Arte y cultura de Polonia en la Argentina

Museo Nacional de Arte Decorativo
17 de mayo / 30 de junio, 2005.
Buenos Aires

Entre Oriente y Occidente

Foto de un casamiento. Trajes tipicos de la nobleza polaca, 1909, PoznanPolonia se incorporó a la cristiandad -y por tanto a Occidente- en el año 966. Su expansión territorial llegó a transformarla en el país europeo más extenso cuando en 1569 formalizó su unión con el Principado de Lituania. Era un país multirracial en el que convivían hombres de diferentes lenguas, costumbres y religiones; no obstante, esa multiplicidad se amalgamó en una cultura única, muy diferente al resto de los pueblos del continente. Y fue la hidalguía polaca la gran protagonista de ese proceso.La hidalguía constituía el diez por ciento de la población -que en el siglo XVI era de diez millones- y no era una clase social homogénea, cabían en ella desde el magnate hasta el propietario que trabajaba con sus manos un pequeño minifundio, pero se sentían por completo iguales, hermanados en su deber: ser los guerreros de la Patria. Su papel en la vida política de Polonia era determinante; y si bien siempre tuvieron mucho poder de decisión, a partir de 1572 establecieron una monarquía electiva -algo absolutamente insólito en una Europa donde imperaba la monarquía absolutista. El rey pasó a ser una especie de presidente vitalicio, y el Parlamento -donde cada hidalgo tenía voz y voto- pasó a ser el verdadero gobernante.

Como para ilustrar: el trono del rey polaco era, en realidad, una silla sólo un poco más grande que la de los hidalgos; porque no podía ofenderlos con una posición dominante. Este espíritu democrático respondía al concepto de libertad de la hidalguía, concepto que se reforzó a partir de la difusión -y completa adhesión- del mito de los Sármatas.

Virgen de Czestochowa, en marco de plata con corales. Principio del siglo XIXA principios del siglo XVI todos los pueblos de Europa comenzaron a interesarse por sus orígenes, intentando vincularlos a la Grecia clásica, por ejemplo. Así, en Polonia, los hidalgos se consideraron descendientes de los sármatas, un pueblo de guerreros libres y valerosos de la Antigüedad que habría vivido entre el Volga y el Vístula. Este mito cohesionó a la hidalguía proporcio-nándole una ética y modelando su cultura, desde la vida cotidiana hasta las artes. El “noble guerrero” se diferenciaba en mucho del “caballero cristiano” de los demás pueblos europeos... El hidalgo polaco se dedicaba a dos tareas: la agricultura en tiempos de paz, o a la guerra; siendo éste su verdadero trabajo. Las continuas luchas con pueblos del Oriente -como los turcos- también llevó a que se interesaran -y deslumbraran- por esas culturas. Polonia fue simultáneamente occidental y oriental, y ésto se vio reflejado en las costumbres. Hacia fines del siglo XVII, el ejército polaco se modeló sobre el turco; y el arte textil adoptó diseños e hilados propios de Oriente. El hidalgo tomó gusto por el consumo de artículos suntuarios, y no vacilaba en gastar fortunas en armas, vestidos, caballos y festines. El dinero que producía la agricultura no servía a la inversión, sino al gasto. Así, por ejemplo, ningún banquete podía durar menos de tres días; y un funeral podía llegar a prolongarse durante un mes, sin que faltara en él representaciones teatrales, música y toda clase de ceremonias.

Documento del año 1653 del rey Juan Casimiro Waza.

El espíritu libre y democrático de la hidalguía se ve reflejado en forma patente en el traje nacional polaco, ya que era igual para todos, incluido el rey; la única diferencia era el costo de los materiales con el que se confeccionaba. El clima no era muy propicio para las calzas y jubones cortos del resto de Europa, pero el Oriente supo inspirar las prendas que se usaron desde fines del siglo XVII hasta principios del siglo XIX.

En lugar de camisa se usaba una especie de caftán largo, ajustado al talle y amplio a partir de la cintura, con bolsillos en las costuras y mangas largas con puño, confeccionadas con telas finas, como la seda. Sobre este caftán se vestía otro, bastante similar, pero de paño o terciopelo, forrado en damasco, ribeteado en cordoncillo y con abotonadura de pasamanería o botones finos. Esta prenda, también ajustada al talle, llegaba hasta el tobillo, dejando ver botas de media caña de cuero fino, por lo general de colores llamativos. El abrigo era muy cómodo para andar a caballo porque, además de los largos y generosos faldones sueltos, tenía cortes en las mangas, desde la sisa hasta el codo, y un fuelle en la espalda para dar libertad a los movimientos.

A partir de mediados del siglo XVIII el traje se completó con una faja, un adorno que solía ser un motivo de orgullo para su propietario, tanto como un buen caballo o la mejor espada. Las fajas podían sobrepasar los cuatro metros de largo, y su ancho era de unos treinta y cinco centímetros. Estaban tejidas con las fibras más valiosas, con profusión de hilos de oro y plata, y su manufactura era en verdad exquisita. Los tejedores polacos adoptaron las técnicas de los orientales y las llevaron a la perfección, creando diseños originales, muy elaborados, donde primaban motivos florales más o menos estilizados. El caballero ceñía su cintura con varias vueltas de la faja, poniendo especial esmero en el modo de atarla para que los extremos cayeran con elegancia y mostraran su parte más ornamentada. Se llegó a crear un “lenguaje de la faja”, ya que distintas ocasiones merecían que se llevara una diferente, siendo afrentoso que se transgrediera esta etiqueta; así, hubo fajas apropiadas para honras fúnebres, banquetes o bodas. Por otro lado, también hubo ingeniosas fajas “cuatro en una”, en las que no sólo había diferencia de color y tejido entre anverso y reverso, sino también en las dos mitades verticales.
El traje nacional distinguía a un polaco en cualquier lugar del mundo, para orgullo de su propietario que proclamaba, así, su pertenencia a una estirpe de guerreros de la libertad. Estirpe que se ha mantenido hasta nuestros días.



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