruida. No hubo ni vestido de novia ni fiesta alguna. Decidimos luego tratar de llegar a nuestra ciudad natal, Wilno, para ver a nuestras familias. Tomamos un tren de carga que nos llevó al pueblo fronterizo de Malquinia. El tren iba repleto, mayormente por los pobladores judíos que trataban de pasar de la zona de ocupación alemana a la rusa. Cuando el tren paró en la estación mencionada, súbitamente subieron al vagón los guardias de la Gestapo y a los gritos de “Jude, jude” empezaron a golpear a todo el mundo con sus látigos, no respetando ni a las mujeres ni a los niños. Nosotros, con mi esposo, nos quedamos apoyados en la pared del vagón, esperando los golpes, que no llegaron." La pareja saltó finalmente al andén dirigiéndose al pueblo. Allí tuvieron que buscar a una persona del lugar que los pudiera pasar por la frontera sin el riesgo de ser descubiertos por los soviéticos. "Cuando llegamos al siguiente pueblo, ya era de día y nos enteramos de que la mejor manera de cruzar era durante el mediodía, cuando los guardias rusos salían de sus puestos para almorzar. Hacía mucho frío y nevaba, así que alquilamos unos trineos. Con suerte y ayuda de Dios, cruzamos finalmente la frontera. En el pueblo al que llegamos nos contaron que los judíos que lograban escapar de los alemanes se encontraban con la desagradable sorpresa de que los soviéticos no los dejaban cruzar la frontera (para los rusos, esto constituía un delito) y los colocaban a la intemperie bajo la nieve (incluso a las mujeres y los niños), sin comida, impidiendo que la gente del lugar les prestara ningún tipo de ayuda humanitaria."

Al llegar por fin a Wilno, Valeria Rodziewicz pudo encontrarse con su padre, para enterarse de la triste novedad de que su hermano, oficial del ejército polaco, había caído peleando contra los alemanes en los alrededores de Varsovia.

Tras un largo período de prisión en territorio ruso, perdió contacto con su marido, para después encontrarlo tras la invasión de Rusia por los alemanes.

La Tte. Enfermera Valeria Rodziewicz montando un camello junto a su marido el Tte. Eduardo Spiech en Egipto

La Tte. Enfermera Valeria Rodziewicz montando un camello junto a su marido el Tte. Eduardo Spiech en Egipto

Valeria Rodziewicz y su esposo recuperaron finalmente su libertad, uniéndose a los soldados polacos que bajo las órdenes del general Wladyslaw Anders seguían combatiendo junto a los británicos contra los nazis.

Por Ernesto Castrillón y Luis Casabal
La Nación, Buenos Aires
01.09.2002


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