Cerezas, poemas y un amor para siempre

La Buenos Aires de 1947 más adoquinada y arbolada que hoy, sin metrobus ni rascacielos espejados fue el escenario para una de las tantas y –como todas- únicas historias de amor que reverdecen cada vez que alguien las recuerda. “Yo era una reciente egresada del Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Mis primeros pasos los di en Radio Nacional junto a Berta Singerman. Recitar, en ese entonces, requería de un talento que hoy se considera demodé”.

Imagen de cerezas frescas

Berta era morena y sus ojos soñadores y enormes estaban ávidos de arte, de vida, de salir a ver el mundo. Su belleza de percanta de Valentín Alsina desafiaba la tranquilidad de su padre, un carpintero polaco oriundo de un pueblito europeo quien leyendo la  crítica poco favorable en el matutino que llegaba a su casa escrito por un tal Simón S, redobló su insistencia para que siguiera derechito, derechito por su camino de maestra normal.

La reseña llenó de ira a Berta, quien sólo quería internarse cada vez más en los laberintos shakesperianos y las ondulaciones vocales del poemario castellano.

Enojada, llamó a la redacción. Del otro lado del teléfono, una voz de acento encantadoramente extraño le respondió: “Si usted está en desacuerdo, señora, puedo encontrarla en algún café para conversar. Soy polaco, recién llegado de Europa, y estoy intentando aprender su idioma“. No parecía nada desagradable ese Simón. Se encontraron en La Giralda. Él la vio llegar, en su trajecito ceñido, los rizos morenos sobre la frente y los labios rojos de suave carmín. Con el ceño fruncido  le pareció maravillosa. Cuando se acercó a él, un suave y exquisito aroma a lavanda llenó la confitería. “Muy buen mozo, el polaco”. Conversaron durante más de dos horas. Luego salieron a caminar por Corrientes, angosta y Simón le compró un puñado de cerezas que vendía un anciano. “Parecen dulces, pero más deben serlo tus labios”, le susurró. Ella se sonrojó pero no le ocultó su sonrisa.

Nunca más se separaron. Cada año, cada noviembre, Simón le regalaba a Berta un puñado de cerezas, con una nota que decía: “Este papel es un vale por todo mi amor, para vos”. Y ella cocinaba este pastel, cuya receta fue mejorando y perfeccionando con los años gracias al amor por ese escritor gringo y buen mozo. Simón falleció 51 años, tres hijos y cinco nietos después. Una sexta nieta que nunca conoció, Sofía, ama las cerezas y, de a poco, va practicando cómo hacer este pastel, relleno también de poesía y amor.

Imagen de una porción del pastel de cerezas

Pastel de cerezas Berta

Ingredientes

Masa
400 g de harina 0000
50 g de harina leudante
150 g de manteca
150 g de azúcar
1 huevo
1 cdita de esencia de vainilla
350 g de cerezas descarozadas
100 g de azúcar
1/2 taza de agua
1 cucharada de almidón de maíz

Preparación
Procesar las dos harinas con la manteca y el azúcar. Agregar el huevo, la esencia y unir sin amasar. Si fuere necesario, agregar unas cucharadas de agua helada.

Separar en dos partes. Con la mitad más grande  forrar una tortera enmamntecada de 22 cm de diámetro y llevar a la heladera.

Mezclar las cerezas con el azúcar, agua y cocinar a fuego suave para tiernizarlas. Incorporar el almidón de maíz diluido en un poco de agua y cocinar revolviendo hasta espesar. Dejar enfriar bien.

Poner la compota de cerezas en el molde cubrir con la otra masa, sellar los bordes. Hornear 35 minutos. Retirar y enfriar.

Espolvorear con azúcar impalpable. Servir en porciones.

La Nación, Buenos Aires
02.05.2013


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