Transmigrantes - Cuatro miradas mexicanas sobre Europa

Del 06-08-2010 al 29-08-2010
Lunes a viernes de 14 a 21 hs. Sábados, domingos y feriados de 10 a 21 hs
Centro Cultural Recoleta, Sala 4
Junín 1930, Buenos Aires.

Afiche de la muestra TransmigrantesA lo largo del siglo XX, la revolución mexicana se mantuvo vigente gracias a la impronta de una ideología nacionalista desarrollada por el Estado, que sirvió de base para cohesionar la vida social del país, así como para sustentar la hegemonía de un solo partido político, que se sostuvo en el poder durante siete décadas a partir de 1930. Este nacionalismo se planteó por lo regular a la defensiva, como un dique para contener los intereses de naciones más poderosas que México, y como una manera de identificar entre sí a un conglomerado de regiones que, en algunos casos, no tenían antecedentes comunes ni comunicaciones constantes. Gracias a dicha ideología, se promovió la imagen de México como un país mestizo, si bien fundamentado en una sola de sus raíces, la indígena, que fue utilizada en forma perversa para encubrir los antecedentes coloniales del país, y para presentarse al exterior como un lugar donde la utopía de las culturas y los mitos prehispánicos seguía latiendo con fuerza, asociada secularmente a las reivindicaciones populares. Lo pernicioso de esta utopía, es que negaba una realidad, la de un país cimentado no sólo por su pasado indígena, sino también por su raíz europea, que a partir del siglo XIX además de su vínculo con España, tuvo también contactos e influencia de Alemania, Francia e Inglaterra, e incluso del liberalismo de los Estados Unidos. Durante aquella centuria, las ideas desarrolladas por todas estas naciones tuvieron eco en el pensamiento de las clases dirigentes o de los intelectuales en México, incorporando al país en la órbita de una región mundial que ha sido atinadamente definida por el diplomático y ensayista francés Alain Rouquié como el extremo occidente, es decir, América Latina.

A partir de la década del sesenta del siglo pasado, el nacionalismo mexicano fue perdiendo vigor a medida en que crecía la influencia del exterior en los hábitos culturales de la población urbana, en particular de la ciudad de México. Una buena parte de quienes eran adolescentes o jóvenes entonces ya no asumieron como propios los mitos de la ideología nacionalista, recogiendo más bien la herencia de los pequeños grupos que habían permanecido al margen de los efectos del populismo. Entre ellos, algunos fotógrafos, que reconocieron la trascendencia de autores como Manuel Álvarez Bravo, deslindándose al mismo tiempo de las imágenes oficiales y estereotipadas, que para los años sesenta y setenta circulaban todavía con éxito público –si bien con una calidad, tanto de propuesta como de producción, cada vez más deficiente- a través de la obra de los epígonos del poderoso nacionalismo de los cuarenta y cincuenta.

Memorias compartidas

Por ello resulta significativo observar la coincidencia entre la decadencia de dicho nacionalismo con el surgimiento de una generación de fotógrafos que hacia el final del siglo XX asumió la creación iconográfica considerando múltiples influencias; observando el mundo, si se quiere, con ojos mexicanos, pero con una conciencia abierta hacia el exterior, reivindicando, quizás sin saberlo, las tesis de Jorge Cuesta, el crítico más lúcido del nacionalismo mexicano, quien denunció la estrechez de dicha ideología y estableció con precisión las coordenadas de la universalidad cultural de México, cuya esencia es, de acuerdo a sus ideas, transmigrante, precisamente porque se basa en los ideales del renacimiento europeo, que llevaron a la invención de América.

¿En que medida esta condición favorece la posibilidad de comprender la obra de cuatro autores mexicanos nacidos en los años cincuenta y principios de los sesenta, que han desarrollado parte de su obra en Europa?; ¿Qué pueden aportar estas imágenes a un proyecto que busca perspectivas para reconocer las claves de la Europa actual? Quizás sea pertinente complementar las preguntas anteriores con dos cuestionamientos más: ¿Mirar Europa desde América Latina?, ¿Qué ha sucedido para que la dirección de la mirada sea inversa a la acostumbrada?

La visión de Europa por parte de los autores que presenta la muestra Transmigrantes. Cuatro fotógrafos mexicanos en Europa; Flor Garduño, Cristina Kahlo, Raúl Ortega y Pablo Ortiz Monasterio, tiene múltiples facetas: la historia, la migración, el color, la monocromía, la melancolía, la ciudad, el campo, la fiesta, la ciencia y la ilusión se entrecruzan para señalarnos la diversidad de un continente desde ópticas peculiares, que conocieron Europa con la imaginación antes que mediante la experiencia, lo que confiere a su mirada una posición de extrañamiento, que quizás por ello mismo se asocia con fidelidad a los cambios actuales de un continente que ha buscado afanosamente su integración en las últimas décadas, derribando, precisamente, numerosos mitos nacionales.

Flor Gaudio

Es la historia el telón de fondo de la relación entre América y Europa, y gracias a ella tuvo lugar un diálogo imaginario entre dos personajes distantes en el tiempo, pero identificados por la vocación: Fernando Ortiz Monasterio y Gaspare Tagliacozzi. El primero, un eminente cirujano plástico mexicano, y el segundo uno de los precursores más importantes de su profesión, quien dejó inscrito en el libro De Curtorum Chirurgia Per Insitionem un legado invaluable para los futuros médicos: una serie de teorías y prácticas para que quienes por alguna razón habían perdido el apéndice nasal, pudieran recuperarlo mediante injertos. Nunca imaginó Tagliacozzi que sus conocimientos y su efigie derivarían, siglos después de su paso por el mundo, en otro libro: Dolor y belleza, editado a su vez, gracias a otro diálogo, ahora entre el Doctor Ortiz Monasterio y su hijo fotógrafo, Pablo Ortiz Monasterio, quienes le rinden homenaje en dicho volumen a Tagliacozzi mediante sus imágenes y escritos. La ciencia, la fotografía, la memoria y el afecto se conjugan en dicha obra para referirnos la transmisión del conocimiento a través de la distancia y de los libros, de la imaginación y la creación.

De la historia de la medicina a la historia del arte, se puede tender un puente para ver como la obra de los pintores renacentistas inspiró a Diego Rivera, uno de los artistas mexicanos más conocidos durante la primera mitad del siglo XX, quien luego de conocer las técnicas de sus antecesores europeos, encabezó un movimiento plástico original, que acompañó las tentativas educativas del Estado revolucionario: el muralismo mexicano, una de cuyas obras, El sueño de un domingo en la Alameda, inspiró a su vez a la fotógrafa Cristina Kahlo (sobrina nieta de quien fuera compañera de Diego, la también pintora Frida Kahlo), para realizar una serie de imágenes sobre una feria en Suiza, utilizando el color como el motivo principal para adentrarse en el mundo ilusorio de las carpas y los juegos mecánicos, evocando así, desde su propio territorio, características que el imaginario europeo comúnmente asocia a México: el colorido y la fiesta.

La enseñanza es uno de los lugares donde mejor se pueden reconocer las intersecciones entre los pensamientos y las obras que se desarrollan a uno y otro lado del Atlántico, y ha sido un referente clave para el diálogo creativo entre Europa y México. Un caso emblemático, en este sentido, es el de Flor Garduño, cuya obra temprana condensa la impronta de dos maestros: Kati Horna, húngara, y Manuel Álvarez Bravo, mexicano. Ambos le transmitieron la idea de la fotografía como experiencia vital, asociada a la posibilidad de abstraer instantes de la vida cotidiana de manera sutil, como lo ejemplifica la serie que Flor Garduño realizó en Polonia en los ochenta, poco después de que se estableciera en Europa, y que remite a sus primeras obras mexicanas, donde se percibía su notable compenetración con el mundo campesino, así como la perspectiva poética que ha caracterizado su obra.

Se ha estudiado en diversas ocasiones la mirada de los fotógrafos extranjeros sobre México; sin embargo, existen pocos antecedentes para saber cuál ha sido la manera en que los fotógrafos mexicanos perciben el mundo más allá de sus fronteras. La oportunidad que abre la revisión de Europa a través del Mes de la Foto de París, constata que la condición transmigrante de la cultura mexicana, revelada a través de la mirada de Flor Garduño, Cristina Kahlo, Raúl Ortega y Pablo Ortiz Monasterio, se relaciona de manera natural con una Europa cada vez más parecida a las regiones que una vez fueron colonizadas por sus habitantes, quienes al desterrarse de su continente, colocaron los no sólo los cimientos de nuevas formas de vida, sino también una parte de las perspectivas con las que su lugar de origen sería alguna vez observado.

“El nacionalismo es una idea europea que estamos empeñados en copiar”, decía Jorge Cuesta. Por ello “la verdadera naturaleza de nuestra idea nacional está en su carácter convencional y ficticio”, concluía. Siguiendo sus tesis, una vez que la cultura mexicana se deslindara de la “imitación nacional”, surgiría una voz propia, capaz de dialogar con sus pares de otras latitudes. Es así que la mirada de los fotógrafos mexicanos de la presente muestra, al seguir su propio itinerario, nos permite observar no sólo una parte de la cultura europea, sus cambios y transiciones, sino también, a través de la imaginación, una parte de la otra orilla del Atlántico.


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