Max Berliner: “Amo al Idish y a la Argentina”

Max BerlinerCon 91 años recién cumplidos, el popular actor repasó junto a Plural JAI | Judaísmo Amplio Innovador toda su historia, sus secretos, y sus variados proyectos. Del teatro idish a Tinelli. Del Di Presse a Twitter. La vida misma de Max Berliner podría ser su más lograda interpretación, incluso cuando fueron miles las obras a los que le puso su cuerpo y alma, desde que comenzó a gastar las tablas, hace ya 85 años. El presente lo encuentra repleto de proyectos, luego de finalizar “Días Eternos”, obra que se estrenó en el Teatro Nacional Cervantes y con la que recorrió gran parte del país. “Lo del teatro fue muy cansador, recorrí de Junín a Ushuaia, así que me tomé un tiempo de descanso. Pero tengo un montón de proyectos, las clases de teatro, una obra musical que voy a estrenar este verano en Mar del Plata, escrita por mí, de nombre Reumoshow, y una película que me propusieron hacer con Amelia Bence”, afirma, entusiasmado.

Pero para conocer el inicio de la obra de su vida, sería necesario remontarse a la Varsovia de 1919, donde el matrimonio compuesto por Moisés y Rifka alumbró a su cuarto hijo, Mordcha, para pocos años después emigrar a un lejano país, la Argentina, huyendo de las persecuciones y la pobreza.

Fue en este país donde la vocación artística de Moisés pudo comenzar a desarrollarse, aunque por intermedio de sus hijos. “Mi viejo no quería el hijo dotor del que hablaba Florencio Sánchez, quería artistas, porque le gustaba el teatro y la cultura, así que a todos nos inculcó el arte”, apunta Max. Sucede que aún faltaban algunos años para la Gran Depresión Mundial, y es por eso que el trabajo de Moisés como broncero en la fábrica de camas Jenik, le permitía a su familia pasar una vida modesta pero sin mayores sobresaltos, lo que les dio tiempo a los Berliner para atender al desarrollo artístico de sus hijos, antes que al económico “Mi hermana mayor Dobe, que se cambió el nombre a Dora, fue la única oveja negra, porque no quiso estudiar nada. Pero Luisa, que antes era Luva, estudiaba violín, y Estera, que se puso Norma, y que todavía vive, estudiaba piano. Y a mí, que me empezaron a llamar Max, me llevaron a estudiar violín, aunque después me pudrí y lo cambié por el piano, y a hacer teatro. Mis hermanas se cansaron y dejaron, pero yo seguí en el arte durante toda mi vida, hasta el día de hoy”.

Moisés solía reunirse en una comunidad de inmigrantes judíos polacos, ubicadas al lado del viejo bar León en Corrientes al 2000, en la que varios actores amateurs organizaban obras de teatro en idish. “Allí mi viejo me contactó con un mal director de teatro, -aunque eso ahora no importa-, que me hizo hacer un papel en la obra de Scholem Aleijem, ‘Inmigrantes’, y empecé a sentirle el gustito a todo eso. Luego comencé con el recitado en idish de poemas de autores estadounidenses judíos, y me empezaron a conocer en el ambiente”.

Para entonces, cuando se iniciaba la década del treinta, su familia se mudó de Flores al Once, donde la vida entera sucedía en sus calles, impregnadas de teatro, idish y prostitutas. “Vivíamos en una casa ubicada en Lavalle al 2000, donde mis viejos abrieron la Corsetería Berliner, en la que fabricaban fajas, corpiños, modeladores con ballenas y espalderas para los estudiantes de las academias Pitman. Yo me quedaba en el umbral del negocio, porque adentro hacía mucho calor, y le leía a mi madre cuentos en idish, como Ingele Ringele, ya que ella no lo podía hacer. Y en la puerta me veían muchos de los que ya habían ido al teatro, así que comentaban. También pasaban por allí el doctor Jitnitzky de Mundo Israelita, o Samuel Rosanaky de Di Presse, y al día siguiente comentaban en los chimentos de los diarios que me habían visto en la cuadra leyendo en idish. Lo que pasa es que todo sucedía en la calle, porque nos pasábamos el día ahí, no era como ahora. Me acuerdo que mi hermana mayor andaba con un vecino marinero de nombre Benito, y se armó despelote en mi familia porque mis padres no querían un goy, pero resultó al final que no era Benito, era Benjamín Shmuckler y ahí se resolvió todo. Y por supuesto me acuerdo de la casa que estaba al lado de nuestro negocio, con cortinas blancas y una luz roja, donde las mujeres entraban y salían con hombres todo el tiempo…pero no era raro, porque aunque ya estaba finalizando el tiempo de la Zwi Migdal, el barrio estaba lleno de prostíbulos, y sus mujeres venían a nuestro negocio a hacerse los corpiños".

Ya existían ocho teatros en idish, el Ombú, -ubicado donde hoy se encuentra la AMIA, cuya calle llevaba el nombre del árbol-, el Olimpia, el Argentino, el Mitre, el Nuevo, el Excelsior y el Soleil. La corsetería Berliner estaba a pocas cuadras de estos dos últimos, y gracias a sus dos amplias vidrieras a la calle, recibía palcos para los estrenos, a cambio de la pegatina de los afiches sobre los vidrios. “Y yo me los veía todos, los musicales, los melodramas, las comedias. Venían actores judíos de todo el mundo, como Jenny Goldstein, Samuel Goldenberg, Celia Adler, o Jacobo Rotbaum. Pero lo que recuerdo especialmente era el aroma que espiraba en aquellas noches... lo que pasa es que todas las actrices y espectadoras se arreglaban mucho, se vestían de lujo y usaban los mejores perfumes. Muchas eran prostitutas que estaban de acompañantes, a las que yo había visto en mi negocio comprando. Pero los demás no las querían, y llegó un momento en que la colectividad, como no quería juntarse más con ellas, puso en la entrada de los teatros un cartel, en idish, que decía ‘Prohibido para impuras".

Max ya había cumplido veinte años y se había recibido de profesor de piano, con lo que comenzó a ganarse la vida poniendo una chapita en la puerta de su casa, donde decía su nombre y profesión, y cobrando cinco pesos por mes, lo que le valió una gran cantidad de alumnos. Pero aunque sus ingresos provenían mayormente de allí, no abandonó su verdadero amor, el teatro idish independiente. “Ya había hecho muchas funciones recitando poemas, así que me vio el director David Licht, que primero me ofreció trabajo como asistente de dirección en el IFT, y después el papel de un músico klezmer en la obra ‘Boitre'". La buena repercusión de la obra animó a Licht y a Berliner a probar suerte con el teatro en castellano, lo que a la postre significó el debut de Max en este último, interpretando la obra Macbeth de Shakespeare en el teatro La Máscara. Igual, era el teatro judío donde tenía su mayor repercusión. “Me fue tan bien con la obra de Licht que cuando él se fue de la Argentina, me recomendó a Moris Swartz, que había llegado de Estados Unidos, para que interprete a George, un joven que hacía el Bar Mitzva, en una obra de Israel Yoshua Singer. Swartz hacía teatro profesional, no independiente, lo que mi no me interesaba porque era muy distinto, así que un día le dejé un cartelito que decía: ‘Moris: George no es Max y Max no es George’. Pero hasta Jitrinsky, el director del IFT, me llamó para convencerme, así que finalmente lo hice”.

A comienzos de la década del sesenta, Max ya se había casado con la artista plástica Rachel Lebenas, con quien había tenido a sus dos hijos, Daniel y Ariel. "¡Cómo laburé en ese tiempo! ¡Me mataba! Tenía que sostener a mi familia, así que había empezado con clases de teatro en la Escuela Scholem Aleijem, donde estuve como cincuenta años, y trabajé en Mundo Israelita por más de diez, ya que era amigo del primero director León Kubrik. Yo hacía la parte administrativa, y colaboraba con algunas notitas de instituciones, aunque los periodistas eran Jitrik y Malaj. Y claro, seguía con el teatro”.

Como si fuese poco, Max también se convirtió en empresario teatral, fundando el Teatro Artea, en el que se exhibirían temáticas judías en castellano y obras argentinas en idish. “La AMIA me ayudó con el alquiler del local y el piano, y anduvimos bárbaro por muchos años. Una de las obras más importantes obras fue ‘El Zoológico de Cristal’ que la vieron Norma Aleandro y muchos artistas llegados desde Israel. Pero luego comenzaron los problemas porque el grupo quería hacer Chejov en castellano, y eso no tenía nada que ver con la propuesta de Artea. Así que publiqué una carta en el Di Presse diciendo que me retiraba de Artea y le devolvía todo a AMIA. Pero después hice, ya en AMIA, el ‘Teatro Popular Judío’, algo parecido, en donde también traía directores del extranjero, como el israelí Bunim”.

Para entonces, Max había superado ampliamente las fronteras del teatro Idish. Ya había debutado en el cine nacional con la película ‘La Calesita’, en la que interpretaba al padre de Hugo del Carril, quien le prohibía su casamiento “mixto” con el personaje que interpretaba Amelia Bisutti, y, a partir de los setenta, compuso diversos papeles en otras cuarenta películas, que van desde clásicos como “La Patagonia rebelde” y “Los gauchos judíos”, hasta dramas como “Pasajeros de una pesadilla”, “Tacos Altos”, y “Plata Dulce”, pasando por comedias como “Susana quiere, el negro también!”, “Los superagentes contra los fantasmas” y “Minguito Tinguitela Papá”. Y un década después, también comenzó a ser una figura reconocida en televisión, interpretando papeles en series y unitarios como “Amigos son los amigos”, “Chiquititas”, “Tumberos”, “Disputas”, y “Botineras”.

Con todo, según afirma Max, poco importa que se trate de teatro, cine o televisión, de drama o comedia, de dirigir, actuar o enseñar. “Todo lo hago con el mismo amor, con la energía necesaria, porque una vez que empiezo algo me meto de lleno con eso, y eso pasa a ser mi proyecto más importante”.

¿Alguna obra le significó algo especial?
La de Moris Swartz de la que te hablé, porque allí me vio una nena, que después me fue a saludar, pero yo era tan tímido que en vez de salir por el hall, donde había mucha gente, me escapé por una puerta trasera, así que ella me perdió. Pero mucho años después, en Teatro para Todos, un grupo que formé para la gente joven que quería hacer teatro en idish, esa nena, que se llamaba Rachel y ya era una jovencita, me encontró, y así fue que nos terminamos casando.

Afirmó en alguna oportunidad que tiene raíces judías, pero se considera argentino cien por ciento. ¿En qué cuestiones?
Yo aprendí todo lo que sé en Argentina, y acá hice todo, la vida de Marc Chagall, obras de Scholem, y conocí a directores de la talla de Lee Strasberg, José Buloff, o Jacobo Ben-Ami, todos grandes entre los grandes del teatro idish. Yo vivía y sentía en idish, pero al teatro lo veía en castellano. Y la escuela también la hice en castellano, diciendo que era judío sin ningún problema, salvo una vez, con un amigo de nombre Gallo, que me jorobó y aunque no se pelear le di un cachetazo, y se acabó el asunto. Amo a toda su gente sin diferencias, mis amigos son actores de todos lados, Ricardo Darín, Guillermo Francella, Federico Luppi, todos me abrazan y me aman, y el público en la calle también. Yo amo al idish y a la Argentina, aún con su mugre, su suciedad, sus calles rotas, pero me siento muy argentino, aunque judío.

¿Es ese amor el que le hace seguir en la actuación?
Son los proyectos, cuando estuve en lo de Roberto Petinatto, hace poco, me preguntaron como hacía para mantenerse así, con energía y trabajando, y yo les dije que no estaba de acuerdo con ese proverbio que dice “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Porque hay que dejar proyectos, sino te morís. En ese programa estaba el psicólogo Gabriel Rolón, y me dio la razón, me dijo que estaba muy de acuerdo, que era así, y todos me aplaudieron.

Julián Blejmar
Plural JAI, 18.12.2010


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