Alemania redescubre sus sufrimientos

El debate que agita a la opinión pública desde hace semanas no tiene nada de casual: sesenta años después Alemania trata de normalizar su pasado, especialmente ante vecinos del Este que se aprestan a ingresar a la Unión Europea. ¿Hay que crear un centro consagrado a los alemanes expulsados de Checoslovaquia y de Polonia al término de la Segunda Guerra Mundial? En caso de acuerdo sobre la necesidad de despertar esa dimensión de una memoria colectiva oculta, ¿qué ciudad debería acoger ese centro: Berlín, Wroclaw o Estocolmo?

Refugiados alemanes desembarcan de un barco que los ha transportado desde sus hogares en Prusia Oriental. Por los acuerdos de Yalta, este territorio ya no le pertenece a Alemania y todos los alemanes debieron ser -repatriados-

Como suele ocurrir, la literatura se colocó a la vanguardia. Durante mucho tiempo los alemanes parecían paralizados por los sufrimientos padecidos al fin de la Guerra, durante el éxodo y los bombardeos. Pero ahora, las cosas se desarrollan como si el paso de las generaciones y la paulatina desaparición de los testigos hubieran precipitado el momento de quebrar el silencio.

El primero en romper el tabú fue Günter Grass, premio Nobel de literatura, comprometido desde siempre con la social democracia, compañero de ruta de Willy Brandt, y por lo tanto poco sospechoso de pretender relativizar los crímenes nazis 1. El escritor, nacido en Dantzig, toma el tema del éxodo en su relato A paso de cangrejo 2. Allí cuenta cómo el 30 de enero de 1945 un torpedo de un submarino soviético hundió al barco Wilhelm Gustloff, haciendo naufragar en las heladas aguas del Báltico a 9.000 refugiados que huían del avance del Ejército Rojo.

Ese relato -magistralmente desarrollado- ¿implica un vuelco en la posición de Grass, hasta ahora convencido de que los territorios perdidos eran el tributo que Alemania debía pagar por haber desatado dos guerras mundiales? No. La evolución se sitúa en otra parte: simplemente el autor se acusa a sí mismo de no haber abordado antes el tema de los sufrimientos de los alemanes. "No deberíamos haber dejado nunca que la derecha se apropiara de los padecimientos de los alemanes. Era la gente de mi generación la que tenía el deber de hablar de ese tema", afirma "el viejo". El libro tuvo el efecto de una bomba. En pocas semanas se vendieron 400.000 ejemplares.

Otro libro produjo un impacto similar: El incendio, de Jörg Friedrich 3, que relata los bombardeos de Hamburgo, Dresde y Colonia ocurridos entre 1943 y 1945 (161 ciudades destruidas, 600.000 muertos). Los aliados desarrollaron esa "guerra de fuego" con una clara voluntad de aniquilamiento. Jörg Friedrich, historiador y autor de obras sobre los crímenes del ejército alemán en Rusia, da a conocer al público en general un tema que hasta ahora sólo había sido tratado por publicaciones especializadas. Ausente del discurso público sobre la gran historia, el relato de los sufrimientos de las personas sencillas tuvo por cierto una resonancia inédita entre los lectores.

Al mismo tiempo, los autores jóvenes se interesan por el pasado y por los últimos testigos vivos. Sin saberlo, la novelista Tanja Dückers, de 36 años, eligió para su novela 4 un tema idéntico al de Günter Grass. Luego de descubrir viejas cartas en un altillo decidió interrogar a su tío y a su tía, que escaparon por milagro de la catástrofe del Wilhelm Gustloff. Otros jóvenes autores -Christoph Amend, Stefan Wackwitz, Reinhard Jirgl u Olaf Müller- toman el tema de ese pasado alemán, que para sus abuelos estuvo marcado por la guerra, el éxodo y los territorios perdidos.

Por su parte, Hilke Lorenz, de 41 años, entrevistó a los kriegskinder (los niños de la guerra) 5. "Entre la gente que yo conocía sólo se hablaba de la guerra a media voz, como si fuera algo prohibido. Lamentarse no estaba bien visto", explica. La periodista decidió entonces hacer hablar a los sobrevivientes del traumatismo de los bombardeos, del miedo en los refugios subterráneos, de la pérdida de sus padres, de la violación de sus madres o hermanas, a las que a veces asistieron impotentes. Es difícil hablar de todo eso. ¿Cómo evocar los propios sufrimientos ante quienes padecieron los infligidos por el "pueblo de los verdugos"?

Tal es el telón de fondo del debate sobre la oportunidad de crear un centro consagrado a los alemanes expulsados al fin de la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente, lo que provoca controversia es la elección del lugar para instalarlo.

Un proyecto alemán, presentado por Erika Steinbach, originaria de los Sudetes y co-presidenta de la Unión de Refugiados junto al social demócrata Peter Glotz, proponía Berlín. Steinbach acaba de publicar un excelente libro sobre la historia de su región natal y el éxodo 6. El otro proyecto, de concepción europea, que optaba por Wroclaw, en Polonia, era una iniciativa de Markus Meckel, diputado social demócrata en el Bundestag y canciller del último gobierno que conoció la República Democrática Alemana. Entre los firmantes de ese llamado, lanzado en julio de 2003, figuran dos premios Nobel de literatura: Günter Grass e Imre Kertesz.
Erika Steinbach había presentado su proyecto en febrero de 2000, cuando acababa de ser electa presidenta de la Unión de Refugiados. Su idea consistía en edificar en la capital alemana un centro contra las expulsiones, que sería financiado por una fundación del mismo nombre. La iniciativa fue inicialmente bien acogida: el presidente federal, Johannes Rau, y el ministro del Interior, Otto Schily, hijo de refugiados, parecían aprobarla, y no había ninguna oposición de parte del jefe de gobierno, Gerhard Schröder, ni del ministro de Relaciones Exteriores, Joshka Fischer.

Huellas dolorosas
Pero en cuanto el proyecto fue presentado oficialmente y comenzó su discusión se multiplicaron las reacciones hostiles, especialmente en Polonia y en la República Checa. El pasado verano (boreal) la revista polaca Wprost publicó en su portada un fotomontaje-caricatura, donde se veía a Erika Steinbach en uniforme de las SS, a caballo de Gerhard Schröder, convertido en una oveja 7. Junto a esa imagen podía leerse: "Los alemanes deben un billón de dólares a Polonia como reparaciones por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial".

Se diría que los polacos siguen temiendo el "revanchismo" alemán y que las buenas relaciones nacidas luego de la Guerra, en un clima de reconciliación, podrían derrumbarse como un castillo de naipes. Algunas personalidades políticas notorias atizaron el fuego con duras críticas al proyecto: "En Alemania se empieza a banalizar el chauvinismo", comentó el ex canciller polaco Wladyslav Bartoscewski. Mientras que su homólogo Bronislav Geremek estimó que el proyecto berlinés sólo servirá para "exacerbar el odio" en lugar de contribuir a la reconciliación.

Idéntica reacción hostil se verifica en la República Checa, donde el contencioso de los Sudetes sigue envenenando el clima político. Aquí, la historia dejó huellas dolorosas. Cuando los nazis invadieron esa región (octubre de 1938) y luego toda Bohemia-Moravia (marzo de 1939), los primeros expulsados por los alemanes fueron los checos, como recordó el primer ministro Milos Zeman, que calificó a los alemanes de los Sudetes como la "quinta columna de Hitler". Desde el atentado contra Reinhard Heydrich (27 de mayo de 1942) a la masacre de la población civil de Lidice (10 de junio de 1942), y hasta las operaciones de expulsión de la mayoría de los alemanes de esa región en 1945 y 1946, la serie de actos violentos quedó grabada en las memorias.

En 1991 el presidente Vaclav Havel se disculpó en nombre de su pueblo por las masacres perpetradas contra los alemanes durante la expulsión, proponiendo incluso otorgar a los antiguos habitantes de los Sudetes la nacionalidad checa para poder así obtener la restitución de sus bienes perdidos 8. Esa propuesta de reconciliación parece hoy en día muy lejana. Actualmente el gobierno checo no está dispuesto a anular los decretos publicados por Edward Benes en 1945, que sirvieron de base jurídica a la confiscación de bienes y a la expulsión de tres millones de alemanes acusados de manera colectiva de colaborar con el régimen nazi. Según las encuestas, la opinión pública tampoco es favorable a esa revisión.

En semejante contexto no es de extrañar que el proyecto de instalar en Berlín un centro contra las expulsiones haya generado un movimiento de oposición. Encabezado por los universitarios Hans Henning y Eva Hahn, ese movimiento logró la adhesión de numerosos intelectuales y políticos checos, polacos y alemanes.

Fue precisamente ante la desconfianza de los vecinos del Este que en julio de 2003 Markus Meckel lanzó su proyecto, claramente europeo. Meckel cuenta con el apoyo no sólo del actual presidente polaco, Aleksander Kwasniewski, hijo de un expatriado, y del ex presidente checo Vaclav Havel, sino también de dos ex ministros polacos, Bartoszewski y Geremek, y de personalidades políticas checas como Petr Pithart, ex primer ministro y actual presidente del Senado; Petr Mares, vice-primer ministro, o Tomas Kafka, co-administrador del Fondo germano-checo "Budoucnosti" (En pro del futuro).
Adam Michnik, jefe de redacción del diario polaco Gazeta Wyborsza, figura entre los partidarios más entusiastas de la instalación del futuro centro europeo en Wroclaw. Después de todo, esa ciudad estuvo vinculada con dos expulsiones: la de los alemanes y la de los polacos provenientes de la ciudad ucraniana de Lviv (Leopolis) 9. Pero si el ex presidente checo Havel es favorable al proyecto de Wroclaw, su sucesor, Vaclav Klaus, prefiere la neutralidad de Estocolmo.

Deber de memoria transnacional
Para el diputado Markus Meckel poco importa el sitio. A su entender lo esencial es inscribir el proyecto en un contexto europeo y lograr un nuevo consenso entre los futuros miembros de la Unión Europea: que las expulsiones, las migraciones forzadas y las deportaciones sean consideradas como una violación de los derechos humanos fundamentales. Demócratas como Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt pensaron que era conveniente desplazar a grupos humanos para crear conjuntos étnicamente homogéneos con el fin de estabilizar la paz. Pero los traumatismos sufridos por las poblaciones civiles y los nacionalismos que esas medidas engendraron, mostraron que se habían equivocado.

En esa perspectiva, los alemanes también tienen derecho a que se reconozcan sus sufrimientos. Ello no disminuye en nada su responsabilidad en la Segunda Guerra Mundial y en el genocidio. No se trata de efectuar una contabilidad macabra de las víctimas registradas por cada pueblo, sino de sensibilizar a las naciones respecto de un deber de memoria transnacional y no selectivo, que tenga en cuenta los puntos de vista de unos y otros. Como sugiere Otto Schily, el centro contra las expulsiones no debe ser ni un museo ni un tribunal, sino un taller de historia viva para las futuras generaciones europeas.

Peter Glotz estima que olvidar un crimen en nombre de otros crímenes, aun con la excusa de la "responsabilidad colectiva", sería "volver a la ley del talión". Glotz se muestra incluso dispuesto a ceder en el espinoso tema de la sede del centro, si ello permite concretar su construcción. "Si hay que abandonar la idea de Berlín, abandonémosla. Pero no nos vayamos a Screbenica o a Estocolmo". A su entender, lo más urgente es iniciar ese trabajo pedagógico y organizar una gran exposición en 2005 sobre "El siglo de las expulsiones" en la Casa de la Historia de Bonn, que abarque desde el éxodo forzado y el genocidio de los armenios hasta los acontecimientos de Kosovo, pasando por los Sudetes.

Meckel también quiere avanzar rápidamente. Sin esperar a que los gobiernos nacionales o la Unión Europea adopten una decisión para construir el centro -cuyo emplazamiento y financiamiento resultan problemáticos- desea organizar una red europea contra las expulsiones, bajo la forma de seminarios, conferencias, talleres de historia, concursos y becas de estudio.

De manera que el debate sigue abierto. No parece deseable un consenso superficial sobre la idea de que "Todos somos refugiados". El escritor polaco Stefan Chwin recuerda que entre su madre, expulsada por los nazis, y los alemanes expulsados de Dantzig/Gdansk por los polacos, hay una diferencia: la que existe entre el agresor y el agredido. Günter Grass tampoco lo olvidó jamás. Pero eso no cambia en nada el dolor de haber perdido su ciudad natal.

  1. Ver "Gunter Grass, en croisade contre l'oubli", Le Monde diplomatique, París, octubre de 1995.
  2. Alfaguara, Buenos Aires, 2003. Ver además: Dominique Vidal, "L'Allemagne et ses fils", Le Monde diplomatique, París, febrero de 2003.
  3. El incendio, Taurus, Madrid, 2003.
  4. Himmelskörper, Aufbau-Verlag, Berlín, 2003.
  5. Kriegskinder, List Verlag, Munich, 2003.
  6. Die Vertreibung. Böhmen als Lehrstück, Ullstein Verlag, 2003.
  7. Reproducido por el semanario Der Spiegel, Berlín, 22-9-03.
  8. Ver Antonin Liehm, "Tourner la douloureuse page des Sudètes", Le Monde diplomatique, París, febrero de 1996.
  9. Ver "Quand Breslau perce sous Wroclaw", Le Monde diplomatique, París, mayo de 1996.

Por Brigitte Patzöld, traducción de Carlos Alberto Zito
Publicado en    Edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique
Marzo 2004, Páginas:  26,27


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