Piotr Anderszewski, primera vez en la Aregentina

Piotr AnderszewskiEl notable pianista polaco Piotr Anderszewski, que en estos días se presentará en la temporada del Mozarteum Argentino, se ha hecho célebre por la libertad con que, a la manera de Glenn Gould, aborda la interpretación de las grandes obras del repertorio. Una de las bromas preferidas del pianista canadiense Glenn Gould era negar la existencia de eso que muchos aficionados y no pocos críticos llaman "el toque". En realidad, aseguraba, no existía diferencia si la tecla de un piano era oprimida por Artur Rubinstein o por la punta del paraguas de Rubinstein. La relación entre la mano y el sonido es el mero resultado de una cadena de movimientos mecánicos; aquello que vuelve personal a un pianista es algo más complejo. Implica, sobre todo, una manera propia de entender el ritmo, de articular las frases. De estas decisiones surge un repertorio como coto vedado del pianista. A los trece años, Gould profesaba una admiración incondicional por Artur Schnabel, primer intérprete de Beethoven en la era del disco. Nacido en Varsovia en 1969, Piotr Anderszewski, uno de los pianistas más impactantes de los últimos años, prefiere hablar con admiración de Sviatoslav Richter. Llegó incluso a asistirlo en un concierto dando vuelta las páginas de la partitura. Inicialmente, una mujer debía cumplir esta tarea, pero Richter temía que la cercanía femenina lo distrajera de su ejecución.

Sin embargo, Anderszewski tiene, aun a contrapelo de sus declaraciones, una inocultable consanguinidad con Gould. Ambos lanzaron sus carreras internacionales con dos monumentos de la literatura para teclado, obras enigmáticas e insondables que, por sus exigencias, resultan impropias para semejantes compromisos: las Variaciones Goldberg , de Johann Sebastian Bach, en el caso del canadiense, y las Variaciones Diabelli op. 120 , de Beethoven, en el caso del polaco de origen húngaro. Ambos eligieron para esas piezas enfoques imprevistos, ligeramente extravagantes y, para algunos, decididamente equivocados. Y ambos, también, se resignaron a las seducciones de la dirección orquestal (Anderszewski dirigió la agrupación Sinfonia Varsovia en los conciertos N° 21 y 24 , de Mozart, en los que también actuó como solista).

El círculo se completa con el nombre de Bruno Monsaingeon, confidente de Gould y director de varios documentales sobre el pianista, entre ellos The Alchemist , y no casualmente responsable también de una película (disponible ahora en dvd) con las Diabelli tocadas por Anderszewski. Después de la filmación, Monsaingeon dijo: "La identificación entre el ejecutante y la música es tan grande que no me sorprendería que Piotr Anderszewski quedara asociado con las Variaciones Diabelli de la misma, y fenomenal, manera en la que Gould quedó míticamente asociado con las Variaciones Goldberg . Es evidente que Beethoven tenía en mente la precedencia de Bach cuando compuso sus variaciones: la conversación que las Diabelli mantienen con las Goldberg se escucha claramente en la variación 31. También es evidente que Anderszewski pensó en Gould cuando decidió lanzar su carrera con las Diabelli . La idiosincrasia del fraseo, la predilección por volver una y otra vez sobre las mismas obras -o sobre distintas obras de un puñado de compositores- y la veneración tutelar de ciertos intérpretes en oposición a otros arman una genealogía de pianistas.

Así como Gould era famoso por cancelar sus conciertos a último momento, Anderszewski provocó un modesto escándalo cuando, durante una actuación en el Concurso para Piano de Leeds, abandonó la ejecución de las Variaciones op. 27 de Anton Webern, una pieza que no dura más de siete minutos. Los motivos de la deserción nunca se esclarecieron del todo. Según algunos, lo asaltó una súbita insatisfacción con su lectura de la obra; según otros, juzgó que la interpretación de las Diabelli , con la que había empezado su actuación, bastaba para convencer al jurado. Como sea, su grabación de esa miniatura, publicada en 2004, es espléndida y rinde tributo a la invención geométrica de Webern.

Ese certamen de Leeds, organizado hacia 1990, marcó sobre todo la irrupción de un pianista de apenas veinte años que se atrevió a concursar con una obra que otros reservan para edades más maduras. Aderszewski recibió de inmediato ofertas para grabar las Diabelli . Imprevistamente, las declinó, alegando que la toma en estudio le quitaría frescura a su interpretación. En 2001, cuando el sello Virgin editó por fin su registro de las Diabelli , la revista inglesa Gramophone dio una definición del pianista polaco que podría alcanzar también a Gould: "Es personal, y también caprichoso; pero lo es de una manera especulativa, reflexiva, más que volátil y pasmosa". Por supuesto, las Variaciones Diabelli serán el núcleo de la presentación de Anderszewski en Buenos Aires como parte de la temporada del Mozarteum Argentino. Los dos ciclos de conciertos -el jueves y el viernes en el Teatro Coliseo- se completarán con otro fetiche de su repertorio: la Suites Inglesas Nº 3 , Nº 4 y Nº 6 , de Bach. La relación del pianista con la Argentina es menos lejana de lo que podría hacer pensar la distancia territorial. Forma parte de esa sociedad informal -a medias amistosa, a medias musical- que organiza Martha Argerich (puede escuchárselos juntos en el cd Live from Lugano Festival 2005 ). Y, por otro lado, es devoto de los libros de su compatriota Witold Gombrowicz, el escritor que escribió buena parte de su obra en Buenos Aires y que hizo de la inmadurez una poética. Algo de eso hay en la perfección que depara Anderszewski, tan diferente a la de Gould. Sus lecturas, desdeñosas de las segundas tomas, tienen la belleza nerviosa de la juventud.

Contra los campeones de las corrientes historicistas, que suelen confundir interpretación con arqueología, Anderszewski opta por tocar Bach en piano -en lugar del clave- y, regido por una lógica típicamente gouldiana, piensa que la singularidad de cada obra no depende del timbre del instrumento. "Aunque es obvio que Bach no estaba familiarizado con los pianos modernos, no considero que eso constituya un obstáculo para expresar la esencia, la intemporalidad de su música", explicó a propósito de su versiones de las Partitas.

El caso de Beethoven es diferente. En realidad, el compositor aborda el supuesto vals (en verdad, un intrincado minué) de Anton Diabelli como el tema de una sonata. Desde ya, esta reticencia a la paráfrasis, en favor de una cierta elaboración de los motivos melódicos, supone una decisión que el intérprete no debería ignorar. Y Anderszewski no la ignora. Su versión es acaso la más convincente desde el registro de Alfred Brendel para el sello Philips, antecedente al que, además, no le debe nada (el "Grave e maestoso" de la variación 14, por ejemplo, dura dos minutos más que en la versión de Brendel). Lo asombroso de la lectura de Anderszewski es la pericia, casi de equilibrista, para transitar el filo entre lo arcaico y lo nuevo, entre la sublimidad y la ironía que propone Beethoven, y sostener, desde esa tensión, el aliento de un gran relato. Pese a algunas libertades que se toma con los textos, no es un iconoclasta: simplemente, reconoce la distancia que separa la fidelidad de la sumisión. Es justamente esa íntima distancia con lo escrito lo que autoriza su lectura personal.

Cuando a los quince años Gould debutó en público con el Concierto Nº 4 de Beethoven, un crítico del diario Globe and Mail, de Toronto, escribió una impugnación que podía leerse como un elogio: "¿Quién se cree? ¿Schnabel?" Como en una carrera de postas, la pregunta que interpela a Anderszewski es, con parejo énfasis: ¿Quién se cree? ¿Gould?

Por Pablo Gianera
La Nación, Buenos Aires
06.05.2007


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