Retratos del último Kantor

El fotógrafo viajó a Polonia para presentar una muestra sobre el gran director

Imagen del espectáculo“¿Se abrirá otro círculo o se cerrará el que se abrió hace 20 años”, se fue pensando el fotógrafo Carlos Furman durante el largo viaje que une a Buenos Aires con Cracovia. Durante todo ese tiempo en el avión, seguramente habrá recordado varias de las fotos que tomó en 1987 cuando el genial Tadeusz Kantor y su grupo, el Cricot 2, presentaron en el Teatro San Martín ¡Qué revienten los artistas! Dos décadas después, ése es el título de la muestra, que inaugurará hoy, en la Cricoteka, la fábrica de transgresiones de Kantor ubicada en Cracovia, convertida en centro de documentación y galería de arte.

La prehistoria de este presente en tierras polacas tiene lo suyo. En 1984, Furman ingresó a trabajar como fotógrafo al San Martín. Al mes de entrar le encargan hacer el seguimiento de la primera visita del Cricot 2 con Wielopole-Wielopole . “Cuando fui a hacer las fotos quedé inmovilizado viendo la obra. La asociación de imágenes, me paralizaba”, recuerda.

A tres días de aquella función de estreno que impactó tan fuertemente al público local, Kantor y sus actores llegaron a su gabinete fotográfico con el objetivo de sacarse unas fotos para unos trámites. “Fue muy fuerte verlos ahí, porque hasta ese momento no había asociado a Polonia con Kantor ni con mis cuatro abuelos polacos, que llegaron a la Argentina escapando de la guerra”, apunta este talentoso fotógrafo acostumbrado a detener la fugacidad del teatro.

Tres años después, en 1987, la compañía volvió al San Martín para presentar ¡Qué revienten los artistas! A toda costa, Furman quería hacer un ensayo fotográfico que de cuenta de esa nueva visita. La cosa no era fácil porque debía conseguir el permiso del mismo Kantor, un señor con un humor complicado alrededor del cual se escuchaban anécdotas casi fantásticas sobre la dureza de su trato.

En medio de un ensayo, Furman captó la foto principal de Kantor que acompaña este comentario. Cuando el creador de La clase muerta tomó contacto con esa pieza pidió conocerlo. “¿Qué puedo hacer por vos?”, le preguntó. “Quiero hacer fotos de todas las funciones en Buenos Aires”, aprovechó él. Y así fue la cosa. No cruzaron muchas palabras, aunque cuando llegó el momento de la despedida Kantor ordenó parar el micro que lo trasladaba a Ezeiza para regalarle un dibujo suyo. Uno de esos dibujos que pueblan una sala completa del Museo de Arte Moderno de la bella Cracovia. El último paso de la compañía por esta ciudad quedó sintetizado en unas cuantas fotografías en blanco y negro en momentos en los cuales no se hablaba de las cámaras digitales.

En 1990, Furman viajó a Europa. Se fue con aquellas fotos imaginando que, quizá, se cruzaba con la compañía y le mostraba el trabajo. Una mañana estaba en Florencia, en la casa de Kantor (pero Waldo, el jugador de vóley amigo suyo), pensando en la caprichosa coincidencia de apellidos. Horas después, un diario local anunciaba que Kantor había muerto. La carpeta con las fotos volvió a Buenos Aires.

El año pasado, Rosa, su madre, viajó a Polonia a visitar Bialystok, el pueblo de sus padres. Sin dudarlo, Furman rearmó la carpeta que volvió a cruzar el Atlántico. De paso por Cracovia, su madre fue a la Cricoteka, el estudio en el que el director trabajó a lo largo de una década. Como no había nadie, dejó la carpeta acompañada por una notita. Al otro día, una hora antes de partir, se acercó el responsable del lugar conmovido por las fotos que le habían dejado. Un mes después, Furman recibió un correo electrónico preguntándole si estaba dispuesto a montar una gran muestra de fotos. Un año después, esas 25 imágenes estarán montadas hasta fin de mes entre objetos escenográficos como si fuera una instalación plástica.

Así es cómo lo familiar, lo artístico, las emociones, las raíces, la imagen detenida y los puentes imperceptibles se fueron mezclando en esta historia circular. “¿Se abrirá otro círculo o se cerrará el que se abrió hace 20 años?”, se preguntaba obsesivamente Furman antes de partir. “Mi arte morirá conmigo”, dijo alguna vez Kantor. Puede ser. Pero los ecos de sus creaciones laten con intensidad (de otra manera, no se entiende la muestra que se inaugura hoy).

Alejandro Cruz
La Nación, Buenos Aires
18.10.2007


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