La noche de Szymanowski

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Arturo Diemecke. Solistas: Claudio Barile, flauta; Lucrecia Jancsa, arpa. Programa: Franck: El cazador maldito ; Mozart: Concierto para flauta, arpa y orquesta, K.299; Szymanowski: Sinfonía Nº 2 en Si bemol mayor, Op. 19. Abono de la DAIA. Teatro Gran Rex.
Nuestra opinión: muy bueno.

Orquesta Filarmónica de Buenos AiresInmenso, como siempre, pero no atiborrado, como sucede ocasionalmente, así lució el Gran Rex en la noche del martes. Con cierta inocencia, se podría suponer que la principal razón para las ausencias podría haber estado en lo desapacible de una noche que nada tuvo de primaveral. Pero el análisis del programa puede aportar otras respuestas. De principio a fin, la orquesta proponía un muy poco conocido poema sinfónico de Franck, que nunca había sido tocado por la Filarmónica; un concierto ultragalante de Mozart, y, por último, una sinfonía de Szymanowski, un compositor polaco, por decirlo de algún modo poco musical, con poca prensa y demasiados misterios. Sin embargo, bien valió la pena concurrir al concierto de la Filarmónica y precisamente gracias a quien, preconceptos mediante, supuestamente iba a ser lo menos interesante o, más grave, lo más ríspido de la noche. La cuestión es que, en definitiva, la primera parte pasó despertando pocas pasiones, más por cierta anodinia que por inconvenientes técnicos o musicales, en tanto que la segunda, con Szymanowski, devenido gran atracción de la noche, sonó plena, atractiva y poderosa. Por supuesto, gracias a la seguridad de Arturo Diemecke y al buen oficio y las muchas destrezas de una orquesta que cuando el director mexicano está en el podio alcanza momentos óptimos.

El cazador furtivo es una obra de Cesar Franck, escrita un par de años antes que su Sinfonía en Re menor o su maravillosa Sonata para violín y piano. Pero a diferencia de estas dos obras es dificultoso encontrar en este poema sinfónico esas bellezas temáticas, esas construcciones que combinan con mano maestra la idea de la reiteración variada y las oposiciones o una fantasía creativa peculiar. Además, ese estereotipo marcado a fuego en el siglo XIX según el cual los bosques y los cazadores requieren imprescindiblemente a los cornos para su representación simbólica implica algunos riesgos ciertos. Si bien no hubo desafinaciones graves, sí hubo cierto sonido destemplado que poco favoreció a la recepción de la obra. De uno u otro modo, el escaso aplauso dispensado a su finalización denotó que el público no deliró ni por la obra ni por su ejecución.

Después, con Barile y Jancsa como solistas, llegó el Concierto para flauta y arpa de Mozart, que, en cierto modo, es una muestra cabal de lo que es la galantería propia del clasicismo. El asunto es que Mozart escribió esta obra para que fuera degustada por los franceses y se apartó, por lo tanto, de esa costumbre compositiva maravillosa y muy suya que era hacer rodar dramas y teatralidades varias desde la ópera hacia el campo de la música instrumental. Nada de esto ocurre en este concierto, que abunda en refinamientos y falta de sorpresas. Por suerte, tocando la flauta estuvo Claudio Barile, que, como siempre, se mostró seguro, confiable y musical. Lucrecia Jancsa, por su parte, sonó demasiado tenue y un tanto insustancial, más allá de que su parte es, esencialmente, una especie de acompañamiento a la flauta.

Como prueba de que quienes fueron estaban dispuestos a escuchar el concierto hasta el final, no hubo merma de público para presenciar la primera audición en la Argentina de la segunda sinfonía de Karol Szymanowski. La obra no es sencilla y, al respecto, basta recordar que hace unos diez años esta orquesta la había anunciado, pero su presentación fue cancelada un día antes del estreno.

Las dificultades son muchas, en lo técnico y en lo interpretativo. Compuesta en la primera década del siglo pasado, la obra avanza o entremezcla cierto romanticismo tardío con un palpable modernismo en ascenso. Bella, muy bien escrita y orquestada, la sinfonía gozó de una muy buena lectura. Diemecke, con su conocida y ampulosa gestualidad, no dejó ningún resquicio para la duda: su conocimiento de la partitura es indudable y la firmeza con la cual la condujo se tradujo en una magnífica realización orquestal.

La ovación del final, prolongada y efusiva, fue el mejor colofón para una noche espléndidamente szymanovskiana, calificativo poco usual y que no por inextricable debería ser dejado de lado.

Pablo Kohan
La Nación, Buenos Aires, 27.09.2007


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