Recetas para dar la vuelta al mundo en ochenta pasos

En el Parque de las Naciones de Oberá conviven aromas y colores. Los metros de distancia simbolizan el cruce de continentes y la sensación es que de España se puede llegar caminando a Brasil. Sería como la vuelta al mundo en ochenta pasos.

Los descendientes de los países nórdicos afirman que son muy detallistas al momento de sentarse a la mesa. Cuidan de que no falte ninguna taza, ni menos el platito donde estará la manteca para untar. Si hace frío, se toma el helado acompañándolo con café caliente, según la costumbre. De la herencia nórdica quedaron las recetas para preparar mermeladas de frutas del bosque, que son servidas por cada una de las mujeres vestidas en su traje de cortesana, “siempre sudando la gota gorda”, dice sonriendo Lucía Juntunen, quien el jueves se consagró Reina mayor de las Colectividades. Las tortas y wafles son dos bocadillos tan clásicos como el vino tinto y caliente, especial para la época invernal de los nórdicos. El brebaje tiene especias de todo tipo, como canela, con almendras, pasas de uvas y otros frutos. Lucía Holmgren convida un vasito con el vino caliente. Ella habla y escribe en sueco. Sus hijos (6) y nietos (13) entienden poco del idioma materno y ella se arrepiente de no haberles enseñado. Pero la cocina tradicional sí fue heredada por sus descendientes, quienes aprendieron a cocinar como ella lo hizo con su madre y su suegra.

En la Casa Japonesa, Palmira de Minoura prepara el escabeche de bambú y otros platos preferidos de los comensales. Su madre llegó desde el norte de Japón a la Capital del Monte en 1927 y un año después, en la fundación de la ciudad misionera, conocieron el asado por primera vez. “Ese día le dieron una porción grande y dos galletas. Ella lo llevó y comió ese asado con toda la familia”, contó Palmira, quien viajó al país de sus abuelos en 2003. Allí, asegura ella, nadie se ver sorprendido si ven a alguien tomando mate. Sin embargo es una costumbre costosa. “Allá, la yerba salía 10 dólares. Era muy caro para comprar, por eso mezquinaba. Entonces yo tomaba mi mate y lo guardaba en la heladera. Volvía a la tarde y tomaba del mismo”, contó la mujer.
Palmira trabajó todo un año para pagarse su pasaje de regreso a la Argentina. Afirma que no cambiaría Oberá por Japón. “Allá viven todos muy acelerados. Acá yo tengo mucha más tranquilidad”, explica acodada en el mostrador de la Casa Japonesa, donde está listos para saborear los manjares orientales como el sushi o las empanadas de cerdo.
Palmira sonríe al ser consultada por sus platos favoritos. Tiene una larga lista de predilecciones pero primero habla de la milanesa. Sin embargo, en su hogar, cocina tanto los platos criollos como los japoneses. Por eso nunca puede faltar el ajinomoto para condimentar ni tampoco la salsa de soja.

En la Casa Típica de Polonia están de parabienes con la flamante Reina Nacional de los Inmigrantes, Paola Vanesa Werenczuk, que pertenece a esa Colectividad. La morada de los polacos se agrandó y el primer piso será inaugurado en noviembre, cuando sea la fecha patria de ese país. El gobierno Polaco condecoró a Enrique Okulczyk por haber construido La Casa Típica en la Capital del Monte. Lo hizo para dejar “un recuerdo para la gente de su país natal”, contó su esposa Ángela Androszczuk, quien trabaja en la cocina de esa Colectividad desde hace 29 años, es decir, desde que se fundó la Fiesta Nacional del Inmigrante de Oberá. El hogar natal de Ángela fue en Campo Ramón, donde puertas adentro sólo hablaban en ucraniano. “Yo más entiendo el polaco porque el ucraniano es un idioma muy difícil de escribirlo”, contó la mujer vestida con un gastado delantal. Más tarde irá a preparar pollo a la polonesa, uno de los platos preferidos en el menú de la Colectividad. Ella, como otras descendientes de europeos, asegura que la comida típica debió modificarse en pleno clima subtropical. Ángela señala a un polaco veinteañero, que llegó como mochilero hace unos años atrás a Oberá y desde entonces nunca más se fue. “El polaco te puede decir que en la mesa no puede faltar el vodka (risas). Pero acá, muchas cosas no se pueden aplicar en las recetas porque allá (Polonia) es un lugar muy frío. Allá nunca falta la papa, ni el repollo ni la frutilla. Como acá, en la casa misionera nunca falta el mate. Yo me crié en un ambiente, no sé si original, pero sí donde había que adaptar la comida con los ingredientes que había acá”.

El Territorio, Misiones
14.09.2008



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